Llegó el momento que menos esperaba,
ese que durante tanto tiempo intenté esquivar,
el instante en que la vida me pone frente a tu ausencia
y me obliga a aceptar que ya no estás.
Pero hay algo que todavía no puedo decir:
no te he soltado.
Y quizás esa sea mi mayor contradicción,
porque mi razón entiende lo que mi corazón se niega a comprender;
sé que debo dejarte marchar,
pero todavía no encuentro la fuerza
para abrir las manos y dejarte caer del alma.
Fuiste mi primer gran amor,
la primera persona que convirtió mis sueños
en algo que podía imaginar junto a alguien más.
Contigo aprendí a querer,
a construir futuros sobre promesas,
a mirar un mismo horizonte
y pensar que quizá había encontrado
mi lugar en el mundo.
Y qué extraño se siente ahora
tener que buscar ese lugar nuevamente
cuando durante tanto tiempo
pensé que estaba a tu lado.
El destino tiene maneras crueles de enseñarnos;
a veces no nos arrebata las cosas de golpe,
simplemente comienza a alejarlas lentamente,
hasta que un día comprendemos
que aquello que abrazábamos
ya se encontraba fuera de nuestro alcance.
Yo todavía recuerdo la promesa que me hice:
cuidarte hasta el último momento,
estar contigo cuando todo se volviera difícil,
no dejarte sola.
Y aunque tú comenzaste a alejarte,
yo seguía intentando permanecer.
Sonreía frente a ti
mientras por dentro me estaba desmoronando.
Hacía parecer sencillo lo que me estaba destruyendo,
guardaba mis lágrimas en el silencio
y fingía tener una fortaleza
que nunca tuve.
Solo quería tus caricias.
Tus abrazos.
Esa forma tuya de hacerme sentir
que todavía existía un lugar para mí en tu pecho.
Pero muchas veces encontré frialdad
donde antes encontraba refugio,
distancia donde antes encontraba hogar,
y un silencio que poco a poco
comenzó a decir aquello
que tú todavía no te atrevías a pronunciar.
Hasta que un día lo dijiste.
“No te amo.”
Y todavía no sé qué hacer con esas palabras.
Porque fueron apenas tres palabras,
pero dentro de mí hicieron el ruido
de un mundo entero derrumbándose.
Tal vez tú ya habías comenzado a despedirte
mucho antes de que yo pudiera notarlo.
Tal vez tu corazón ya había aprendido
a vivir sin mí
mientras yo todavía estaba intentando
imaginar una vida contigo.
Y ahí está mi tragedia:
yo sigo habitando una historia
de la que tú ya saliste.
Por eso no voy a mentirme diciendo que te solté.
No.
Todavía te pienso.
Todavía te extraño.
Todavía hay noches en las que quisiera escuchar tu voz,
sentir tus brazos alrededor de mí
y por unos segundos olvidar
que todo aquello terminó.
Todavía existen canciones que tienen tu nombre,
lugares que conservan nuestras conversaciones,
fotografías que me devuelven a una época
en la que todavía creía que nosotros
éramos una historia sin fecha de vencimiento.
Y quizá algún día pueda soltarte.
Quizá algún día mi corazón comprenda
lo que mi razón lleva tanto tiempo intentando explicarle.
Pero hoy no.
Hoy todavía te amo.
Todavía me duele.
Todavía existe una parte de mí
que, contra toda lógica,
espera que algún día vuelvas a mirar hacia atrás.
Y sé que no debería esperar.
Sé que no puedo vivir eternamente
aferrado a una puerta que quizá nunca vuelva a abrirse.
Pero hay sentimientos que no obedecen a la razón.
Hay amores que no desaparecen
porque alguien diga que deben desaparecer.
Y el mío todavía está aquí.
Quizá por eso mi despedida
no es realmente una despedida.
Es apenas una pausa.
Un intento torpe de aprender
a vivir con tu ausencia
mientras una parte de mí
todavía sigue esperando tu presencia.
No sé cuánto tiempo tarde en olvidarte.
Ni siquiera sé si algún día podré hacerlo completamente.
Solo sé que, por ahora,
cuando cierro los ojos,
todavía apareces.
Y cuando pienso en el futuro,
por alguna extraña razón,
todavía existe una versión de él
donde tú estás.
Tal vez ese sea el último hilo
que todavía me mantiene unido a ti.
Y aunque sé que debería cortarlo,
todavía no puedo.
Porque si soy completamente sincero contigo,
conmigo
y con todo lo que alguna vez fuimos…
todavía no te he soltado.
Y quizás lo más triste
es que tú ya aprendiste a vivir sin mí,
mientras yo todavía estoy aprendiendo
cómo vivir con el hecho
de que ya no estás.