EL no haber podido hacer lo que tanto deseabas cuando tuviste la oportunidad, eso fue lo que me pegó más.
Por cierto, el título "En esta no" me suena a que vendrán más capítulos. Ojalá!
EL no haber podido hacer lo que tanto deseabas cuando tuviste la oportunidad, eso fue lo que me pegó más. Por cierto, el título "En esta no" me suena a que vendrán más capítulos. Ojalá!
EL no haber podido hacer lo que tanto deseabas cuando tuviste la oportunidad, eso fue lo que me pegó más.
Por cierto, el título "En esta no" me suena a que vendrán más capítulos. Ojalá!
Tenía dieciséis años cuando la conocí. A esa edad, uno todavía tiene muchas cosas por descubrir. Yo, por ejemplo, ya sabía lo que era enamorarse de alguien que no sentía lo mismo, aunque todavía no entendía demasiado bien qué hacer con eso.
En cuarto año de secundaria me había gustado una chica del colegio. Estuve enamorado de ella durante un tiempo, o al menos eso era lo que yo entendía por estar enamorado en aquel entonces. Me gustaba verla, hablar con ella y, seguramente, imaginaba que en algún momento las cosas podían cambiar. Pero nunca pasó nada.
Ella me veía como un amigo. No había mucho más que interpretar.
Con el tiempo tuve que aceptar que no le interesaba de la misma manera que ella me interesaba a mí. No hubo una relación que terminara ni una despedida que recordar. Simplemente, aquello que yo sentía no encontró respuesta. Y aunque en ese momento me habría gustado que las cosas fueran diferentes, la vida siguió su curso.
Fuera del colegio, había otras preocupaciones que empezaban a ocupar mi tiempo.
Crecí en una familia evangélica. Mis padres nos llevaron a la iglesia desde pequeños y nos educaron con valores que, de una u otra manera, formaron parte de nuestra crianza. Durante mi infancia y buena parte de mi adolescencia, la iglesia fue un lugar habitual en mi vida. Allí conocía a las personas, participaba de las actividades y compartía una rutina que, hasta entonces, me parecía natural.
Pero terminé el colegio y las circunstancias de mi casa me llevaron a tomar decisiones para las que quizá todavía era muy joven.
La situación económica no era buena. Yo quería ayudar a mis padres y no convertirme en una preocupación más para ellos. Por eso empecé a buscar trabajo a los dieciséis años.
Trabajé en varias ferreterías de la localidad. A veces atendía a los clientes; otras veces tenía que cargar materiales pesados, mover tubos, acomodar clavos, pinturas, thinner y todo lo que hiciera falta. No era un trabajo sencillo, menos aún a esa edad, pero tenía claro por qué lo hacía. Necesitaba ganar dinero y contribuir en casa.
Los días empezaron a pasar entre el trabajo y el cansancio. Ya no tenía el mismo tiempo libre de antes, y asistir a la iglesia se volvió cada vez más difícil. Poco a poco dejé de ir.
No recuerdo haber tomado una decisión definitiva de alejarme. Simplemente, las responsabilidades fueron ocupando el espacio que antes dedicaba a otras cosas. Mi hermano continuó asistiendo, mientras yo intentaba abrirme camino por mi cuenta.
Fue durante ese tiempo cuando conocí a una muchacha que, años después, terminaría convirtiéndose en una de las personas más importantes de mi vida.
La llamaré Valeria.
Ella era muy amiga de mi hermano. Yo sabía poco de ella, aunque es posible que ya la hubiera visto alguna vez en la iglesia. Había pasado una temporada sin asistir y, entre el trabajo y las demás preocupaciones, no estaba demasiado pendiente de lo que sucedía allí.
Hasta que un domingo, aprovechando que no tenía que trabajar, decidí regresar.
No recuerdo qué me animó a hacerlo. Quizá simplemente tenía tiempo, o tal vez me apetecía volver a un lugar que había formado parte de mi vida durante tantos años. En cualquier caso, fui sin imaginar que aquel día terminaría guardado en mi memoria.
El culto ya había terminado. Yo estaba en las oficinas de la iglesia, situadas al costado del templo. En algún momento salí o me acerqué a la parte exterior, donde terminé cargando al hijo del pastor, que todavía era pequeño.
Fue entonces cuando ella me vio.
Valeria salió por una puerta lateral de la iglesia. Recuerdo que pasó cerca de una ventana, de esas que permitían ver hacia el exterior desde cierta altura, y después llegó al pórtico. Allí me encontró con el niño en brazos.
Su mirada me llamó la atención. No sabría decir exactamente qué pensó de mí, pero recuerdo que no fue una mirada especialmente agradable. Tampoco podría asegurar que fuera de rechazo. Fue una de esas expresiones que uno interpreta como puede cuando no conoce a la persona que tiene delante.
Yo, por mi parte, también me fijé en ella. Recuerdo haber reparado incluso en sus pantorrillas. Ahora me resulta curioso que un detalle así haya permanecido en mi memoria durante tantos años. Uno olvida conversaciones enteras, pero a veces conserva imágenes pequeñas que no parecían importantes cuando ocurrieron.
Poco después apareció mi hermano.
Valeria le preguntó quién era yo.
Él le respondió que era su hermano.
Imagino que la respuesta debió sorprenderla. Físicamente no nos parecíamos demasiado. Mi hermano tenía la piel morena, parecida a la de nuestra madre, mientras que yo era de piel más clara y me parecía más a mi padre. Quizá por eso no había relacionado mi rostro con el de él.
Así supo quién era yo.
No hubo una conversación especial entre nosotros. Tampoco recuerdo que aquel primer encuentro tuviera algo que lo distinguiera de cualquier otro domingo en la iglesia. Ella era una chica que acababa de conocer y yo era, para ella, el hermano de su amigo.
Eso fue todo.
Debo admitir que me pareció muy bonita. No voy a negar algo que recuerdo con claridad. Sin embargo, en aquel momento yo seguía enamorado de la chica del colegio. Mis sentimientos estaban puestos en otra persona, aunque aquella historia no hubiera llegado a ninguna parte.
Por eso Valeria no despertó en mí algo que pudiera reconocer como amor. La vi, me pareció atractiva y continué con mi vida.
Después de aquel domingo volví a asistir a la iglesia. Empecé a verla con más frecuencia y, poco a poco, su presencia dejó de resultarme desconocida. Ella tenía dieciocho años y yo dieciséis. La diferencia era de apenas dos años, pero a esa edad me parecía considerable. Ella me daba la impresión de ser una muchacha mayor, alguien que estaba en otra etapa y a quien yo difícilmente habría imaginado como parte de mi vida.
Me parecía bonita, sí, pero también la veía inalcanzable.
No sé si esa impresión tenía que ver con su manera de ser, con mi propia inseguridad o con el hecho de que yo todavía estaba pendiente de alguien más. Probablemente había un poco de todo.
Lo cierto es que no esperaba nada de ella.
Aquel domingo no pensé que estuviera conociendo a alguien que llegaría a significar tanto. No hubo una señal que me hiciera detenerme a pensar que mi vida estaba a punto de cambiar. Ni siquiera podría decir que comenzamos una amistad en ese momento.
Ella vio al hermano de su amigo cargando al hijo del pastor. Yo vi a una muchacha bonita de la iglesia.
Y cada uno siguió con su vida.
Durante mucho tiempo, eso fue todo lo que aquel encuentro significó para mí.
Hubo un momento en el que dejé de trabajar porque quería estudiar. Tenía dieciséis años y estaba convencido de que, si conseguía prepararme, podría encontrar mejores oportunidades y ayudar a mi familia de una manera distinta.
Un familiar me había prometido que me apoyaría económicamente para estudiar. Confié en esa promesa y decidí concentrarme en la universidad.
Me matriculé en Ingeniería de Sistemas, aunque, si soy sincero, sabía muy poco de la carrera que había elegido. Mi experiencia con las computadoras se limitaba casi por completo a los videojuegos. En casa había utilizado una Pentium 4 para jugar Counter-Strike, GTA: Vice City y Alien Shooter, entre otros juegos de aquella época. Me gustaban, pero de ahí a saber manejar una computadora para estudiar había una distancia considerable.
Ni siquiera dominaba Word.
Aun así, tenía muchas ganas de aprender. Quería estudiar, avanzar y encontrar una manera de salir adelante. Había utilizado parte del dinero que gané en las ferreterías para comprar una laptop. La compré pensando en mis clases, en los trabajos que tendría que presentar y en todo lo que esperaba conseguir con aquella carrera.
Para mí, era una inversión en mi futuro.
El problema llegó cuando tuve que matricularme en el segundo ciclo. Fue entonces cuando me enteré de que el familiar que había prometido ayudarme no había pagado ninguna mensualidad.
No sé si lo olvidó o si hubo otras razones. Nunca he querido detenerme demasiado en ese asunto. Lo que recuerdo es la impotencia de encontrarme con una deuda que no podía pagar y comprender que, sin hacerlo, no podría continuar estudiando.
Me quedé sin matrícula.
Recuerdo haber llorado. Tenía muchas ganas de seguir en la universidad y me dolía tener que abandonar algo que apenas había empezado. No era solo la carrera. También estaba la ilusión que había puesto en ella, el esfuerzo que había hecho para conseguir mi laptop y la idea de que, finalmente, estaba haciendo algo para cambiar mi situación.
Todo se detuvo antes de lo que esperaba.
La laptop seguía conmigo, pero ya no podía utilizarla para aquello para lo que la había comprado. Al menos, no de la manera en que había imaginado.
Hubo otros motivos por los que no pude continuar, pero prefiero reservarme esa parte de mi vida. No todo lo que uno vive tiene que explicarse para que una historia sea verdadera.
Lo que sí puedo decir es que tuve que volver a trabajar.
Regresé a la iglesia donde había pasado buena parte de mi infancia y adolescencia. Allí tenían una radio y un canal de televisión local, y fue en este último donde empecé a trabajar con la ayuda de un gran amigo, a quien llamaré Jhosep.
Aprendí mucho con él.
Participábamos en la preparación de los sets, organizábamos los espacios y presentábamos programas que salían al aire. Era un canal pequeño, con un alcance limitado a una parte de nuestra localidad, pero para nosotros el trabajo tenía su importancia. Había que preparar las cosas, resolver problemas y hacer que cada programa saliera adelante.
Yo estaba aprendiendo sobre la marcha. No tenía una formación profesional en televisión, pero cada jornada me enseñaba algo nuevo. Recuerdo aquella etapa con cariño, en parte por lo que aprendí y en parte por las personas con las que compartí esos días.
Mi madre también tenía un programa dirigido a las familias. No recuerdo exactamente si se transmitía todos los días, pero sí tengo presente que ella formaba parte de aquella pequeña actividad televisiva de la iglesia.
El ambiente de trabajo era agradable. Las personas me trataban bien, me daban el almuerzo y me ayudaban con los pasajes. También recibía un pago por mi trabajo y, de vez en cuando, algún dinero extra. No era demasiado, pero valoraba la consideración que tenían conmigo.
Era un lugar donde daba gusto trabajar.
Yo seguía teniendo una meta: reunir el dinero suficiente para pagar la deuda y regresar a la universidad. No sabía cuánto tiempo me tomaría, pero quería intentarlo. Había tenido que detenerme, no abandonar mis ganas de estudiar.
Mientras tanto, mi vida continuaba.
La chica del colegio que me había gustado tanto ya había quedado atrás. Con el paso del tiempo, aquellos sentimientos perdieron fuerza y dejé de pensar en ella como antes. En ese momento, mi atención estaba puesta en el trabajo y en la posibilidad de retomar mis estudios.
No estaba buscando enamorarme.
Entonces Valeria regresó a la iglesia.
Habían pasado aproximadamente dos años desde la primera vez que la vi. Por lo que recuerdo, ella había dejado de asistir durante una temporada para concentrarse en sus estudios. Estaba cursando una carrera técnica y quizá necesitaba dedicarle más tiempo. No conozco todos los detalles de aquella etapa, pero un día volvió a aparecer por la iglesia.
Tal vez había hablado con el pastor para colaborar en el canal. No estoy completamente seguro. Lo que recuerdo es que volvió a estar allí y que empezamos a coincidir.
Creo que ya la tenía agregada en Facebook desde hacía algún tiempo. Habíamos intercambiado algunas palabras, pero nuestras conversaciones no habían pasado de eso. Éramos dos personas que se conocían de vista, sin demasiada confianza y sin una razón particular para buscarse.
Yo, además, había cambiado bastante.
De niño y durante los primeros años de secundaria había sido extrovertido. Me gustaba conversar y relacionarme con la gente. Sin embargo, algunas experiencias personales hicieron que empezara a cerrarme. Dejé de contar mis cosas con facilidad y me acostumbré a hablar más con las personas que conocía bien.
Con los demás era diferente. Prefería escuchar antes que hablar, y muchas veces me quedaba callado incluso cuando tenía algo que decir.
Valeria no era alguien de mi confianza. Me parecía bonita, pero apenas la conocía. No tenía motivos para abrirme con ella de la misma manera que lo hacía con otras personas.
Aun así, empezamos a conversar.
Recuerdo que en ocasiones me preguntaba por qué hablaba tan poco. Ella parecía buscar conversación, mientras yo no siempre sabía cómo responder. Quizá simplemente estaba siendo amable. Quizá tenía curiosidad por conocerme. No puedo asegurar qué pasaba por su cabeza en aquel entonces.
Lo que sí recuerdo es que, poco a poco, fui sintiéndome más cómodo con ella.
Las conversaciones también comenzaron a darse por Facebook. Para mí era más fácil escribir que hablar cara a cara. Podía pensar mejor las palabras, responder sin la presión de tenerla delante y conocerla de una manera que me resultaba más natural.
Empezamos a escribirnos por las noches, a veces durante bastante tiempo. Hablábamos de cosas cotidianas y nos contábamos pequeños detalles de nuestros días. No recuerdo cada tema ni todas las conversaciones, pero sí la sensación que me dejaban.
Me gustaba encontrar sus mensajes.
Intercambiamos nuestros números y también nos escribíamos por mensajes de texto. En aquella época WhatsApp todavía no formaba parte de nuestra rutina. Facebook era el lugar donde más conversábamos, y poco a poco aquellas charlas se hicieron habituales.
Sin darme cuenta, empecé a interesarme por ella de otra manera.
Al principio tenía dudas. No sabía si le gustaba o si simplemente era una persona conversadora. Yo no quería hacerme ilusiones sin tener motivos, pero tampoco podía negar que me agradaba hablar con ella. Era una chica bonita y, cuanto más conversábamos, más ganas tenía de conocerla.
No recuerdo con exactitud cómo llegamos a hablar de nuestros sentimientos. Los años han borrado algunas palabras y no quiero inventar una conversación que quizá no ocurrió de esa manera. Creo que ella fue quien me dijo primero que yo le gustaba.
Si fue así, recuerdo que me hizo muy feliz.
Yo venía de una experiencia en la que había sentido algo por alguien que no me correspondía. No había llegado a tener una relación con aquella chica, pero sabía lo que era guardar sentimientos sin saber si alguna vez serían recibidos. Esta vez era diferente. La posibilidad de que alguien que me gustaba sintiera lo mismo por mí dejó de parecer tan lejana.
Era una sensación nueva.
En aquel tiempo también dedicaba parte de mis horas libres al piano. Mi madre me había enviado a clases desde pequeño y la música se había quedado conmigo. Me gustaban especialmente las baladas románticas. Quizá era bastante romántico para mi edad, incluso un poco iluso, pero disfrutaba de aquellas canciones y encontraba en ellas una manera de expresar lo que me costaba decir con mis propias palabras.
Empecé a compartirlas con Valeria.
Recuerdo haberle enviado Aquí estoy yo, de Luis Fonsi. Le gustó mucho. Después le compartí Estar contigo, de Álex Ubago. Eran canciones que encajaban con aquella etapa y que, de alguna manera, acompañaban nuestras conversaciones.
Había otra canción que recuerdo especialmente: Por eso no hablo, de Axel Fernando, el cantante argentino.
Me identificaba con ella porque describía bastante bien lo que me ocurría cuando estaba cerca de Valeria. Por mensajes podía conversar con ella durante horas, pero en persona me costaba mucho más. A veces la tenía delante y simplemente me quedaba callado. No era que no tuviera nada que decir; era que no encontraba la manera de decirlo.
Le compartí la canción y le encantó.
No recuerdo si llegamos a hablar extensamente sobre su significado, pero para mí tenía algo especial. Expresaba esa mezcla de timidez, atracción y silencio que estaba viviendo. Era una forma de decirle algo sin tener que explicarlo directamente.
Hoy, cuando escucho aquellas canciones, vuelvo a esa época. Recuerdo las noches frente a la computadora, las conversaciones por Facebook y la emoción de encontrar un mensaje suyo. Es extraño cómo una canción puede conservar detalles que uno creía olvidados. Basta con que empiece a sonar para que regresen algunas imágenes y, con ellas, una parte de lo que uno sintió.
En aquel entonces, Valeria y yo ya nos habíamos dicho que nos gustábamos, pero todavía no éramos pareja. No habíamos formalizado una relación. Éramos dos jóvenes que empezaban a conocerse, que conversaban a diario y que poco a poco se acercaban.
Yo seguía siendo reservado cuando la tenía delante. Ella seguía preguntándome por qué hablaba tan poco. Pero ahora había algo distinto entre nosotros, algo que antes no existía.
Ya no era solamente la chica bonita que había conocido dos años atrás.
Era la muchacha con la que quería conversar por las noches, aquella cuyos mensajes esperaba y a quien empezaba a dedicar canciones que para mí significaban algo más que música.
En esos días yo todavía intentaba encontrar la manera de regresar a la universidad. Seguía trabajando, ahorrando y pensando en lo que quería hacer con mi vida. No había resuelto mis problemas ni sabía qué me esperaba en los siguientes años.
Pero había empezado a compartir una parte de mis días con ella.
Y eso, aunque entonces no lo supiera, terminaría formando parte de una historia que todavía estaba lejos de llegar a su final.
Los primeros días de 2012, cuando yo tenía dieciocho años, hubo una salida a la playa que todavía recuerdo con cariño.
Fuimos un grupo de amigos de la iglesia. Estaba Joseph, a quien también le cambiaré el nombre en la versión definitiva, estaban algunos amigos más, las novias de ellos, la hermana de Valeria y, por supuesto, ella. No recuerdo todos los detalles de cómo organizamos aquella salida ni quién tuvo la idea, pero sí recuerdo que fue uno de esos días en los que todo parecía estar bien sin que hiciera falta demasiado.
El plan era sencillo: pasar el día juntos, jugar, conversar y disfrutar del mar.
Para mí, sin embargo, había algo más. Era una oportunidad para estar cerca de Valeria, compartir tiempo con ella sin las limitaciones de las conversaciones en la iglesia o de los mensajes que nos escribíamos por las noches. No sé si para entonces ya nos habíamos confesado que nos gustábamos. Tengo la impresión de que aquello ocurrió antes, aunque no podría asegurarlo. Lo que sí recuerdo es que entre nosotros existía cierta atracción, una cercanía que hacía que su presencia tuviera un significado diferente.
Jugamos fútbol, también vóley. Hubo bromas, carreras y esos juegos algo bruscos que suelen surgir cuando un grupo de amigos se reúne junto al mar. En uno de ellos, mientras intentaba arrastrarla hacia el agua para que jugáramos, terminé lastimándole la muñeca por accidente. No fue algo que hubiera querido hacer, por supuesto. A veces, en medio de la emoción y las ganas de jugar, uno no mide bien sus fuerzas.
Aun así, recuerdo aquel día como algo memorable.
La playa tenía su propio ritmo. El sol caía con fuerza, el agua invitaba a meterse una y otra vez y el tiempo parecía pasar más rápido de lo habitual. No necesitábamos organizar demasiadas cosas. Bastaba con estar allí, compartir las ocurrencias de los demás y disfrutar de una jornada que, sin saberlo, terminaría guardada entre mis recuerdos de aquellos años.
Al final del día, el cansancio y el calor nos fueron ganando. Terminamos sentados sobre un tronco, tomando clarito helado para refrescarnos. Después de tantas horas bajo el sol, aquella bebida nos cayó muy bien.
Poco a poco, el día comenzó a despedirse.
Recuerdo que nos quedamos mirando cómo el sol se ocultaba en el horizonte. Mientras la luz iba cambiando, nos sentamos a limpiar la arena de los pies, que teníamos enterrados en ella. Era hora de prepararnos para regresar a casa.
No hubo una despedida especial ni sucedió algo que pudiera cambiar nuestra historia de un momento a otro. Fue, sencillamente, un día agradable con amigos, uno de esos que quizá en su momento parecen iguales a tantos otros.
Pero yo había podido compartirlo con ella.
Y, cuando uno empieza a sentir algo por alguien, a veces eso basta para que un día común termine ocupando un lugar especial en la memoria.
No sé si Valeria lo recuerda de la misma manera. Tal vez para ella fue solo una salida más, una mañana y una tarde de playa con sus amigos. Yo, en cambio, todavía puedo regresar a aquella imagen del grupo sentado sobre un tronco, con el calor del día todavía en la piel y el sol desapareciendo lentamente frente a nosotros.
Éramos jóvenes. Nos quedaban tantas cosas por vivir que ninguno de nosotros podía imaginar lo que vendría después.
Por ahora, aquel recuerdo sigue siendo eso: un día de playa, una tarde entre amigos y la alegría sencilla de haber estado cerca de ella.
Por aquel entonces, las cosas marchaban bastante bien en el canal de televisión de la iglesia. Trabajábamos en un programa de oración en el que hablábamos con las personas que se comunicaban con nosotros. No recuerdo con exactitud si se transmitía de lunes a viernes o algunos días de la semana, aunque tengo la impresión de que era diario. Lo que sí recuerdo es que el trabajo se había convertido en parte de mi rutina y que, entre las cámaras, los programas y las personas que pasaban por allí, mi vida seguía su curso.
Las oficinas de la iglesia y el lugar donde se realizaban los cultos estaban uno al lado del otro, aunque las actividades se desarrollaban en espacios distintos. Esa cercanía hacía que a veces coincidiéramos al terminar nuestras labores o cuando la gente empezaba a retirarse.
Una de esas noches coincidí con Valeria y algunos amigos justo cuando terminaba el culto y nosotros acabábamos de concluir el programa. No recuerdo quién propuso salir ni cómo surgió la idea. Lo cierto es que terminamos caminando hacia el centro de la ciudad, rumbo a la Plaza de Armas.
Ya era bastante tarde, probablemente pasadas las diez de la noche. A esa hora, la plaza seguía teniendo vida. Había familias paseando con sus hijos, padres que aprovechaban el momento para salir de casa y personas que buscaban distraerse un rato antes de regresar a sus hogares. Era uno de esos lugares donde siempre parecía haber algo que hacer, incluso cuando el día ya había terminado para la mayoría.
Nosotros fuimos hacia un lugar al que en la localidad conocíamos como el Titanic o el barco. Tenía una forma que recordaba a la de una embarcación, con una proa y una popa que le daban aquella apariencia. No era un barco, por supuesto, pero así lo llamábamos y todos sabíamos a qué lugar nos referíamos.
Subimos y nos quedamos allí un rato.
Al principio estábamos todos juntos, conversando como cualquier grupo de amigos que sale a pasear por la noche. No recuerdo los temas de aquella conversación, pero sí que, en algún momento, Valeria y yo terminamos sentados cerca, hablando mientras los demás hacían lo mismo por su cuenta.
Tengo la impresión de que nuestros amigos ya se habían dado cuenta de lo que estaba pasando entre nosotros. Quizá habían notado las miradas, las conversaciones o esa manera de buscarnos que, por más que uno intente disimular, a veces termina siendo evidente para quienes están alrededor.
Poco a poco, nos apartamos un poco del grupo.
No fue una distancia considerable. Seguíamos cerca de nuestros amigos, pero lo suficiente como para conversar con algo más de tranquilidad. Y fue entonces cuando la situación empezó a cambiar.
No recuerdo exactamente qué nos dijimos ni cómo llegamos a ese momento. Hay detalles de aquella noche que los años han ido borrando, pero conservo la imagen de Valeria acercándose a mí.
Y recuerdo mis nervios.
Hasta entonces habíamos hablado bastante por Facebook, por mensajes de texto y en aquellos ratos en los que coincidíamos en la iglesia. Me había acostumbrado a conversar con ella a través de una pantalla, donde podía pensar mis respuestas y tomarme el tiempo que necesitaba. Pero tenerla tan cerca era diferente.
El silencio que tantas veces me había acompañado cuando estaba frente a ella volvió a aparecer.
Yo quería acercarme, pero estaba nervioso. No era que no quisiera hacerlo ni que su cercanía me incomodara. Era, sencillamente, que no sabía cómo reaccionar. Por mucho que me gustara, por más que hubiéramos hablado de nuestros sentimientos, llegado el momento me faltaba el valor.
Ella se acercó bastante. Recuerdo que me dijo algo, aunque no puedo asegurar las palabras exactas. Tal vez esperaba que yo tomara la iniciativa. Quizá quería saber si me atrevía a dar aquel paso que hasta entonces ninguno de los dos había dado.
No lo hice.
No la rechacé. Tampoco me aparté porque no quisiera estar con ella. Simplemente me quedé atrapado entre los nervios y el miedo a hacer algo que, en realidad, deseaba hacer.
Pero el momento pasó.
Y con él pareció irse también la oportunidad.
Valeria se marchó caminando sola hacia el lugar donde tomaría su transporte. Yo me quedé un instante con mis amigos, tratando de entender lo que acababa de suceder. No sabía si estaba molesta, si se había sentido decepcionada o si simplemente había decidido marcharse porque ya era tarde. No podía leer sus pensamientos, y en ese momento tampoco tenía la seguridad suficiente para preguntárselo.
Entonces uno de mis amigos, creo que fue Joseph, me dijo que fuera detrás de ella.
No recuerdo sus palabras exactas, pero sí recuerdo la idea: que no me quedara allí, que la alcanzara.
Y fui.
Empecé a caminar detrás de Valeria con la sensación de que todavía podía hacer algo para remediar lo ocurrido. La alcancé a pocos metros de su paradero, antes de que se marchara. No sé qué esperaba encontrar cuando llegué a su lado. Quizá una oportunidad para acercarme otra vez, para demostrarle que mi silencio no significaba falta de interés.
Lo cierto es que ella me permitió acercarme.
Y, aun así, no la besé.
No hubo beso aquella noche. No puedo decir que nos besamos, porque no sucedió. Hubo nervios, dudas y una oportunidad que no supe aprovechar. Quizá por eso recuerdo aquel momento con tanta claridad: porque, cuando finalmente tuve la posibilidad de hacer algo que deseaba, fui incapaz de hacerlo.
No sé si Valeria se fue molesta o decepcionada. Tampoco sé si esperaba que yo reaccionara de otra manera. Solo puedo hablar de lo que me ocurrió a mí.
Me fui triste.
Mientras regresaba, no dejaba de pensar en lo que había pasado. Me gustaba aquella muchacha y había querido estar cerca de ella, pero cuando llegó el momento de dar un paso más, el miedo terminó ganándome. No era mi primer beso, pero sí era uno que deseaba especialmente. Y quizá por eso me había puesto tan nervioso.
A veces uno cree que el miedo aparece porque no está seguro de lo que siente. En mi caso, creo que ocurrió lo contrario. Me importaba tanto lo que pudiera pasar que terminé sin hacer nada.
Al día siguiente regresé a mis labores en el canal. La vida continuó como de costumbre: había cosas que preparar, personas con las que hablar y un programa que sacar adelante. Sin embargo, entre Valeria y yo había quedado pendiente aquella noche.
Empezamos a conversar sobre lo ocurrido, haciendo referencia a lo que había pasado en la plaza. No recuerdo exactamente cómo lo abordamos, pero sí que terminamos bromeando con el asunto. Ella parecía recordarme, de una manera u otra, que había tenido la oportunidad y que no me había atrevido.
La conversación tuvo algo de gracioso. Después de tantos mensajes, de las canciones que nos enviábamos y de todo lo que habíamos compartido, resultaba curioso que yo hubiera terminado quedándome sin palabras justo cuando más necesitaba encontrarlas.
Lo cierto es que aquella noche no hubo beso.
Y, aunque en ese momento me pesó no haberme atrevido, lo que entonces parecía una oportunidad perdida no sería la última.
Pero eso ocurrió después.
No pasó mucho tiempo antes de que volviéramos a hablar de lo ocurrido aquella noche. Seguíamos conversando, como lo habíamos hecho hasta entonces, aunque ahora existía entre nosotros una especie de asunto pendiente. Yo sabía que había dejado pasar una oportunidad y, aunque me costaba reconocerlo, quería que hubiera otra.
No recuerdo haberle pedido directamente una segunda oportunidad. Seguramente lo hice a mi manera, sin demasiadas palabras, tratando de encontrar la forma de decirle que esta vez sí quería atreverme. Lo cierto es que terminamos acordando salir un sábado.
Había un pequeño problema: no tenía ni un sol en el bolsillo.
Así que tuve que recurrir a algunas personas a las que les había prestado dinero. Por suerte, me devolvieron lo que me debían y pude reunir lo necesario para salir con ella. No tenía demasiado, pero al menos podía presentarme a nuestra cita sin preocuparme por ese detalle.
Hay algo de aquella salida que descubrí desde el principio y que me gustó mucho de Valeria.
Ella sabía que yo trabajaba en el canal de televisión y que no ganaba demasiado. Conocía, más o menos, mi situación económica y nunca tuvo esa actitud de exigir cosas que yo no podía ofrecerle. No era de las chicas que esperaban que uno gastara dinero para demostrarles interés, y aquella noche pude apreciar esa diferencia.
No necesitaba que me pidiera algo para demostrarme que era distinta. Bastaba con ver que podía compartir un momento conmigo sin convertirlo en una cuestión de dinero.
Quizá para ella aquello era lo más natural del mundo. Para mí significó bastante. A esa edad, cuando uno empieza a conocer a alguien y todavía está intentando construir su propia vida, encontrar a una persona que no te haga sentir menos por lo que tienes es algo que se agradece. Y yo lo agradecí.
Quedamos en encontrarnos otra vez en el Titanic, aquel lugar de la Plaza de Armas que parecía un barco sin serlo. Llegué con los nervios de quien sabe que tiene algo importante por hacer, aunque no sepa muy bien cómo hacerlo.
Dimos una vuelta por la plaza y, después de un rato, le propuse que fuéramos a otro lugar. A unos cinco o diez minutos caminando había una especie de alameda. Decidimos ir hacia allí.
Recuerdo que ella había aceptado salir conmigo con una condición: esta vez tenía que hablar.
Y vaya que tenía razón para pedírmelo.
La vez anterior me había quedado prácticamente mudo cuando se acercó. No quería que volviera a ocurrir lo mismo, así que intenté conversar sobre distintos temas. Hablamos de música, de pasatiempos y de otras cosas que quizá no tenían demasiada importancia. Eran temas sencillos, incluso banales, pero cumplían su propósito: nos permitían hablar, reírnos un poco y evitar que el silencio se apoderara de la noche.
Al final nos sentamos en aquella alameda, frente a una heladería bastante conocida de la ciudad.
Estábamos sentados uno al lado del otro, mirando los carros que pasaban y observando a las personas que caminaban por allí. La ciudad seguía con su movimiento habitual, mientras nosotros permanecíamos en aquel pequeño espacio, intentando conocernos un poco más.
Yo recuerdo muy bien cómo iba vestido: unas zapatillas blancas, un jean azul y un polo que me quedaba algo grande.
En esa época era bastante delgado. Medía alrededor de un metro setenta y cinco, la misma estatura que tengo ahora, y pesaba aproximadamente sesenta kilos. Mi cuerpo era delgado y, aunque no sé si entonces era consciente de ello, aquella noche intentaba compensarlo de alguna manera.
Me sentaba tratando de ocupar el mayor espacio posible, como si eso pudiera hacerme parecer más seguro de lo que realmente estaba. Es curioso lo que uno hace cuando quiere impresionar a alguien. A veces cree que necesita controlar hasta la postura para que no se le note el miedo, cuando probablemente la otra persona está demasiado ocupada viviendo su propio momento.
Yo, desde luego, estaba pendiente de cada detalle.
De pronto, Valeria se acercó y me hizo una pregunta.
—¿Qué pasa si te beso?
No recuerdo que hubiera muchas palabras antes de aquello. Lo que sí recuerdo es que volví a quedarme en silencio.
Otra vez.
Parecía que todo lo que había practicado durante la conversación no me servía de nada cuando ella se acercaba de aquella manera. Podía hablar de música, de cualquier cosa que se me ocurriera, pero bastaba con que redujera la distancia entre nosotros para que las palabras desaparecieran.
No me moví. Me quedé sentado, sin saber qué hacer.
Ella se acercó un poco más y volvió a preguntármelo, esta vez junto a mi oído.
—¿Qué pasa si te beso?
Todavía me cuesta explicar por qué me intimidaba tanto. Yo quería estar allí. Quería besarla. Sabía que me gustaba y que ella también sentía algo por mí. Sin embargo, una cosa era pensarlo mientras conversábamos por Facebook y otra muy distinta tenerla tan cerca, esperando una respuesta que yo parecía incapaz de darle.
Intenté reunir valor, pero los nervios volvieron a ganarme.
Entonces giré el rostro hacia ella.
Se acercó despacio. Pude sentir su respiración muy cerca de mis labios, y durante ese instante pareció que todo lo demás quedaba en segundo plano.
Y pasó.
Me besó.
No sé cuánto duró aquel primer beso. Cuando uno recuerda un momento así, el tiempo no siempre permanece en su sitio. Hay instantes que parecen durar mucho más de lo que realmente duraron, quizá porque uno vuelve a ellos tantas veces que terminan ocupando un espacio enorme en la memoria.
Lo que sí recuerdo es lo que sentí.
Fue un momento dulce, de esos que uno no sabe muy bien cómo describir sin quedarse corto. Había esperado tanto aquel acercamiento que, cuando finalmente ocurrió, no supe qué hacer con las manos. No sabía si debía abrazarla, tocarle el rostro o simplemente dejarme llevar por lo que estaba pasando. Mi cuerpo parecía haberse quedado tan desconcertado como mi cabeza.
Seguramente no fui el muchacho más experimentado ni el más seguro del mundo. Pero tampoco creo que aquel beso necesitara perfección.
Era nuestro primer beso.
Y eso bastaba.
Después seguimos conversando y volvimos a besarnos. Ya no estaba pensando tanto en lo que debía hacer ni en cómo debía comportarme. Poco a poco fui dejando atrás aquella timidez que me había acompañado desde que empezamos a conocernos.
En algún momento, un automóvil salió de la heladería y sus luces nos dieron directamente en los ojos. Nos reímos, convencidos por un instante de que alguien nos había descubierto observándonos. Probablemente nadie estaba pendiente de nosotros. El conductor solo seguía su camino, ajeno a lo que para mí estaba siendo una de las noches más bonitas de mi vida.
Pero nosotros nos reímos como si nos hubieran sorprendido haciendo algo que debíamos mantener en secreto.
Y seguimos allí.
La noche avanzó entre conversaciones y besos. Ya no importaba demasiado de qué hablábamos ni cuánto tiempo llevábamos sentados. Yo estaba con ella, ella estaba conmigo y, por primera vez desde que empezamos a acercarnos, sentía que no tenía que quedarme imaginando cómo sería besarla.
Ahora lo sabía.
Al momento de despedirnos apareció otro problema, uno bastante menos romántico.
De tanto besarnos, tuve una erección. Me dio tanta vergüenza que no supe cómo explicarle por qué no podía levantarme con normalidad. Así que improvisé una excusa: le dije que se me habían dormido las piernas de estar tanto tiempo sentado.
Era una explicación bastante poco convincente, pero en ese momento me pareció la mejor salida.
Ahora, después de los treinta, a veces basta con cruzar las piernas un rato para que se me duerman de verdad. La vida tiene sus ironías. Lo que entonces utilicé como pretexto para disimular mi vergüenza terminó convirtiéndose en una de esas anécdotas que puedo recordar con una sonrisa.
Pero aquella noche yo tenía dieciocho años, estaba enamorado o empezaba a estarlo de una manera que todavía no sabía medir, y acababa de vivir algo que llevaba tiempo deseando.
Fue el 26 de enero de 2012.
Ese día nos dimos nuestro primer beso en aquella alameda, frente a la heladería de nuestra ciudad.
A veces me pregunto si ella recuerda aquella noche con la misma claridad que yo. Si recuerda el lugar, las luces del automóvil, las conversaciones o al muchacho que no sabía dónde poner las manos. No puedo saberlo. Los recuerdos pertenecen a cada persona y cada uno guarda los suyos de una manera diferente.
Yo sí recuerdo los míos.
Recuerdo su manera de acercarse, la ternura de aquel beso y la sensación de estar viviendo algo que, en ese momento, parecía suficiente para hacerme feliz.
No necesitábamos promesas ni grandes declaraciones. Éramos dos jóvenes que se gustaban y que, después de varios intentos fallidos, por fin habían conseguido acercarse.
Aquel 26 de enero quedó guardado en mi memoria por una razón sencilla: fue el día en que Valeria me besó por primera vez.
Y hay besos que uno recuerda por lo que ocurrió después, pero aquel siempre lo llevaré conmigo por lo que significó entonces.
CAPÍTULO I
Tenía dieciséis años cuando la conocí. A esa edad, uno todavía tiene muchas cosas por descubrir. Yo, por ejemplo, ya sabía lo que era enamorarse de alguien que no sentía lo mismo, aunque todavía no entendía demasiado bien qué hacer con eso.
En cuarto año de secundaria me había gustado una chica del colegio. Estuve enamorado de ella durante un tiempo, o al menos eso era lo que yo entendía por estar enamorado en aquel entonces. Me gustaba verla, hablar con ella y, seguramente, imaginaba que en algún momento las cosas podían cambiar. Pero nunca pasó nada.
Ella me veía como un amigo. No había mucho más que interpretar.
Con el tiempo tuve que aceptar que no le interesaba de la misma manera que ella me interesaba a mí. No hubo una relación que terminara ni una despedida que recordar. Simplemente, aquello que yo sentía no encontró respuesta. Y aunque en ese momento me habría gustado que las cosas fueran diferentes, la vida siguió su curso.
Fuera del colegio, había otras preocupaciones que empezaban a ocupar mi tiempo.
Crecí en una familia evangélica. Mis padres nos llevaron a la iglesia desde pequeños y nos educaron con valores que, de una u otra manera, formaron parte de nuestra crianza. Durante mi infancia y buena parte de mi adolescencia, la iglesia fue un lugar habitual en mi vida. Allí conocía a las personas, participaba de las actividades y compartía una rutina que, hasta entonces, me parecía natural.
Pero terminé el colegio y las circunstancias de mi casa me llevaron a tomar decisiones para las que quizá todavía era muy joven.
La situación económica no era buena. Yo quería ayudar a mis padres y no convertirme en una preocupación más para ellos. Por eso empecé a buscar trabajo a los dieciséis años.
Trabajé en varias ferreterías de la localidad. A veces atendía a los clientes; otras veces tenía que cargar materiales pesados, mover tubos, acomodar clavos, pinturas, thinner y todo lo que hiciera falta. No era un trabajo sencillo, menos aún a esa edad, pero tenía claro por qué lo hacía. Necesitaba ganar dinero y contribuir en casa.
Los días empezaron a pasar entre el trabajo y el cansancio. Ya no tenía el mismo tiempo libre de antes, y asistir a la iglesia se volvió cada vez más difícil. Poco a poco dejé de ir.
No recuerdo haber tomado una decisión definitiva de alejarme. Simplemente, las responsabilidades fueron ocupando el espacio que antes dedicaba a otras cosas. Mi hermano continuó asistiendo, mientras yo intentaba abrirme camino por mi cuenta.
Fue durante ese tiempo cuando conocí a una muchacha que, años después, terminaría convirtiéndose en una de las personas más importantes de mi vida.
La llamaré Valeria.
Ella era muy amiga de mi hermano. Yo sabía poco de ella, aunque es posible que ya la hubiera visto alguna vez en la iglesia. Había pasado una temporada sin asistir y, entre el trabajo y las demás preocupaciones, no estaba demasiado pendiente de lo que sucedía allí.
Hasta que un domingo, aprovechando que no tenía que trabajar, decidí regresar.
No recuerdo qué me animó a hacerlo. Quizá simplemente tenía tiempo, o tal vez me apetecía volver a un lugar que había formado parte de mi vida durante tantos años. En cualquier caso, fui sin imaginar que aquel día terminaría guardado en mi memoria.
El culto ya había terminado. Yo estaba en las oficinas de la iglesia, situadas al costado del templo. En algún momento salí o me acerqué a la parte exterior, donde terminé cargando al hijo del pastor, que todavía era pequeño.
Fue entonces cuando ella me vio.
Valeria salió por una puerta lateral de la iglesia. Recuerdo que pasó cerca de una ventana, de esas que permitían ver hacia el exterior desde cierta altura, y después llegó al pórtico. Allí me encontró con el niño en brazos.
Su mirada me llamó la atención. No sabría decir exactamente qué pensó de mí, pero recuerdo que no fue una mirada especialmente agradable. Tampoco podría asegurar que fuera de rechazo. Fue una de esas expresiones que uno interpreta como puede cuando no conoce a la persona que tiene delante.
Yo, por mi parte, también me fijé en ella. Recuerdo haber reparado incluso en sus pantorrillas. Ahora me resulta curioso que un detalle así haya permanecido en mi memoria durante tantos años. Uno olvida conversaciones enteras, pero a veces conserva imágenes pequeñas que no parecían importantes cuando ocurrieron.
Poco después apareció mi hermano.
Valeria le preguntó quién era yo.
Él le respondió que era su hermano.
Imagino que la respuesta debió sorprenderla. Físicamente no nos parecíamos demasiado. Mi hermano tenía la piel morena, parecida a la de nuestra madre, mientras que yo era de piel más clara y me parecía más a mi padre. Quizá por eso no había relacionado mi rostro con el de él.
Así supo quién era yo.
No hubo una conversación especial entre nosotros. Tampoco recuerdo que aquel primer encuentro tuviera algo que lo distinguiera de cualquier otro domingo en la iglesia. Ella era una chica que acababa de conocer y yo era, para ella, el hermano de su amigo.
Eso fue todo.
Debo admitir que me pareció muy bonita. No voy a negar algo que recuerdo con claridad. Sin embargo, en aquel momento yo seguía enamorado de la chica del colegio. Mis sentimientos estaban puestos en otra persona, aunque aquella historia no hubiera llegado a ninguna parte.
Por eso Valeria no despertó en mí algo que pudiera reconocer como amor. La vi, me pareció atractiva y continué con mi vida.
Después de aquel domingo volví a asistir a la iglesia. Empecé a verla con más frecuencia y, poco a poco, su presencia dejó de resultarme desconocida. Ella tenía dieciocho años y yo dieciséis. La diferencia era de apenas dos años, pero a esa edad me parecía considerable. Ella me daba la impresión de ser una muchacha mayor, alguien que estaba en otra etapa y a quien yo difícilmente habría imaginado como parte de mi vida.
Me parecía bonita, sí, pero también la veía inalcanzable.
No sé si esa impresión tenía que ver con su manera de ser, con mi propia inseguridad o con el hecho de que yo todavía estaba pendiente de alguien más. Probablemente había un poco de todo.
Lo cierto es que no esperaba nada de ella.
Aquel domingo no pensé que estuviera conociendo a alguien que llegaría a significar tanto. No hubo una señal que me hiciera detenerme a pensar que mi vida estaba a punto de cambiar. Ni siquiera podría decir que comenzamos una amistad en ese momento.
Ella vio al hermano de su amigo cargando al hijo del pastor. Yo vi a una muchacha bonita de la iglesia.
Y cada uno siguió con su vida.
Durante mucho tiempo, eso fue todo lo que aquel encuentro significó para mí.
Hubo un momento en el que dejé de trabajar porque quería estudiar. Tenía dieciséis años y estaba convencido de que, si conseguía prepararme, podría encontrar mejores oportunidades y ayudar a mi familia de una manera distinta.
Un familiar me había prometido que me apoyaría económicamente para estudiar. Confié en esa promesa y decidí concentrarme en la universidad.
Me matriculé en Ingeniería de Sistemas, aunque, si soy sincero, sabía muy poco de la carrera que había elegido. Mi experiencia con las computadoras se limitaba casi por completo a los videojuegos. En casa había utilizado una Pentium 4 para jugar Counter-Strike, GTA: Vice City y Alien Shooter, entre otros juegos de aquella época. Me gustaban, pero de ahí a saber manejar una computadora para estudiar había una distancia considerable.
Ni siquiera dominaba Word.
Aun así, tenía muchas ganas de aprender. Quería estudiar, avanzar y encontrar una manera de salir adelante. Había utilizado parte del dinero que gané en las ferreterías para comprar una laptop. La compré pensando en mis clases, en los trabajos que tendría que presentar y en todo lo que esperaba conseguir con aquella carrera.
Para mí, era una inversión en mi futuro.
El problema llegó cuando tuve que matricularme en el segundo ciclo. Fue entonces cuando me enteré de que el familiar que había prometido ayudarme no había pagado ninguna mensualidad.
No sé si lo olvidó o si hubo otras razones. Nunca he querido detenerme demasiado en ese asunto. Lo que recuerdo es la impotencia de encontrarme con una deuda que no podía pagar y comprender que, sin hacerlo, no podría continuar estudiando.
Me quedé sin matrícula.
Recuerdo haber llorado. Tenía muchas ganas de seguir en la universidad y me dolía tener que abandonar algo que apenas había empezado. No era solo la carrera. También estaba la ilusión que había puesto en ella, el esfuerzo que había hecho para conseguir mi laptop y la idea de que, finalmente, estaba haciendo algo para cambiar mi situación.
Todo se detuvo antes de lo que esperaba.
La laptop seguía conmigo, pero ya no podía utilizarla para aquello para lo que la había comprado. Al menos, no de la manera en que había imaginado.
Hubo otros motivos por los que no pude continuar, pero prefiero reservarme esa parte de mi vida. No todo lo que uno vive tiene que explicarse para que una historia sea verdadera.
Lo que sí puedo decir es que tuve que volver a trabajar.
Regresé a la iglesia donde había pasado buena parte de mi infancia y adolescencia. Allí tenían una radio y un canal de televisión local, y fue en este último donde empecé a trabajar con la ayuda de un gran amigo, a quien llamaré Jhosep.
Aprendí mucho con él.
Participábamos en la preparación de los sets, organizábamos los espacios y presentábamos programas que salían al aire. Era un canal pequeño, con un alcance limitado a una parte de nuestra localidad, pero para nosotros el trabajo tenía su importancia. Había que preparar las cosas, resolver problemas y hacer que cada programa saliera adelante.
Yo estaba aprendiendo sobre la marcha. No tenía una formación profesional en televisión, pero cada jornada me enseñaba algo nuevo. Recuerdo aquella etapa con cariño, en parte por lo que aprendí y en parte por las personas con las que compartí esos días.
Mi madre también tenía un programa dirigido a las familias. No recuerdo exactamente si se transmitía todos los días, pero sí tengo presente que ella formaba parte de aquella pequeña actividad televisiva de la iglesia.
El ambiente de trabajo era agradable. Las personas me trataban bien, me daban el almuerzo y me ayudaban con los pasajes. También recibía un pago por mi trabajo y, de vez en cuando, algún dinero extra. No era demasiado, pero valoraba la consideración que tenían conmigo.
Era un lugar donde daba gusto trabajar.
Yo seguía teniendo una meta: reunir el dinero suficiente para pagar la deuda y regresar a la universidad. No sabía cuánto tiempo me tomaría, pero quería intentarlo. Había tenido que detenerme, no abandonar mis ganas de estudiar.
Mientras tanto, mi vida continuaba.
La chica del colegio que me había gustado tanto ya había quedado atrás. Con el paso del tiempo, aquellos sentimientos perdieron fuerza y dejé de pensar en ella como antes. En ese momento, mi atención estaba puesta en el trabajo y en la posibilidad de retomar mis estudios.
No estaba buscando enamorarme.
Entonces Valeria regresó a la iglesia.
Habían pasado aproximadamente dos años desde la primera vez que la vi. Por lo que recuerdo, ella había dejado de asistir durante una temporada para concentrarse en sus estudios. Estaba cursando una carrera técnica y quizá necesitaba dedicarle más tiempo. No conozco todos los detalles de aquella etapa, pero un día volvió a aparecer por la iglesia.
Tal vez había hablado con el pastor para colaborar en el canal. No estoy completamente seguro. Lo que recuerdo es que volvió a estar allí y que empezamos a coincidir.
Creo que ya la tenía agregada en Facebook desde hacía algún tiempo. Habíamos intercambiado algunas palabras, pero nuestras conversaciones no habían pasado de eso. Éramos dos personas que se conocían de vista, sin demasiada confianza y sin una razón particular para buscarse.
Yo, además, había cambiado bastante.
De niño y durante los primeros años de secundaria había sido extrovertido. Me gustaba conversar y relacionarme con la gente. Sin embargo, algunas experiencias personales hicieron que empezara a cerrarme. Dejé de contar mis cosas con facilidad y me acostumbré a hablar más con las personas que conocía bien.
Con los demás era diferente. Prefería escuchar antes que hablar, y muchas veces me quedaba callado incluso cuando tenía algo que decir.
Valeria no era alguien de mi confianza. Me parecía bonita, pero apenas la conocía. No tenía motivos para abrirme con ella de la misma manera que lo hacía con otras personas.
Aun así, empezamos a conversar.
Recuerdo que en ocasiones me preguntaba por qué hablaba tan poco. Ella parecía buscar conversación, mientras yo no siempre sabía cómo responder. Quizá simplemente estaba siendo amable. Quizá tenía curiosidad por conocerme. No puedo asegurar qué pasaba por su cabeza en aquel entonces.
Lo que sí recuerdo es que, poco a poco, fui sintiéndome más cómodo con ella.
Las conversaciones también comenzaron a darse por Facebook. Para mí era más fácil escribir que hablar cara a cara. Podía pensar mejor las palabras, responder sin la presión de tenerla delante y conocerla de una manera que me resultaba más natural.
Empezamos a escribirnos por las noches, a veces durante bastante tiempo. Hablábamos de cosas cotidianas y nos contábamos pequeños detalles de nuestros días. No recuerdo cada tema ni todas las conversaciones, pero sí la sensación que me dejaban.
Me gustaba encontrar sus mensajes.
Intercambiamos nuestros números y también nos escribíamos por mensajes de texto. En aquella época WhatsApp todavía no formaba parte de nuestra rutina. Facebook era el lugar donde más conversábamos, y poco a poco aquellas charlas se hicieron habituales.
Sin darme cuenta, empecé a interesarme por ella de otra manera.
Al principio tenía dudas. No sabía si le gustaba o si simplemente era una persona conversadora. Yo no quería hacerme ilusiones sin tener motivos, pero tampoco podía negar que me agradaba hablar con ella. Era una chica bonita y, cuanto más conversábamos, más ganas tenía de conocerla.
No recuerdo con exactitud cómo llegamos a hablar de nuestros sentimientos. Los años han borrado algunas palabras y no quiero inventar una conversación que quizá no ocurrió de esa manera. Creo que ella fue quien me dijo primero que yo le gustaba.
Si fue así, recuerdo que me hizo muy feliz.
Yo venía de una experiencia en la que había sentido algo por alguien que no me correspondía. No había llegado a tener una relación con aquella chica, pero sabía lo que era guardar sentimientos sin saber si alguna vez serían recibidos. Esta vez era diferente. La posibilidad de que alguien que me gustaba sintiera lo mismo por mí dejó de parecer tan lejana.
Era una sensación nueva.
En aquel tiempo también dedicaba parte de mis horas libres al piano. Mi madre me había enviado a clases desde pequeño y la música se había quedado conmigo. Me gustaban especialmente las baladas románticas. Quizá era bastante romántico para mi edad, incluso un poco iluso, pero disfrutaba de aquellas canciones y encontraba en ellas una manera de expresar lo que me costaba decir con mis propias palabras.
Empecé a compartirlas con Valeria.
Recuerdo haberle enviado Aquí estoy yo, de Luis Fonsi. Le gustó mucho. Después le compartí Estar contigo, de Álex Ubago. Eran canciones que encajaban con aquella etapa y que, de alguna manera, acompañaban nuestras conversaciones.
Había otra canción que recuerdo especialmente: Por eso no hablo, de Axel Fernando, el cantante argentino.
Me identificaba con ella porque describía bastante bien lo que me ocurría cuando estaba cerca de Valeria. Por mensajes podía conversar con ella durante horas, pero en persona me costaba mucho más. A veces la tenía delante y simplemente me quedaba callado. No era que no tuviera nada que decir; era que no encontraba la manera de decirlo.
Le compartí la canción y le encantó.
No recuerdo si llegamos a hablar extensamente sobre su significado, pero para mí tenía algo especial. Expresaba esa mezcla de timidez, atracción y silencio que estaba viviendo. Era una forma de decirle algo sin tener que explicarlo directamente.
Hoy, cuando escucho aquellas canciones, vuelvo a esa época. Recuerdo las noches frente a la computadora, las conversaciones por Facebook y la emoción de encontrar un mensaje suyo. Es extraño cómo una canción puede conservar detalles que uno creía olvidados. Basta con que empiece a sonar para que regresen algunas imágenes y, con ellas, una parte de lo que uno sintió.
En aquel entonces, Valeria y yo ya nos habíamos dicho que nos gustábamos, pero todavía no éramos pareja. No habíamos formalizado una relación. Éramos dos jóvenes que empezaban a conocerse, que conversaban a diario y que poco a poco se acercaban.
Yo seguía siendo reservado cuando la tenía delante. Ella seguía preguntándome por qué hablaba tan poco. Pero ahora había algo distinto entre nosotros, algo que antes no existía.
Ya no era solamente la chica bonita que había conocido dos años atrás.
Era la muchacha con la que quería conversar por las noches, aquella cuyos mensajes esperaba y a quien empezaba a dedicar canciones que para mí significaban algo más que música.
En esos días yo todavía intentaba encontrar la manera de regresar a la universidad. Seguía trabajando, ahorrando y pensando en lo que quería hacer con mi vida. No había resuelto mis problemas ni sabía qué me esperaba en los siguientes años.
Pero había empezado a compartir una parte de mis días con ella.
Y eso, aunque entonces no lo supiera, terminaría formando parte de una historia que todavía estaba lejos de llegar a su final.
Los primeros días de 2012, cuando yo tenía dieciocho años, hubo una salida a la playa que todavía recuerdo con cariño.
Fuimos un grupo de amigos de la iglesia. Estaba Joseph, a quien también le cambiaré el nombre en la versión definitiva, estaban algunos amigos más, las novias de ellos, la hermana de Valeria y, por supuesto, ella. No recuerdo todos los detalles de cómo organizamos aquella salida ni quién tuvo la idea, pero sí recuerdo que fue uno de esos días en los que todo parecía estar bien sin que hiciera falta demasiado.
El plan era sencillo: pasar el día juntos, jugar, conversar y disfrutar del mar.
Para mí, sin embargo, había algo más. Era una oportunidad para estar cerca de Valeria, compartir tiempo con ella sin las limitaciones de las conversaciones en la iglesia o de los mensajes que nos escribíamos por las noches. No sé si para entonces ya nos habíamos confesado que nos gustábamos. Tengo la impresión de que aquello ocurrió antes, aunque no podría asegurarlo. Lo que sí recuerdo es que entre nosotros existía cierta atracción, una cercanía que hacía que su presencia tuviera un significado diferente.
Jugamos fútbol, también vóley. Hubo bromas, carreras y esos juegos algo bruscos que suelen surgir cuando un grupo de amigos se reúne junto al mar. En uno de ellos, mientras intentaba arrastrarla hacia el agua para que jugáramos, terminé lastimándole la muñeca por accidente. No fue algo que hubiera querido hacer, por supuesto. A veces, en medio de la emoción y las ganas de jugar, uno no mide bien sus fuerzas.
Aun así, recuerdo aquel día como algo memorable.
La playa tenía su propio ritmo. El sol caía con fuerza, el agua invitaba a meterse una y otra vez y el tiempo parecía pasar más rápido de lo habitual. No necesitábamos organizar demasiadas cosas. Bastaba con estar allí, compartir las ocurrencias de los demás y disfrutar de una jornada que, sin saberlo, terminaría guardada entre mis recuerdos de aquellos años.
Al final del día, el cansancio y el calor nos fueron ganando. Terminamos sentados sobre un tronco, tomando clarito helado para refrescarnos. Después de tantas horas bajo el sol, aquella bebida nos cayó muy bien.
Poco a poco, el día comenzó a despedirse.
Recuerdo que nos quedamos mirando cómo el sol se ocultaba en el horizonte. Mientras la luz iba cambiando, nos sentamos a limpiar la arena de los pies, que teníamos enterrados en ella. Era hora de prepararnos para regresar a casa.
No hubo una despedida especial ni sucedió algo que pudiera cambiar nuestra historia de un momento a otro. Fue, sencillamente, un día agradable con amigos, uno de esos que quizá en su momento parecen iguales a tantos otros.
Pero yo había podido compartirlo con ella.
Y, cuando uno empieza a sentir algo por alguien, a veces eso basta para que un día común termine ocupando un lugar especial en la memoria.
No sé si Valeria lo recuerda de la misma manera. Tal vez para ella fue solo una salida más, una mañana y una tarde de playa con sus amigos. Yo, en cambio, todavía puedo regresar a aquella imagen del grupo sentado sobre un tronco, con el calor del día todavía en la piel y el sol desapareciendo lentamente frente a nosotros.
Éramos jóvenes. Nos quedaban tantas cosas por vivir que ninguno de nosotros podía imaginar lo que vendría después.
Por ahora, aquel recuerdo sigue siendo eso: un día de playa, una tarde entre amigos y la alegría sencilla de haber estado cerca de ella.
Por aquel entonces, las cosas marchaban bastante bien en el canal de televisión de la iglesia. Trabajábamos en un programa de oración en el que hablábamos con las personas que se comunicaban con nosotros. No recuerdo con exactitud si se transmitía de lunes a viernes o algunos días de la semana, aunque tengo la impresión de que era diario. Lo que sí recuerdo es que el trabajo se había convertido en parte de mi rutina y que, entre las cámaras, los programas y las personas que pasaban por allí, mi vida seguía su curso.
Las oficinas de la iglesia y el lugar donde se realizaban los cultos estaban uno al lado del otro, aunque las actividades se desarrollaban en espacios distintos. Esa cercanía hacía que a veces coincidiéramos al terminar nuestras labores o cuando la gente empezaba a retirarse.
Una de esas noches coincidí con Valeria y algunos amigos justo cuando terminaba el culto y nosotros acabábamos de concluir el programa. No recuerdo quién propuso salir ni cómo surgió la idea. Lo cierto es que terminamos caminando hacia el centro de la ciudad, rumbo a la Plaza de Armas.
Ya era bastante tarde, probablemente pasadas las diez de la noche. A esa hora, la plaza seguía teniendo vida. Había familias paseando con sus hijos, padres que aprovechaban el momento para salir de casa y personas que buscaban distraerse un rato antes de regresar a sus hogares. Era uno de esos lugares donde siempre parecía haber algo que hacer, incluso cuando el día ya había terminado para la mayoría.
Nosotros fuimos hacia un lugar al que en la localidad conocíamos como el Titanic o el barco. Tenía una forma que recordaba a la de una embarcación, con una proa y una popa que le daban aquella apariencia. No era un barco, por supuesto, pero así lo llamábamos y todos sabíamos a qué lugar nos referíamos.
Subimos y nos quedamos allí un rato.
Al principio estábamos todos juntos, conversando como cualquier grupo de amigos que sale a pasear por la noche. No recuerdo los temas de aquella conversación, pero sí que, en algún momento, Valeria y yo terminamos sentados cerca, hablando mientras los demás hacían lo mismo por su cuenta.
Tengo la impresión de que nuestros amigos ya se habían dado cuenta de lo que estaba pasando entre nosotros. Quizá habían notado las miradas, las conversaciones o esa manera de buscarnos que, por más que uno intente disimular, a veces termina siendo evidente para quienes están alrededor.
Poco a poco, nos apartamos un poco del grupo.
No fue una distancia considerable. Seguíamos cerca de nuestros amigos, pero lo suficiente como para conversar con algo más de tranquilidad. Y fue entonces cuando la situación empezó a cambiar.
No recuerdo exactamente qué nos dijimos ni cómo llegamos a ese momento. Hay detalles de aquella noche que los años han ido borrando, pero conservo la imagen de Valeria acercándose a mí.
Y recuerdo mis nervios.
Hasta entonces habíamos hablado bastante por Facebook, por mensajes de texto y en aquellos ratos en los que coincidíamos en la iglesia. Me había acostumbrado a conversar con ella a través de una pantalla, donde podía pensar mis respuestas y tomarme el tiempo que necesitaba. Pero tenerla tan cerca era diferente.
El silencio que tantas veces me había acompañado cuando estaba frente a ella volvió a aparecer.
Yo quería acercarme, pero estaba nervioso. No era que no quisiera hacerlo ni que su cercanía me incomodara. Era, sencillamente, que no sabía cómo reaccionar. Por mucho que me gustara, por más que hubiéramos hablado de nuestros sentimientos, llegado el momento me faltaba el valor.
Ella se acercó bastante. Recuerdo que me dijo algo, aunque no puedo asegurar las palabras exactas. Tal vez esperaba que yo tomara la iniciativa. Quizá quería saber si me atrevía a dar aquel paso que hasta entonces ninguno de los dos había dado.
No lo hice.
No la rechacé. Tampoco me aparté porque no quisiera estar con ella. Simplemente me quedé atrapado entre los nervios y el miedo a hacer algo que, en realidad, deseaba hacer.
Pero el momento pasó.
Y con él pareció irse también la oportunidad.
Valeria se marchó caminando sola hacia el lugar donde tomaría su transporte. Yo me quedé un instante con mis amigos, tratando de entender lo que acababa de suceder. No sabía si estaba molesta, si se había sentido decepcionada o si simplemente había decidido marcharse porque ya era tarde. No podía leer sus pensamientos, y en ese momento tampoco tenía la seguridad suficiente para preguntárselo.
Entonces uno de mis amigos, creo que fue Joseph, me dijo que fuera detrás de ella.
No recuerdo sus palabras exactas, pero sí recuerdo la idea: que no me quedara allí, que la alcanzara.
Y fui.
Empecé a caminar detrás de Valeria con la sensación de que todavía podía hacer algo para remediar lo ocurrido. La alcancé a pocos metros de su paradero, antes de que se marchara. No sé qué esperaba encontrar cuando llegué a su lado. Quizá una oportunidad para acercarme otra vez, para demostrarle que mi silencio no significaba falta de interés.
Lo cierto es que ella me permitió acercarme.
Y, aun así, no la besé.
No hubo beso aquella noche. No puedo decir que nos besamos, porque no sucedió. Hubo nervios, dudas y una oportunidad que no supe aprovechar. Quizá por eso recuerdo aquel momento con tanta claridad: porque, cuando finalmente tuve la posibilidad de hacer algo que deseaba, fui incapaz de hacerlo.
No sé si Valeria se fue molesta o decepcionada. Tampoco sé si esperaba que yo reaccionara de otra manera. Solo puedo hablar de lo que me ocurrió a mí.
Me fui triste.
Mientras regresaba, no dejaba de pensar en lo que había pasado. Me gustaba aquella muchacha y había querido estar cerca de ella, pero cuando llegó el momento de dar un paso más, el miedo terminó ganándome. No era mi primer beso, pero sí era uno que deseaba especialmente. Y quizá por eso me había puesto tan nervioso.
A veces uno cree que el miedo aparece porque no está seguro de lo que siente. En mi caso, creo que ocurrió lo contrario. Me importaba tanto lo que pudiera pasar que terminé sin hacer nada.
Al día siguiente regresé a mis labores en el canal. La vida continuó como de costumbre: había cosas que preparar, personas con las que hablar y un programa que sacar adelante. Sin embargo, entre Valeria y yo había quedado pendiente aquella noche.
Empezamos a conversar sobre lo ocurrido, haciendo referencia a lo que había pasado en la plaza. No recuerdo exactamente cómo lo abordamos, pero sí que terminamos bromeando con el asunto. Ella parecía recordarme, de una manera u otra, que había tenido la oportunidad y que no me había atrevido.
La conversación tuvo algo de gracioso. Después de tantos mensajes, de las canciones que nos enviábamos y de todo lo que habíamos compartido, resultaba curioso que yo hubiera terminado quedándome sin palabras justo cuando más necesitaba encontrarlas.
Lo cierto es que aquella noche no hubo beso.
Y, aunque en ese momento me pesó no haberme atrevido, lo que entonces parecía una oportunidad perdida no sería la última.
Pero eso ocurrió después.
No pasó mucho tiempo antes de que volviéramos a hablar de lo ocurrido aquella noche. Seguíamos conversando, como lo habíamos hecho hasta entonces, aunque ahora existía entre nosotros una especie de asunto pendiente. Yo sabía que había dejado pasar una oportunidad y, aunque me costaba reconocerlo, quería que hubiera otra.
No recuerdo haberle pedido directamente una segunda oportunidad. Seguramente lo hice a mi manera, sin demasiadas palabras, tratando de encontrar la forma de decirle que esta vez sí quería atreverme. Lo cierto es que terminamos acordando salir un sábado.
Había un pequeño problema: no tenía ni un sol en el bolsillo.
Así que tuve que recurrir a algunas personas a las que les había prestado dinero. Por suerte, me devolvieron lo que me debían y pude reunir lo necesario para salir con ella. No tenía demasiado, pero al menos podía presentarme a nuestra cita sin preocuparme por ese detalle.
Hay algo de aquella salida que descubrí desde el principio y que me gustó mucho de Valeria.
Ella sabía que yo trabajaba en el canal de televisión y que no ganaba demasiado. Conocía, más o menos, mi situación económica y nunca tuvo esa actitud de exigir cosas que yo no podía ofrecerle. No era de las chicas que esperaban que uno gastara dinero para demostrarles interés, y aquella noche pude apreciar esa diferencia.
No necesitaba que me pidiera algo para demostrarme que era distinta. Bastaba con ver que podía compartir un momento conmigo sin convertirlo en una cuestión de dinero.
Quizá para ella aquello era lo más natural del mundo. Para mí significó bastante. A esa edad, cuando uno empieza a conocer a alguien y todavía está intentando construir su propia vida, encontrar a una persona que no te haga sentir menos por lo que tienes es algo que se agradece. Y yo lo agradecí.
Quedamos en encontrarnos otra vez en el Titanic, aquel lugar de la Plaza de Armas que parecía un barco sin serlo. Llegué con los nervios de quien sabe que tiene algo importante por hacer, aunque no sepa muy bien cómo hacerlo.
Dimos una vuelta por la plaza y, después de un rato, le propuse que fuéramos a otro lugar. A unos cinco o diez minutos caminando había una especie de alameda. Decidimos ir hacia allí.
Recuerdo que ella había aceptado salir conmigo con una condición: esta vez tenía que hablar.
Y vaya que tenía razón para pedírmelo.
La vez anterior me había quedado prácticamente mudo cuando se acercó. No quería que volviera a ocurrir lo mismo, así que intenté conversar sobre distintos temas. Hablamos de música, de pasatiempos y de otras cosas que quizá no tenían demasiada importancia. Eran temas sencillos, incluso banales, pero cumplían su propósito: nos permitían hablar, reírnos un poco y evitar que el silencio se apoderara de la noche.
Al final nos sentamos en aquella alameda, frente a una heladería bastante conocida de la ciudad.
Estábamos sentados uno al lado del otro, mirando los carros que pasaban y observando a las personas que caminaban por allí. La ciudad seguía con su movimiento habitual, mientras nosotros permanecíamos en aquel pequeño espacio, intentando conocernos un poco más.
Yo recuerdo muy bien cómo iba vestido: unas zapatillas blancas, un jean azul y un polo que me quedaba algo grande.
En esa época era bastante delgado. Medía alrededor de un metro setenta y cinco, la misma estatura que tengo ahora, y pesaba aproximadamente sesenta kilos. Mi cuerpo era delgado y, aunque no sé si entonces era consciente de ello, aquella noche intentaba compensarlo de alguna manera.
Me sentaba tratando de ocupar el mayor espacio posible, como si eso pudiera hacerme parecer más seguro de lo que realmente estaba. Es curioso lo que uno hace cuando quiere impresionar a alguien. A veces cree que necesita controlar hasta la postura para que no se le note el miedo, cuando probablemente la otra persona está demasiado ocupada viviendo su propio momento.
Yo, desde luego, estaba pendiente de cada detalle.
De pronto, Valeria se acercó y me hizo una pregunta.
—¿Qué pasa si te beso?
No recuerdo que hubiera muchas palabras antes de aquello. Lo que sí recuerdo es que volví a quedarme en silencio.
Otra vez.
Parecía que todo lo que había practicado durante la conversación no me servía de nada cuando ella se acercaba de aquella manera. Podía hablar de música, de cualquier cosa que se me ocurriera, pero bastaba con que redujera la distancia entre nosotros para que las palabras desaparecieran.
No me moví. Me quedé sentado, sin saber qué hacer.
Ella se acercó un poco más y volvió a preguntármelo, esta vez junto a mi oído.
—¿Qué pasa si te beso?
Todavía me cuesta explicar por qué me intimidaba tanto. Yo quería estar allí. Quería besarla. Sabía que me gustaba y que ella también sentía algo por mí. Sin embargo, una cosa era pensarlo mientras conversábamos por Facebook y otra muy distinta tenerla tan cerca, esperando una respuesta que yo parecía incapaz de darle.
Intenté reunir valor, pero los nervios volvieron a ganarme.
Entonces giré el rostro hacia ella.
Se acercó despacio. Pude sentir su respiración muy cerca de mis labios, y durante ese instante pareció que todo lo demás quedaba en segundo plano.
Y pasó.
Me besó.
No sé cuánto duró aquel primer beso. Cuando uno recuerda un momento así, el tiempo no siempre permanece en su sitio. Hay instantes que parecen durar mucho más de lo que realmente duraron, quizá porque uno vuelve a ellos tantas veces que terminan ocupando un espacio enorme en la memoria.
Lo que sí recuerdo es lo que sentí.
Fue un momento dulce, de esos que uno no sabe muy bien cómo describir sin quedarse corto. Había esperado tanto aquel acercamiento que, cuando finalmente ocurrió, no supe qué hacer con las manos. No sabía si debía abrazarla, tocarle el rostro o simplemente dejarme llevar por lo que estaba pasando. Mi cuerpo parecía haberse quedado tan desconcertado como mi cabeza.
Seguramente no fui el muchacho más experimentado ni el más seguro del mundo. Pero tampoco creo que aquel beso necesitara perfección.
Era nuestro primer beso.
Y eso bastaba.
Después seguimos conversando y volvimos a besarnos. Ya no estaba pensando tanto en lo que debía hacer ni en cómo debía comportarme. Poco a poco fui dejando atrás aquella timidez que me había acompañado desde que empezamos a conocernos.
En algún momento, un automóvil salió de la heladería y sus luces nos dieron directamente en los ojos. Nos reímos, convencidos por un instante de que alguien nos había descubierto observándonos. Probablemente nadie estaba pendiente de nosotros. El conductor solo seguía su camino, ajeno a lo que para mí estaba siendo una de las noches más bonitas de mi vida.
Pero nosotros nos reímos como si nos hubieran sorprendido haciendo algo que debíamos mantener en secreto.
Y seguimos allí.
La noche avanzó entre conversaciones y besos. Ya no importaba demasiado de qué hablábamos ni cuánto tiempo llevábamos sentados. Yo estaba con ella, ella estaba conmigo y, por primera vez desde que empezamos a acercarnos, sentía que no tenía que quedarme imaginando cómo sería besarla.
Ahora lo sabía.
Al momento de despedirnos apareció otro problema, uno bastante menos romántico.
De tanto besarnos, tuve una erección. Me dio tanta vergüenza que no supe cómo explicarle por qué no podía levantarme con normalidad. Así que improvisé una excusa: le dije que se me habían dormido las piernas de estar tanto tiempo sentado.
Era una explicación bastante poco convincente, pero en ese momento me pareció la mejor salida.
Ahora, después de los treinta, a veces basta con cruzar las piernas un rato para que se me duerman de verdad. La vida tiene sus ironías. Lo que entonces utilicé como pretexto para disimular mi vergüenza terminó convirtiéndose en una de esas anécdotas que puedo recordar con una sonrisa.
Pero aquella noche yo tenía dieciocho años, estaba enamorado o empezaba a estarlo de una manera que todavía no sabía medir, y acababa de vivir algo que llevaba tiempo deseando.
Fue el 26 de enero de 2012.
Ese día nos dimos nuestro primer beso en aquella alameda, frente a la heladería de nuestra ciudad.
A veces me pregunto si ella recuerda aquella noche con la misma claridad que yo. Si recuerda el lugar, las luces del automóvil, las conversaciones o al muchacho que no sabía dónde poner las manos. No puedo saberlo. Los recuerdos pertenecen a cada persona y cada uno guarda los suyos de una manera diferente.
Yo sí recuerdo los míos.
Recuerdo su manera de acercarse, la ternura de aquel beso y la sensación de estar viviendo algo que, en ese momento, parecía suficiente para hacerme feliz.
No necesitábamos promesas ni grandes declaraciones. Éramos dos jóvenes que se gustaban y que, después de varios intentos fallidos, por fin habían conseguido acercarse.
Aquel 26 de enero quedó guardado en mi memoria por una razón sencilla: fue el día en que Valeria me besó por primera vez.
Y hay besos que uno recuerda por lo que ocurrió después, pero aquel siempre lo llevaré conmigo por lo que significó entonces.
Lo leí como una historia de preguntas que él nunca contesta. Valeria le pide que esta vez hable, en la alameda le pregunta dos veces qué pasa si lo besa y él gira la cara. La única respuesta que da es la canción de Axel Fernando, con palabras de otro.
La excusa de las piernas dormidas, che. Y ahora pasados los treinta se te duermen de verdad, la vida te cobró la mentira con intereses.
EL no haber podido hacer lo que tanto deseabas cuando tuviste la oportunidad, eso fue lo que me pegó más.
Por cierto, el título "En esta no" me suena a que vendrán más capítulos. Ojalá!
La Pentium 4 con el Counter-Strike y el Vice City, sin dominar ni Word, y después la laptop comprada con lo de las ferreterías. Cuánta gente entró a Sistemas exactamente así. Me alegra que tu primer texto aquí venga con capítulos y todo.
El primer año
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capitulo 1:
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