Las estrellas que miran desde el alto cielo
parecen descender para estar a mi lado;
quieren darme el calor de su tierno desvelo
y salvarme del mal que me tiene alcanzado.
Las montañas se inclinan y tristes suspiran
conmovidas de ver mi fatal desventura;
hacia el fondo del valle su queja retiran
por librarme del daño y de tanta amargura.
En los prados las flores y plantas marchitan,
mi tristeza, sin tregua, las viene secando,
y las sombras del alma mi pena suscitan:
¿también la ilusión de mi amor voy matando?
Contemplo en silencio la luz del poniente
con el alma cansada de tanto sufrir;
¿no habrá algún sendero que lleve al doliente
hacia el fondo del orbe si el sol va a partir?
Si pudiera seguir ese rumbo al ocaso,
más allá de los montes, la niebla y la sierra,
dejaría el pesar que fatiga mi paso
y mi llanto dormido al regazo en la tierra.