Neruda lo sabía cuando lo escribió: nadie que anuncia el último dolor está realmente en el último dolor. Lo anuncia porque necesita creerlo, no porque sea cierto. "Aunque este sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo" — es la frase de alguien que ya escribió esa misma frase antes, y la volverá a escribir.
Yo también te he escrito cartas de despedida, Carolina. Tres, si cuento bien. La primera fue seria, con esa solemnidad que uno reserva para las decisiones que cree definitivas. La segunda ya tenía un poco de ironía, porque una parte de mí sabía lo que estaba haciendo. La tercera —esta, quizás— ya ni siquiera pretende ser la última. Es solo otra vuelta del mismo gesto: decir adiós como una forma de seguir hablándote.
Hay algo casi ridículo en eso, y algo profundamente humano también. No cerramos las cosas de una vez. Las cerramos en capas, en versiones sucesivas, cada una un poco más honesta que la anterior sobre el hecho de que no se están cerrando. El dolor no es una puerta que uno atraviesa y queda del otro lado. Es más como una habitación que uno cree haber dejado, hasta que se da cuenta de que sigue ahí, decorándola sin querer.
Quizás lo que Neruda entendió —y lo que a mí me cuesta tanto aceptar— es que escribir sobre el final de algo es una manera de mantenerlo vivo un poco más. No hay verso final. Solo hay versos que se parecen al final, escritos por alguien que todavía no ha terminado de sentir lo que dice haber superado.
Así que no te prometo que esta sea la última carta, Carolina. Prometo, eso sí, que cada una se parece un poco menos a una despedida y un poco más a la verdad.