La Luna, dulce Luna,
que vagas por el cielo,
guardando en tu resplandor los pensamientos
que el corazón no se atreve a expresar.
Y el Sol, gran Sol,
que despiertas la vida con tu llegada,
sin preguntar si alguien está listo para tu luz,
sino apareciendo, aun así, y comenzando todo de nuevo.
¿Por qué necesita la Luna al Sol?
¿Por qué está el Sol tan lejos de la Luna?
Quizás porque hay luces en el cielo
que no están destinadas a encontrarse,
sino más bien a enseñarnos que cada una tiene su momento para brillar.
La Luna no opaca su belleza porque el Sol esté allí,
ni el Sol disminuye su llama cuando aparece la Luna.
Son diferentes, y ambos son parte del cielo.
Tal vez por eso somos así, Señor,
pues nos atrevemos a comparar y a preguntar cuál brilla más,
sin saber que Tú nos hiciste diferentes,
y que cada corazón tiene su propia luz.
La Luna refleja una luz que no es suya,
y sin embargo brilla;
y el Sol entrega libremente su luz,
sin agotarse jamás.
Y entonces comprendo, Dios mío,
que yo también debo aprender de ellos:
ser como la Luna cuando necesito guardar Tu amor en mi corazón,
y ser como el Sol cuando puedo compartirlo libremente.
Pues la Luna y el Sol no necesitan ser iguales
para formar parte del mismo cielo.
Solo necesitan ser aquello que Tú creaste,
y tal vez yo tampoco necesite ser alguien más,
sino simplemente ser yo mismo,
con la luz que Tú pusiste en mí y los demás.