Capítulo I
El precio del silencio
Día 120 de mi año 30
Han pasado treinta años desde que me mordieron los caballeros negros, esos locos fanáticos de la sangre.
Maté a Evan. Vaya, era un gran anciano. El pueblo lo amaba, pero la verdad es que era una escoria humana. Si no lo hubiera matado, tal vez habría sacrificado al pueblo entero para salvar su propio pellejo. O quizá la muerte de su hijo ya lo estaba afectando.
Odio mentirme y odio mentirle a la gente del pueblo. Sin embargo, he decidido no contar la verdad. Ahora veneran a Evan como su gobernador más leal porque les dije que murió salvándolos de las bestias.
¿Por qué lo hice? Aún no lo entiendo.
Pero bueno, la gente llora y ríe. Celebran un banquete, no por la muerte de un cobarde, sino por la de un anciano que murió salvándolos.
También he escuchado que, hace tiempo, hubo un ejército de banderas en las fronteras del pueblo. Lástima que la única persona que sabía algo al respecto muriera por mi espada. Tendré que averiguar qué hacer.
Recordatorio:
El próximo mes iré a la Montaña de las Almas.
Día 200
Otra bruja de la Montaña estaba haciendo sacrificios, tan loca como siempre.
Lo bueno es que todavía era una aprendiz. Lo malo es que no sé qué me hizo, pero aún escucho los gritos de mi gente.
Debí arrancarle la estúpida lengua antes que los ojos.
Ahora tendré que pensar qué decirles a quienes creyeron que podría traer de vuelta a sus familiares. ¿Quién les habría dicho que su curandera no era más que una bruja disfrazada? Utilizaba pociones y magia negra para atraer a quienes supuestamente curaba.
Pobres inocentes. Si supieran que solo los utilizaba como futuros sacrificios para abrir otra grieta al infierno…
Por fin pude hablar con los ancianos de la aldea. Me aconsejaron que no dijera nada.
Otra vez tendré que mentir. Otra vez tendré que darle esperanza a un pueblo.
Creo que eso hacen los líderes para conseguir que la gente los siga: mentira tras mentira, y los ilusos terminan cayendo. ¿Quién podría creer semejantes mentiras cuando son tan evidentes?
Extraño mi pacífica ignorancia, cuando pensábamos que los dioses nos protegerían del caos, del infierno y de la corrupción.
Ignorancia funcional, supongo.
Día 300
Otro brujo vampiro, de lenguaje extraño, me atacó.
Es el menor de mis problemas. Los cazadores de vampiros me pisan los talones.
Debí quedarme en el pueblo.
Tuve suerte de tomar la sangre de aquel brujo: sus garras eran venenosas. Pero el ardor es insoportable.
Apenas han pasado diez días desde que salí y ya intentan matarme. Maldición, maldecir me aliviaría, pero no hay tiempo.
Día 322
Me siguen cazando. Malditos locos.
Creen que, si me matan, salvarán su mundo. Pero ese mundo ya se perdió hace mucho.
Tal vez yo también deba creer que, matando a muchos otros como yo, salvaré al mundo. Después de todo, a mí también me sacrificaron para salvar a unos cobardes.
Debí haber tomado aquella flor. Debí haber ido a esa cabaña.
Pero ahora no puedo retroceder ni volver la mirada al pasado. Me mordieron y perdí mi humanidad.
Tengo que llegar a la Ciudad Puerto. Solo faltan unos días más. Se suponía que el viaje duraría dos semanas, pero en apenas diez días ya casi he perdido la vida.