Diez años después, la residencia Anderson resuena con las risas de los hijos de Andrew y Elena. Elena, admirada y consolidada en su carrera, camina por el jardín de su mansión tomada de la mano de un esposo que la mira con el mismo respeto, amor y devoción que el primer día. Jamás hubo una sombra de duda, ni una lágrima de incertidumbre en los ojos de Elena. Para el mundo y para ella misma, Andrew fue y seguirá siendo el marido ejemplar.
A pocos kilómetros de allí, en la terraza de una hermosa galería de arte financiada en secreto por un fideicomiso, Samantha contempla un cuadro lleno de trazos naranjas y dorados. A su lado, un jarrón con tulipanes frescos y una pequeña nota escrita con caligrafía impecable acompañan su tarde de lectura.
Andrew Anderson demostró que la mente humana puede habitarlos a ambos: la lealtad inquebrantable hacia la reina de su hogar, y el amor eterno e incorruptible hacia el alma gemela que el destino le regaló un domingo cualquiera en una cafetería de Suiza.