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ENOCH, Capítulo 10 Sensible

DaveOaks
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AGUA ENTRE LAS MANOS

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AGUA ENTRE LAS MANOS

La garra de sombra de Enoch descendía a una velocidad aterradora, cortando el aire del vivero con un silbido de ceniza caliente. El filo espectral de sus uñas estaba a escasos centímetros de cercenar el cuello de Liney cuando una figura se cruzó bruscamente en la trayectoria de la abominación.

Fue Cassandra.

La vidente no usó escudos mágicos ni artefactos bendecidos; sabía que la carne mortal no tenía forma de resistir el impacto de un demonio mayor. Cassandra hizo lo único para lo que su don de canalizadora la había preparado: ofreció su propio cuerpo como un puente vivo. Se lanzó de frente, abrazando la garra de sombra con sus manos desnudas.

Al contacto con la esencia pura de Enoch, los huesos de los brazos de la vidente se fracturaron con un crujido seco y horripilante. Cassandra soltó un alarido de agonía que congeló la sangre de Daniel y Liney. Pero no soltó la extremidad del monstruo. Apretaba sus dedos contra la sombra, soportando una quemadura que le devoraba la piel en tiempo real.

Enoch rugió de sorpresa y furia al verse retenido por un mortal. La entidad reaccionó comenzando a engullir la fuerza vital de la vidente a una velocidad voraz: en cuestión de segundos, el cabello castaño de Cassandra se volvió completamente blanco; su piel se arrugó, perdiendo elasticidad hasta pegarse a los pómulos, y sus ojos perdieron el color, tornándose grises y secos.

Sin embargo, en medio de esa absorción agónica, las mentes de Cassandra y Enoch quedaron conectadas por un lazo de dolor puro. Usando ese canal forzado, la vidente no intentó luchar: proyectó en el cerebro de Liney no la lectura visual de las páginas de los tomos, sino la vibración y el sonido exacto con el que la pequeña Adana le había dado nombre al demonio un siglo atrás.

A metros de allí, Daniel observaba la escena entre jadeos de sangre. Con las piernas destrozadas y fracturadas por las raíces, se arrastró sobre el barro amargo, dejando tras de sí una estela oscura de su propia carne desgarrada. Cada pulgada era un infierno que le robaba la cordura, pero fijó la vista en el nodo central. Justo sobre el piso de obsidiana, el rayo carmesí de la luna roja comezaba a golpear el núcleo. era el instante culminante del rito: Enoch, tras haber masacrado a todos sus seguidores, solo esperaba esa luz para ofrecer la ciudad entera y sus almas a Lucifer a cambio de romper sus ataduras.

Apretando los dientes hasta hacerlos sangrar, Daniel alzó el cincel de hierro con ambas manos.

—¡No será hoy, bestia! —gritó con el último aliento de sus pulmones, e hincó el metal con toda la masa de su cuerpo sobre la coyuntura del sello elevado de obsidiana en el suelo.

El impacto del hierro contra el nodo provocó un chispazo azulado y una grieta profunda que dividió la estrella en dos.

La red mística colapsó instantáneamente. La conexión de Enoch con Castleberry —su recipiente—se disolvió en un parpadeo. Sorprendido y furioso por la interrupción de su ofrenda, el demonio soltó el cuerpo marchito e inerte de Cassandra. La masa de sombra se retorció en el aire y, en un acto de pura rabia, extendió múltiples apéndices en forma de espinas oscuras para empalar a Daniel.

Fue en ese segundo suspendido entre la vida y la muerte donde la señal mística de Cassandra retumbó finalmente en el pecho de Liney.

El aire volvió de golpe a los pulmones de la joven. Con una furia nacida del llanto, del recuerdo de su padre y del horror de ver a sus compañeros masacrados, Liney se erguía de rodillas sobre el barro. No citó las lecturas erróneas del tomo: articuló la vibración exacta que Adana había hecho al nombrar al demonio. La nota resonó en sus cuerdas vocales con un tono grave y ancestral, haciendo retumbar la cúpula entera:

—¡ENOCH! (/'i:nək/)! —bramó Liney, cuya voz retumbó con un eco doble sobre el estruendo de las raíces —¡Por el pacto que te ata, te lo ordeno : detente y regresa a tu recipiente!

Las sílabas actuaron como cadenas invisibles. Las espinas de sombra de Enoch se congelaron a milímetros del rostro ensangrentado de Daniel. La entidad emitió un chillido sordo, un estruendo como el de mil cristales rompiéndose al mismo tiempo. Sometido por la autoridad divina de su verdadero nombre, Enoch se vio obligado a acatar el mandato: retirarse y volver a su frasco contenedor.

En un último e inútil intento de rebeldía, el demonio lanzó su viento helado directamente contra Liney, cortándole la piel del rostro y cubriéndola de escarcha, pero la joven no dio un solo paso atrás.

Fue entonces cuando la trampa perfecta se cerró.

El frasco de obsidiana original estaba destruido, y el nodo que conectaba a Enoch con la ciudad acababa de ser reventado por el hierro bendecido de Daniel. Enoch no tenía a dónde regresar.

En la mente del monstruo resonó el eco brutal de la advertencia que Lucifer le hiciera en los primeros días a Malicia: "Un demonio como los de su clase son como agua en el desierto; si no tienen un recipiente... se desvanecen".

La sombra de Enoch empezó a agrietarse violentamente. Venas de una luz dorada y enfermiza brotaron desde el interior del humo negro, devorando la oscuridad pulso a pulso. La criatura se retorcía en el aire, emitiendo rugidos de una agonía casi humana mientras su forma física y espectral se deshilachaba en jirones. Obligado por la orden de Liney a volver a un recipiente inexistente, la materia de Enoch actuó exactamente como el agua en puño abierto: se escurrió de la realidad, evaporándose y cayendo en picado hacia el vacío absoluto.

Con un chasquido seco que sacudió la tierra, la masa espectral colapsó sobre sí misma y se desvaneció.

Donde antes estuvo el demonio mayor de Castleberry, solo quedó una marea de hollín inerte dispersándose en el suelo, el helado silencio del vivero y la luz agonizante de la luna roja filtrándose sobre los sobrevivientes.

Liney se quedó de rodillas, con las manos aún temblorosas y la piel de la cara congelada por la escarcha que la sombra de Enoch le había arrojado en su último aliento. Le llevaba varios segundos procesar el vacío, el aire abrasaba sus pulmones cada vez que intentaba respirar, pero la descarga de adrenalina comenzaba a ceder, dando paso a un dolor sordo que le recorría todo el cuerpo.

—¿...Daniel? —musitó Liney. Su voz, rasgada por el esfuerzo de entonar la vibración ancestral de Adana, apenas fue un hilo de aire.

A pocos metros, donde el sello de obsidiana yacía partido en dos , Daniel Wetherbee no se movía. Estaba tendido boca abajo sobre la tierra húmeda, mezclada con su propia sangre. El cincel continuaba encajado en la grieta del nodo, aún emanando un leve humo azulado. Daniel emitía gemidos ahogados, apretando la mandíbula contra la tierra para no gritar; sus piernas, trituradas por el agarre de las raíces, estaban en ángulos antinaturales.

Liney se arrastró hacia él sin ponerse en pie, incapaz de sostener su propio peso.

—Daniel... aguanta, por favor —suplicó, alcanzando su hombro.

—Se... se fue —murmuró Daniel con los labios ensangrentados, soltando una risa débil y amarga que terminó en una tos violenta —.El muy maldito ...se desvaneció.

—Lo logramos. Tú lo rompiste —respondió Liney, presionando con sus manos la herida más grave del muslo de Daniel para intentar frenar la hemorragia, sacando un trapo de su abrigo.

—No ...no fui yo —contestó él, girando el rostro con dificultad hacia el centro de la cúpula —. Fue ella.

Liney dirigió la mirada hacia donde yacía el cuerpo de Cassandra.

La vidente estaba inmóvil sobre el fango. El ataque de Enoch no solo había consumido su energía mística; la absorción devoró su carne y su juventud en cuestión de instantes. Su cabello castaña, antes lleno de vida, era ahora una cabellera marchita y canosa. Sus brazos, fracturados al servir como puente vivo contra la garra espectral, descansaban rígidos a ambos lados de su torso.

Liney dejó a Daniel por un segundo y gateó rápidamente hacia la vidente. Al llegar a su lado, le tomó el rostro con delicadeza. La piel de Cassandra se sentía como papel seco y frío.

—Cassandra... Cassandra, mírame —dijo Liney con el nudo de las lágrimas apretándole la garganta.

Los ojos de la vidente, grises y caso desprovistos de pupila, se movieron con extrema lentitud hasta fijarse en Liney. Un hilo de aliento helado escapó de sus labios agrietados.

—El nombre ...—susurró Cassandra con un murmullo que apenas rozó el aire —. Me lo dio Adana ...siempre estuvo en la mansión ...

—Lo dijiste. Me lo diste a tiempo —respondió Liney, dejando caer las lágrimas sobre las mejillas marchitas de la mujer —. Enoch cayó al vacío. Se acabó.

Cassandra esbozó una débil y casi imperceptible sonrisa. Sus dedos, rígidos y quemados por el contacto con la sombra, rozaron apenas la mano de Liney.

—No se acabó, pequeña Rhodes ...—susurró la vidente, cerrando lentamente los ojos mientras su pecho dejaba de elevarse —. La ciudad ... está libre por ahora ... pero el vacío ... siempre reclama lo que se le debe.

Un último suspiro escapó de los labios de Cassandra, y su cuerpo se relajó por completo sobre la tierra del vivero.

Liney apretó la frente contra el pecho inerte de la vidente, dejando estallar el llanto que había retenido durante todo el enfrentamiento. A su espalda, el estruendo distante de la ciudad de Castleberry resonaba entre la niebla: las campanas de las torres, que habían estado repicando enloquecidas bajo el influjo de la luna roja, comenzaron a apagarse una a una.

El manto de la noche caía sobre el vivero, dejando a Liney rodeada de cadáveres, con un hombre gravemente herido a su lado y el eco de una profecía que amenazaba con no dejarlos en paz.

Los minutos posteriores a la muerte de Cassandra transcurrieron en una penumbra pesada. Liney permaneció velando el cuerpo de la vidente hasta que el estruendo distante de sirenas rompió el silencio helado del vivero.

Fueron varias patrullas de la policía y vehículos de emergencia los que irrumpieron en el recinto, con los faros cortando la densa niebla y la lluvia de hollín. Los oficiales y médicos entraron con las armas en alto, pero al cruzar el umbral del vivero la tensión se transformó en un estupor reverencial. El lugar olía a sangre, ozono y tierra quemada. Ante ellos no había criminales ni sectarios armados, sino la escena de un altar profanado: el sello de obsidiana dividido en dos, el cadáver marchito de la vidente, el cadáver de un oficial de policía, decenas de cuerpos retorcidos y abrasados por llamas ya extintas, una joven que lloraba y un hombre ensangrentado sujetando con fuerza un cincel de hierro.

—¡Necesitamos paramédicos aquí! ¡Ahora! —gritó el primer oficial que llegó hasta Daniel.

Entre varios efectivos cargaron a Daniel Wetherbee en una camilla improvisada, tratando de estabilizar sus piernas destrozadas, mientras otros cubrían con una manta los cuerpos sin vida de Tapia y de Cassandra. Liney, exhausta y con el rostro marcado por la escarcha y el hollín, se negó a subir a la ambulancia; prefirió caminar lentamente al lado de la camilla de Daniel mientras los socorristas los guiaban fuera de las ruinas del vivero.

El convoy de rescat los trasladó hasta el parque central de Castleberry, el punto más alto y despejado de aquel lugar, donde la policía estaba instalando un puesto de mando improvisado.

Allí, sentado en la escalinata de piedra del parque, Liney y daniel vieron despuntar las primeras luces del alba. Por primera vez en cien años, el cielo sobre Castleberry no se tiñó del rojo enfermizo de la pesadilla ni del velo grisáceo de la influencia de Enoch. Un sol pálido y limpio comenzó a asomarse sobre el horizonte, bañando las calles, los tejados y los árboles del parque con una luz dorada y cálida.

A medida que la claridad ganaba terreno, la ciudad empezó a despertar.

Las puertas de las casas, que habían permanecido atrancadas durante generaciones por miedo a las sombras, se abrieron con lentitud. Las primeras personas salieron a los porches y a las aceras. Eran rostros pálidos, marcados por años de insomnio, paranoia y luto reprimido. Los habitante se miraban entre sí con una mezcla de sorpresa e incredulidad, tocando el aire fresco de la mañana como si no creyeran que la opresión invisible finalmente se hubiera disipado.

Sin embargo, en el aire no había euforia ni celebraciones.

Castleberry había sido liberada del demonio, pero el precio había sido devastador. Más de un siglo de dominación, sacrificios implacables y la masacre final perpetrada por Enoch antes de su caída habían dejado una herida imposible de cicatrizar en cuestión de días o meses. La masa de ciudadanos caminaba en silencio, contemplando el amanecer con ojos vacíos; el trauma colectivo estaba profundamente arraigado en la estructura misma de sus familias y en la memoria de la ciudad. Aunque la entidad había sido arrojada al vacío, la sombra de lo vivido tardaría generaciones en borrarse de sus mentes.

Desde la escalinata, Daniel observó a la multitud antes de que los paramédicos lo subieran a la ambulancia definitiva.

—Lo vieron amanecer ...—murmuró Daniel con la voz apenas audible, ajustándose la manta sobre los hombros —. Aunque no sepan exactamente qué ocurrió anoche, saben que la pesadilla terminó.

Liney contempló la luz del sol reflejándose en las ventanas de las casas y luego miró hacia el horizonte, donde las ruinas del vivero yacían sepultadas en el olvido. La joven apretó entre sus manos el pequeño relicario que llevaba en el cuello y suspiró lentamente.

—La pesadilla terminó, Daniel —dijo Liney, viendo cómo la primera luz de la mañana cubría la ciudad de Castleberry —. Pero ahora les toca a ellos aprender a vivir despiertos.

En la acera de enfrente, un hombre caminaba despacio entre la multitud.

Vestía un traje negro impecable, cortado con una elegancia sobria que desentonaba sutilmente con la sencillez de los habitantes. Sostenía las manos a la espalda y avanzaba con un paso pausado, disfrutando del crujido de las hojas secas bajo sus botas de cuero.

Al llegar a la esquina opuesta al parque.

Se giró despacio hacia la colina. Sus ojos, de un dorado pálido que no proyectaba reflejo, contemplaron las ruinas del vivero a lo lejos y la tierra recién removida y vio donde yacían Casandra y Tapia cubiertos con una sabana. Una sonrisa tenue y helada curvó sus labios.

En su mirada había un matiz complejo. Por un lado, sentía la oscura satisfacción de contemplar un siglo entero de devastación, de mil almas entregadas a la avaricia, de familias destruidas por el peso del egoísmo y de un pueblo entero que prefirió callar antes que luchar. La cosecha de dolor había sido abundante y exquisita.

Por otro lado, había un destello de leve decepción. Enoch, el siervo orgulloso que intentó romper sus propias cadenas, había caído; y la luz, la entrega altruista y la voluntad de unos pocos mortales habían prevalecido sobre la trampa perfecta. El bien, contra todo pronóstico, había ganado esta batalla.

El hombre de traje negro acomodó el cuello de su abrigo con serenidad. Si hubiera tenido paciencia —pensó, al mirar la calle con desdén.

Dio un paso más al frente, descendiendo de la acera para cruzar la calle.

Pero sus pies no tocaron el empedrado. En el preciso instante en que la sombra de su cuerpo cruzó la línea de la acera, la figura del hombre se disolvió en el aire sin dejar rastro, dejando tras de sí únicamente un breve soplo de viento con aroma a brasas y a ceniza fría.

Castleberry estaba libre, pero la noche siempre sabría esperar.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    Órale, cerrar con el del traje negro deshaciéndose al cruzar la calle me dejó con ganas de pelear. Mi amiga Chelo diría que le quita el final feliz, que bastante pagaron Cassandra y Tapia. Yo pienso al revés: nadie celebra, la gente camina callada, y ese señor mirando las sábanas me hace creer que esto costó algo.

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  • DaveOaks

    Nadie me lo ha dicho pero hay un detalle en la pronunciación de ENOK, aquí en este capítulo, escuchando a Adana se pronuncia así: ENOCH! (/'i:nək/)!, en el capítulo 8 cuando encuentran el grimorio los personajes lo pronuncian así E-nok" (/eˈnok/). Detalle que se lo debo a un lector.. muchas gracias.

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  • EmilioPrats

    Xe, Cassandra agarrando la garra con las manos desnudas. Se gasta entera, el pelo blanco y la piel como papel, para que Liney pueda decir el nombre de Adana, ese que viene rondando desde los primeros capítulos del cuaderno. Y la chica velándola hasta que llegan las sirenas: eso hace la gente cuando alguien se va delante suyo, no sabe qué hacer y se queda. Apuesto a que Liney carga años con esa frase del vacío que reclama lo suyo.

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  • Flemancoholica

    Aquello que dijo la vidente: "El vacío siempre reclama lo que se le debe" me hace pensar en cómo a pesar de que nunca tendremos una paz absoluta, porque hay mounstros en todas partes y de distintas formas, los seres humanos seguimos luchando por ese anhelo de tranquilidad.

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  • Amortes22

    La descripción de la lucha de Casandra, Daniel y lisney tuvo su fruto, lograron el objetivo.... Sin embargo Enoch se desvaneció de castleberry pero aún sigue en las tinieblas, cierto @DaveOaks ??

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  • Ovid

    Las campanas de Castleberry apagandose una a una mientras Liney llora sobre Cassandra me dejaron con un silencio raro. Me recuerda a cuando termina algo muy largo y nadie sabe todavia que hacer con el tiempo que sobra. Apuesto a que el hombre del traje negro no se fue muy lejos. Gracias por estos diez capitulos @DaveOaks!

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  • DaveOaks

    Bueno, con este capítulo se cierra la saga de Castleberry, espero que la hayan disfrutado tanto como yo escribiéndola.

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