En el sueño, basta sentirla cerca para que el corazón encuentre consuelo. Entonces, hasta el frío parece amable y el tiempo pierde su prisa. Allí puede anhelarla sin temor a la ausencia, porque mientras dura ese mundo, su presencia se siente cierta.
Desde la vigilia, es difícil olvidar la ilusión de su presencia. ¿Cómo llamar perdido aquel tiempo, si allí hasta el frío se volvía compañía y su calor sigue abrazando? Pero, al abrir los ojos, la realidad no puede igualar lo vivido. Entonces, frente a ella, el corazón queda depreciado: no porque la busque despierto, sino porque aquello que sintió dormido parece no tener lugar en el mundo real.
Ese corazón es errante porque cruza, una y otra vez, el umbral entre el sueño y la vigilia. Mientras duerme, avanza hacia la persona que anhela; al despertar, el camino se desvanece bajo sus pasos. No la persigue en la realidad: queda suspendido entre lo que sintió y lo que ya no puede sentir, aguardando que la noche vuelva a abrirle el paso.
Bajo un árbol, se desploma al descubrir que el frío que lo envuelve no pertenece al sueño, sino a las ráfagas del viento ocupando el lugar de aquel calor, y las hojas caen sobre su rostro como si el tiempo quisiera cubrir los últimos restos del sueño. Por un instante, aún parece posible sentir el abrazo; luego, el frío revela que solo queda su recuerdo.
Y cuando la noche regresa, el corazón vuelve a partir. Atraviesa el sueño en busca de aquella presencia que solo allí puede alcanzar; también al despertar, cuando comprende que ha vuelto a perderla. Así permanece errante, entre el calor que el sueño le devuelve y la crudeza de cada despertar.