Capítulo 3: Lo que nadie ve
El viernes llegó más rápido de lo que Javier esperaba.
Desde que abrió los ojos aquella mañana sintió una mezcla de emoción y nervios. Era el día de la ceremonia por el aniversario del colegio, y aunque intentaba no hacerse ilusiones, en el fondo conservaba una pequeña esperanza: tal vez esta vez sus padres sí asistirían.
Se levantó, acomodó cuidadosamente el uniforme y tomó la carpeta donde llevaba el discurso que leería frente a todo el colegio.
Al bajar las escaleras encontró a Anabel preparando café mientras revisaba unos documentos.
—Buenos días, mamá.
—Buenos días, hijo.
—¿Recuerdas que hoy es la ceremonia?
Anabel levantó la mirada y sonrió.
—Claro que lo recuerdo.
Javier sintió un poco de alivio.
—¿Entonces sí irán?
Antes de que ella pudiera responder, el teléfono comenzó a sonar.
—Un momento, Javier...
Contestó la llamada y caminó hacia la sala.
Javier esperó casi cinco minutos.
Cuando Anabel regresó, su expresión había cambiado.
—Lo siento, hijo. Surgió una reunión de emergencia. Intentaré llegar antes de que termine.
Javier sintió un vacío en el pecho.
—Entiendo...
En ese instante apareció Jonathan ajustándose la corbata.
—Buenos días.
—Papá... ¿podrás ir al colegio?
Jonathan miró su reloj.
—Haré todo lo posible.
Javier sonrió con esfuerzo.
Ya había escuchado esas palabras demasiadas veces.
Tomó su mochila.
—Me voy.
Ninguno de los dos notó la decepción que ocultaba detrás de aquella sonrisa.
Durante el camino al colegio, Isaac caminaba con las manos en los bolsillos.
—¿Los tuyos irán? —preguntó Javier.
Isaac soltó una risa amarga.
—Ni siquiera les pregunté.
—¿Por qué?
—Porque prefiero no ilusionarme.
Javier comprendió perfectamente esa respuesta.
Mientras caminaban, un automóvil negro se detuvo frente a una casa cercana.
Un hombre bajó del vehículo y abrazó a su hijo antes de que este entrara al colegio.
Isaac observó la escena durante unos segundos.
—¿Sabes qué es lo curioso?
—¿Qué cosa?
—Que ya ni siquiera me da envidia... solo me pregunto cómo se sentirá.
Javier no respondió.
Porque él también se hacía la misma pregunta.
El colegio estaba completamente decorado.
Había banderas, globos de colores y carteles preparados por los estudiantes.
Todos corrían de un lado a otro ensayando sus presentaciones.
En el salón apareció un compañero nuevo.
—Buenos días. Mi nombre es Lucas.
Era un muchacho alto, de cabello oscuro y mirada tranquila.
La profesora Elena lo presentó al grupo.
—Lucas acaba de mudarse a la ciudad. Espero que lo reciban con mucho respeto.
Durante el recreo, Lucas se acercó a Javier y Isaac.
—¿Puedo sentarme con ustedes?
—Claro —respondió Isaac.
Mientras conversaban, Lucas les contó que había cambiado de colegio porque su padre era militar y constantemente debía mudarse de ciudad.
—Debe ser difícil dejar a tus amigos.
Lucas sonrió.
—Lo es... pero al menos mis padres siempre están conmigo. Eso hace que todo sea más fácil.
Javier y Isaac intercambiaron una mirada.
No dijeron nada.
Llegó la hora de la ceremonia.
El auditorio comenzó a llenarse poco a poco.
Los estudiantes buscaban a sus familias entre el público.
—¡Mamá!
—¡Papá, aquí!
Los abrazos y las sonrisas llenaban el lugar.
Javier recorrió cada fila con la mirada.
Nada.
Ni Anabel.
Ni Jonathan.
Isaac hizo exactamente lo mismo.
Tampoco encontró a nadie.
Los dos permanecieron de pie detrás del escenario sin decir una palabra.
La profesora Elena se acercó.
—¿Todo bien?
Javier respondió con una pequeña sonrisa.
—Sí, profesora.
Pero Elena conocía demasiado bien esa expresión.
Sabía que estaba mintiendo.
La ceremonia comenzó.
Los primeros grupos presentaron bailes, obras de teatro y números musicales.
Finalmente anunciaron el turno del salón de Javier.
Él respiró profundamente y caminó hasta el escenario.
Las luces apuntaban directamente hacia él.
El auditorio quedó en silencio.
Comenzó a leer su discurso.
Habló sobre el esfuerzo, los sueños y la importancia de valorar a quienes siempre permanecen a nuestro lado.
Mientras hablaba, levantó la vista por un instante.
Las dos sillas que había reservado para sus padres seguían vacías.
Sintió que la voz comenzaba a quebrarse.
Por un momento pensó que no podría continuar.
Entonces escuchó un aplauso.
Era Isaac.
Desde un costado del escenario lo miraba sonriendo y aplaudiendo con fuerza.
Poco a poco todos los estudiantes comenzaron a hacer lo mismo.
Javier respiró hondo.
Terminó el discurso entre aplausos.
Cuando bajó del escenario, Isaac lo abrazó.
—Lo hiciste increíble.
—Gracias...
—No necesitabas que ellos estuvieran aquí para demostrar quién eres.
Javier sonrió, aunque una lágrima escapó por su mejilla.
—Pero habría querido compartir este momento con ellos.
Isaac no respondió.
Porque él sentía exactamente lo mismo.
Al terminar la ceremonia, los estudiantes salieron a encontrarse con sus familias.
El patio estaba lleno de abrazos, fotografías y felicitaciones.
Javier y Isaac permanecieron sentados en una banca.
A pocos metros, Lucas celebraba junto a sus padres, quienes no dejaban de felicitarlo por su primera presentación en el colegio.
Javier observó la escena con una mezcla de alegría y tristeza.
No culpaba a Lucas.
Simplemente deseaba vivir algo parecido.
En ese momento, la profesora Elena se acercó nuevamente.
Se sentó junto a ellos.
No dijo nada durante unos segundos.
Solo los acompañó.
Finalmente habló.
—¿Saben por qué decidí ser profesora?
Los dos negaron con la cabeza.
—Porque cuando tenía su edad también me sentía muy sola. Mis padres trabajaban todo el día y casi nunca podían estar conmigo.
Javier e Isaac levantaron la mirada sorprendidos.
—Pensé que era la única persona en el mundo que se sentía así. Hasta que entendí que muchas veces los adultos aman a sus hijos... pero olvidan demostrarlo.
Isaac preguntó en voz baja:
—¿Y eso deja de doler?
La profesora sonrió con tristeza.
—No inmediatamente. Pero un día descubres que tu valor no depende de la atención que recibes de los demás. Descubres que eres importante simplemente por ser quién eres.
Los tres permanecieron en silencio.
Sin embargo, mientras Javier caminaba de regreso a casa, no podía dejar de pensar en las dos sillas vacías del auditorio.
Aquella imagen quedó grabada en su memoria.
Y sin saberlo, esa misma noche ocurriría algo que cambiaría para siempre la relación entre Javier y sus padres.