Ronan corre en el bosque nevado, el aire frío quema sus pulmones, pero si quiere seguir respirando, no tiene otra opción.
Un balazo atraviesa su pierna izquierda. Él cae. Ronan sabe que no hay tiempo; ignorando el dolor, se arrastra el resto del camino hasta llegar a un puente.
—Esta es mi oportunidad —piensa Ronan.
Solo una fracción de segundo le permite deducir que, si atraviesa ese puente, será blanco fácil. En un último intento por desviar a su atacante, decide lanzarse hacia el vacío, en un acto desesperado disfrazado de fe.
En un estado semiconsciente, puede ver las estelas de las balas atravesando el agua, buscando su blanco sin éxito, mientras se hunde en la oscuridad del gélido río.
Ronan deja que la corriente lo arrastre hasta quedar justo debajo del puente. Con las últimas fuerzas que le quedan, consigue sujetarse de uno de los pilares internos de la construcción. El agua está a -4 °C. Ronan sabe que quedarse ahí no lo salvará del Segador de Almas.
Ronan se recompone un poco y se esconde dentro de uno de los pilares. Empapado, su cuerpo empieza a ceder ante el frío; el ardor en su pierna le recuerda lo que significa estar vivo. Ronan no espera mucho, así que se quita la ropa, toma bolsas y trapos que se encuentran tirados debajo del puente y, sin pensarlo mucho, decide secarse muy bien y tratar de taparse lo más que pueda para no morir de frío.
Las horas pasan y el cielo se oscurece. Ronan está en posición fetal, aún escondido debajo del puente, tapado con hojas, barro y bolsas. Su ropa está tendida en el piso. Él sabe que no podrá sobrevivir la noche. Protegido por la espesa oscuridad, viste sus ropas humedecidas y las rellena con hojas, buscando protegerse del frío. Aunque el frío no parece disminuir, se siente mejor protegido.
Sale debajo del puente y sigue el río. Sabe que, si se ve en peligro, el río sería su método de escape más efectivo. Camina durante horas, ayudado por una rama que le permite apoyarse sin comprometer más su pierna herida. La nieve empieza a caer. Ronan saca la lengua y disfruta de los copos de nieve. A lo lejos, distingue una figura humana.
Ronan para y se agacha. Con cautela, rodea la figura en el camino hasta colocarse a su espalda.
Una piedra yace cerca. La levanta del suelo terroso y la lanza a la cabeza con la fuerza de un lanzador con experiencia. La fuerza del impacto lo hace caer, lo que le da tiempo a Ronan para someter a su víctima.
Ronan siente una aspereza inusual bajo sus manos.
No es piel.
Un impacto en su brazo derecho lo repele y cae al suelo.
Un grito roba el aire de sus pulmones, castigando a Ronan con un nuevo dolor, aderezado con el vértigo del esfuerzo. Su corazón retumba en sus oídos y siente cómo el frío besa con ardor su brazo.
—¡Déjame ir! —exclama Ronan a todo pulmón.
Y el silencio de la noche responde con suaves copos cayendo sobre su cuerpo inmóvil, como si su espíritu ya se hubiera desprendido de la carne.
—No más, por favor, no más. Solo déjenme ir —solloza Ronan con lágrimas en los ojos, en voz baja y con tono sumiso, mientras su conciencia se apaga.
Lo último que escucha son pasos en la nieve.
Fin del prólogo