Escuché un grito. Era de un niño; su voz transmitía tantas emociones... pero para mí fue estremecedor. En ese instante me di cuenta de que vería el cielo por última vez: ya no sentiría la suave brisa de verano sobre mis hojas, ni volvería a nutrirme de los rayos del sol.
Antes de contar mis penas debí presentarme… ¿Dónde quedaron mis modales?
Para quienes no lo saben, mi fama viene desde hace años. Aquí les detallo mi historia y lo que represento para el mundo, que no es poco. Los druidas, en Irlanda e islas británicas, me consideraban un amuleto contra los espíritus malignos y una señal de buena fortuna debido a mi rareza. Cada una de mis hojas tiene un significado: la primera para la esperanza, la segunda para la fe, la tercera para el amor y la cuarta para la suerte.
Ustedes dirán: «qué afortunado, es un mutante que no fue ni será castigado». Todo lo contrario. Claro que hay un «pero»… y está muy bien justificado.
No voy a quejarme de mi vida. Desde que nací fui tratado con mucho cuidado, amor, cariño y demasiados privilegios. ¿Les confieso algo? Lo disfrutaba mucho, aunque al principio no entendía por qué. Solo sucedía.
Mi comunidad es muy activa. A mi familia, en particular, le gusta trabajar la tierra, nutrirla. Yo, en cambio, adoro observar a esos insectos mal diseñados aerodinámicamente: sí, las abejas. Las miro y me imagino el aire rozando mi rostro, el cielo más cerca, mis raíces libres por un instante. Sé lo que estás pensando: no estoy loco, podría volar en una maceta aerostática.
Volviendo a mi vocación, la polinización es lo mío. Y aunque vaya contra el mandato familiar, no hubo objeciones. Olvidé contarles algo: no solo tengo privilegios, también sobreprotección. Cada vez que un humano se acerca, mi familia me esconde y evita, a toda costa, que me vean. Y aunque ustedes no lo crean, ese gigantesco ser le tiene un respeto casi sagrado a las abejas; motivo por el cual nadie se opuso a mi desvío.
Pero acá los voy a desilusionar un poco: todo ese exceso de cuidado no se debía a mi belleza ni a mi carismática personalidad. Lo sé, lo sé, están sorprendidos. También lo estuve yo.
Creo que fui el último en comprender que mi destino no era mío. Que ser de la suerte no es tenerla. Ser buscado y ovacionado tiene un precio alto. Muchos desean mi lugar privilegiado, pero ¿saben qué? Hay que tener mucho cuidado con lo que se desea, con lo que vemos y con lo que es.
Todo lo que represento, lo bueno e importante que creía ser, de repente se desmoronó. Para cumplir con ese destino impuesto por aquellos que necesitan aferrarse a algo simbólico para cambiar su vida… yo debo dar la mía.
Quizás, como consuelo, termine dentro de un libro, rodeado de una buena historia, o en una oscura billetera. Puede que solo sea destruido con el fin de ser expuesto como un logro que será descartado, tirado al momento siguiente de ser descubierto.
Agradezco haber compartido momentos simples, haber reído con chistes malos pero rodeado de gente buena; de tomarme el tiempo para disfrutar los atardeceres de verano; de las charlas en familia, de los paseos con amigos. Es lo que realmente me hizo grande.
El mundo me asignó un lugar... y yo... solo anhelaba ser.