Caramba, el anticuario que compra en incendios y tumbas. Así eran unos comerciantes ambulantes que subían a la sierra cuando yo era joven: uno vendía candelabros de capilla y todos sabíamos de cuál venían.
ENOCH, Capítulo 5 Sensible
LA PIEL DE LA MADRE
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Caramba, el anticuario que compra en incendios y tumbas. Así eran unos comerciantes ambulantes que subían a la sierra cuando yo era joven: uno vendía candelabros de capilla y todos sabíamos de cuál venían.
Contenido de la publicación
LA PIEL DE LA MADRE
El tiempo en Castleberry no se medía en días ni en estaciones, sino en capas de olvido. el pueblo común, convencido de haber asesinado a sus tiranos aquella noche de antorchas y piedras en el vivero, dejó que la mansión se hundiera bajo la maleza, aunque en el jardín no crecía nada. Ignoraban que la tierra del patio seguía latiendo bajo la costra seca y que las sombras de la ciudad no estaban vacías.
Una tarde de invierno, cuando la bruma caía tan espesa que parecía engrudo sobre las tejas, una caravana de mercancías del sur cruzó los linderos del valle. Al final de la fila de carromatos venía el de "el viejo" Nasth, un anticuario decrépito con dedos amarillentos por el tabaco y los ojos entornados por la avaricia. Nasth presumía de haber comprado reliquias en ejecuciones, incendios y tumbas aún calientes.
Dentro de su carromato, iluminado por la luz vacilante de un farol de aceite, el anciano limpiaba un candelabro de latón. El frío de repente se volvió tan denso que su aliento se congeló en el aire. El quinqué chisporroteó y la llama adoptó un matiz purpúreo.
—¿Quién anda ahí? –refunfuñó Nasth, echando mano al estilete que guardaba bajo el regazo —. Las puertas están echadas con trinquete. Si eres un ladrón del pueblo, te advierto que no tengo nada que no haya pagado con sangre.
De entre las sombras de los baúles de cuero surgió un susurro seco, múltiple, como el crujir de mil hojas muertas bajo una bota.
"Pagas con oro por cosas que no entiendes, anciano... pero la sangre siempre ha sido la única moneda real."
Nasth se puso de pie torpemente, pero sus rodillas fallaron. La sombra del rincón comenzó a estirarse, alzándose hasta rozar el techo del carromato. De entre la neblina oscura descendieron unos dedos pálidos y desproporcionados que se posaron suavemente sobre una caja de terciopelo raído, al fondo del estante.
—¡Eso no está a la venta! —balbuceó el anticuario, apretando el estilete con manos temblorosas —. Es un estorbo. Un juguete de alguna caravana saqueada, no me costó ni un penique.
La sombra ignoró sus palabras. Los dedos de la entidad abrieron la caja y extrajeron una pequeña sonaja de plata, labrada con delicadeza, cuya superficie conservaba marcas de fuego viejo y ceniza rancia en las ranuras.
Al contacto con el metal, una corriente helada sacudió la penumbra. Enoch no necesitó ojos para ver la memoria atrapada en el objeto se desplegó en su mente. Sintió el vuelo del carruaje, el olor a amdera quemada y la mano cruenta de Akeldama partiendo un cuello mortal. Pero sobre todo, reconoció la marca mística imborrable.
Era la sonaja de la bebé Adana; la pertenencia de Elena Miller. La sonaja había quedado impregnada con la magia de Adana sin querer, conservando como una película, el extremo dolor de Elena antes de morir.
Un estremecimiento recorrió la sombra. La entidad recordó la noche lejana en el estanque: la forma en que el agua encantada había entrado por la garganta de esa mujer mortal, cómo su propia magia demoniaca se había entrelazado con las entrañas de Elena para gestar a la criatura perfecta. Había habitado su vientre, escuchado su pulso y consumido sus miedos desde adentro. Conocía la anatomía de Elena mejor que la mujer misma.
—Elena... —murmuró la voz de Enoch, haciendo vibrar las paredes de madera del vehículo —. La vasija primera. La madre que jamás llegó a criar a su fruto... y la máscara que este pueblo necesita para arrodillarse.
El viejo Nasth cayó al suelo, aterrorizado.
—¿De qué estás hablando? ¡Toma el juguete si quieres! ¡Toma el oro! ¡Déjame ir!
"No irás a ninguna parte, anticuario", siseó la entidad en su mente. "Has transportado a la reina a su trono. Tu viaje ha terminado."
Frente a los ojos desorbitados del anciano, la sombra comenzó a convulsionar. El humo denso se convirtió en hebras de carne, tendones y tejido vivo que se entrelazaban con un chasquido orgánico y escalofriante. La piel, fina y pulcra como la porcelana, cubrió el abismo oscuro. Facciones severas, pulcritud absoluta y una belleza intemporal y gélida tomaron forma.
Cuando la metamorfosis concluyó, la figura que estaba en el carromato no era un monstruo de cuernos, sino una mujer joven, vestida con la sobriedad austera de una viuda de alta cuna. Sus ojos eran de un gris calmo pero muerto, y cuando habló, usó la voz que Elena Miller tuvo el día en que bebió del estanque.
—¿Me veo real, Nasth? —preguntó Elena, ajustándose el pliegue de las mangas.
El anciano no pudo responder. Sus labios temblaban sin emitir sonido. Elena se inclinó sobre él, le tomó el mentón con dedos de hielo y le sonrió con una piedad espeluznante.
—Gracias por la sonaja. Tu silencio, de ahora en adelante, adornará mi colección.
Un suspiro sofocado rompió la penumbra. El cuerpo del viejo Nasth quedó inerte sobre la alfombra del carromato, con el rostro congelado en una mueca de espanto absoluto, mientras la entidad absorbía su último aliento de vida.
Elena salió del carromato a la noche helada. Ajustó su manto oscuro sobre los hombros y miró la silueta de Castleberry a lo lejos. Sus pensamientos no eran los de una mujer, sino los de una abominación milenaria trazando una estrategia.
"Esta ciudad no será mi celda eterna", reflexionó mientras caminaba sin dejar pisadas sobre la nieve fresca. "No me conformaré con gobernar este valle cubierto de ceniza. Castleberry no es mi destino; es solo mi incubadora. Mil almas fueron entregadas en una sola noche para abrirme una puerta en este plano; mil víctimas de esta ciudad entregaré a mi Señor para pagar mi libertad definitiva y caminar sin cadenas sobre la tierra."
Cerrando los ojos por un segundo, la entidad liberó un pulso mental invisible que atravesó los muros de ladrillo y las calles oscuras de la ciudad. Una orden sorda resonó como una campana de bronce directamente en los cerebros de la primera generación de gestores supervivientes: aquellos ancianos corruptos que ayudaron a sostener el pacto tras la caída de Arthur Castleberry. En sus camas, en sus despachos de roble y en sus salas de estar, los viejos gestores se irguieron como marionetas, obligados por un tirón magnético a vestir sus abrigos y dirigirse hacia el noroccidente.
Minutos más tarde, la figura de Elena Miller atravesaba las puertas de hierro de la abadía de St. James.
En la mesa central, frente al altar mayor, la Madre Superiora, Sor Berenice, se giró bruscamente al sentir la sacudida del viento helado que apagó las veladoras. A su lado, dos monjasjóvenes retrocedieron aterrorizadas.
—¡Alto ahí! —exclamó Sor Berenice con voz potente y severa, levantando un pesado crucifijo de plata y un frasco de agua bendita —. Este es recinto sagrado. ¡Identifícate, mujer, o responde ante el Señor!
Elena avanzó con paso cansino y elegante, sus botas sonando con solidez sobre el mármol.
—¿El señor, Sor Berenice? —respondió Elena con una voz aterciopelada que parecía surgir de todos los rincones de la iglesia a la vez —.Si tu Señor estuviera en este lugar, no te habría dejado sola esta noche.
Sor Berenice, lejos de acobardarse, dio un paso al frente y destapó el frasco de agua bendita. Con mano firme, arrojó el liquido sagrado directamente al rostro de Elena mientras comenzaba a recitar la fórmula del exorcismo.
—¡In nomine Patris et Filli, et Spiritus Sancti! ¡Engendro de perdición, te ordeno por la sangre de Cristo que te apartes de esta casa! ¡Retrocede, Satanás!
El agua bendita cayó sobre la piel de porcelana de Elena. No hubo humo, ni quemaduras, ni alaridos de dolor.
Elena se limpió una gota de la mejilla con un movimiento lento del dedo índice, sonriendo con un desprecio absoluto.
—¿Agua y latín, Berenice? ¿De verdad crees que la madera y un par de frases aprendidas de memoria pueden detener a quien moldeó las bases de esta ciudad?
—Elena dio dos pasos más, quedando a centímetros del rostro de la religiosa. Sus ojos grises se tornaron pozos de ceniza ardiente —. Para invocar una protección divina, primero habría que tener el alma limpia...¿Verdad, Madre Superiora?
Sor Berenice se congeló, sintiendo una mano helada que no tocaba su carne, sino que hurgaba directamente dentro de su cerebro, desenterrando sus recuerdos más podridos.
—¿Hablamos del dinero de las limosnas que envías a la cuenta secreta de tu familia en la capital? —susurró Elena al oído de la mujer, con un tono burlón y helado —. ¿O del sirviente joven que hiciste enterrar en el huerto trasero cuando cayó misteriosamente enfermo para que no descubrieran que visitaba tus aposentos? Tu fe es una comedia de papel, Berenice. tu propio dios te escupiera a la cara por hipócrita.
La Madre Superiora dejó caer el crucifijo de plata. El metal resonó sordo contra el suelo. Cayó de rodillas, temblando de pavor, al darse cuenta de que la entidad no solo era inmune a sus oraciones, sino que conocía cada uno de los pecados con los que había manchado su hábito.
—¡Sal de aquí! ¡Llamaré a los guardias del pueblo! —amenazó una de las monjas más jóvenes, retrocediendo hacia la parte de atrás de la mesa central.
Elena levantó apenas la mano izquierda. La sonaja de plata tintineó de manera espectral desde su bolsillo y la monja cayó al suelo de rodillas, llevándose las manos al cuello como si un lazo invisible la apretara la tráquea hasta asfixiarla.
—Tú... tú no eres humana... —balbuceó la monja con lágrimas de impotencia.
—Soy la nueva dueña de este santuario —sentenció Elena tomándola del mentón —. T tú serás mi primera sierva sumisa, si es que quieres que tus secretos no amanezcan clavados en la puerta del templo.
En ese momento, el gran portón de roble de la entrada se abrió de par en par.
Un grupo de ancianos encorvados, de rostros demacrados, miradas opacas y ropas finas desgastadas por el tiempo entró en la nave. Eran los antiguos gestores de Castleberry, los que habían servido a la secta en las primeras décadas y que ahora mostraban la inevitable decadencia de la vejez. Arrastraban los pies, respirando con dificultad, respondiendo al llamado telepático que Elena les había grabado en la mente.
Elena se giró hacia ellos desde el presbiterio, observándolos con un dejo de asco y cálculo frío.
—Mírense... —dijo Elena, caminando frente a la fila de hombres temblorosos —. Viejos, arrugados, débiles. Creen que el pacto los hace eternos, pero solo son fruta madura a punto de podrirse.
UNo de los viejos gestores, con voz temblorosa, dio un paso adelante:
—N...nueva líder... el pacto nos prometió protección... nos dijiste que la ciudad nos pertenecía...
—Y les perteneció —interrumpió Elena, acariciando la cabeza del anciano con una frialdad espeluznante —. Pero Castleberry necesita garras jóvenes, sangre fresca que no tiemble al firmar una sentencia ni al desviar a un niño hacia el vivero. Se quedan como mis guardianes de sombra por ahora... pero su tiempo se agota. Reclutaremos a los nuevos gestores: a los directores de la ciudad, a las damas de la alta sociedad con el corazón podrido, a cualquiera que prefiera vender la vida de su vecino con tal de no envejecer.
Los viejos gestores inclinaron la cabeza sin atreverse a objetar. Sor Berenice permanecía sollozando a los pies del altar, vencida y sometida.
Elena Miller se volvió hacia el vitral principal de la abadía, donde la luna iluminaba las ruinas de Castleberry. Sostuvo la sonaja de plata entre sus manos y sonrió.
Thoughts
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PermalinkCaramba, el anticuario que compra en incendios y tumbas. Así eran unos comerciantes ambulantes que subían a la sierra cuando yo era joven: uno vendía candelabros de capilla y todos sabíamos de cuál venían.
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PermalinkVea, esto se lo paso a un muchacho de once que solo lee cosas de monjas y exorcismos que salen mal. Que el agua bendita no le haga nada a Elena lo va a tener contento una semana.
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PermalinkAl madre superiora la cacho Enoch, conoce los vicios más profundos. Pero la parte más fuerte es cuando lñ dice que Castlyberry es solo su encubadora.... Para morir!!!
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PermalinkTengo en la vuelta un señor que compra cosas de remates de sucesión: relojes, marcos, una cuna de hierro que nunca vendió. La vecina no le acepta ni un vaso prestado, dice que eso trae a los muertos pegados. Me acordé de él con el viejo Nasth y la caja de terciopelo al fondo del estante, que nadie compra y nadie tira. ¿Nasth lo tenías pensado de antes o apareció escribiendo este capítulo?
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PermalinkMonjas con cuenta secreta y un sirviente enterrado en el huerto. Ese chisme lo he oído de tres conventos distintos y nunca hizo falta un demonio para contarlo
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PermalinkElena usando la voz del dia en que bebio del estanque es de lo mas inquietante que llevas en la serie. Apuesto a que Castleberry termina arrodillada ante una cara que el pueblo conoce, y eso duele mas que cualquier monstruo con cuernos. Me gusta ver como la historia crece capitulo a capitulo, gracias por seguir con ella!
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PermalinkChacho, ahora el demonio anda con la cara de Elena. ¿Adana va a cruzarse con ella en el próximo?
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