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Kintsugi 🌌

Michel
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No hay mayor orgullo para la arcilla

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No hay mayor orgullo para la arcilla

que haber sobrevivido a su propio invierno.

La taza que se quiebra no muere:

renace en una nueva dinastía de luz.

El oro no oculta el abismo del impacto,

ni disimula el lugar donde aprendió a doler;

dibuja sobre el quiebre el mapa del milagro,

un relámpago dorado que se niega a desaparecer.

Bajo esa misma ley de barro y de resina,

camina hoy una mujer hecha de tiempo;

lleva sobre la piel el trazo de antiguas caídas,

marcas que ya no esconde cuando enfrenta el espejo.

Fue una niña pequeña que creció sin abrazos,

en una casa donde el amor era ausente,

aprendiendo demasiado pronto que quienes dan la vida

también pueden quebrar lo que nace de su vientre.

Durante años creyó que el quiebre era herencia,

que la culpa dormía debajo de su piel;

hasta que la adultez la llevó frente a sus ruinas

y eligió contemplarlas sin volver a ceder.

Recogió los pedazos de aquella niña perdida,

sin negar la sangre que le enseñó a temer;

comprendió que quienes debieron amarla

también llegaron rotos, pero no les entregó su poder.

No esperó el rescate de manos ajenas:

se volvió artesana, oro, fuego y fuerza;

salvó a la niña que lloraba a oscuras

y al desamor le cerró la puerta.

Hoy se mira entera, hermosa e imperfecta,

uniendo el pasado con hilos de fuego;

sus cicatrices ya no son recordatorios ni condenas:

son ríos de luz atravesándole el pecho.

Y si alguien pregunta dónde estuvo rota,

ella no baja los ojos ni intenta esconderse:

señala cada grieta cubierta de oro

y sonríe ante la mujer que consiguió rehacerse.

Porque nadie puede destruir para siempre

a un corazón que aprendió a volver de sus ruinas;

sus grietas, antes llenas de sombra,

hoy parecen constelaciones encendidas.

Porque lo roto también puede ser sagrado,

porque una cicatriz también puede ser belleza,

y porque quien no encontró refugio en su infancia

puede convertirse en su propia casa.

Tener el coraje de mirar los propios fragmentos y decir:

«Esto también soy yo».

La cicatriz ya no es el recuerdo de la fragilidad:

es la prueba irrefutable de nuestra fortaleza.

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