Las lágrimas cayeron de repente.
Gruesas.
Pesadas.
Cargadas de sal y de todas esas cosas que uno guarda durante años creyendo que nunca van a encontrar una salida.
Se quedó quieto.
No intentó secarlas.
A esa altura, ¿para qué?
Miró hacia atrás.
No con los ojos.
Con esa memoria cruel que aparece cuando algo termina y empieza a mostrarte, una por una, todas las escenas que mientras ocurrían parecían insignificantes.
Y entonces comprendió su error.
No había alcanzado.
No alcanzó con despertarse a trabjar y dejarla dormir sin preocuipaciones. Ni con caminar despacio por la habitación para no hacer ruido mientras ella seguía tapada hasta la cabeza.
No alcanzó con prepararle el desayuno y dejar la taza justo donde sabía que iba a buscarla cuando se levantara.
No alcanzó con picar la cebolla tan fina que prácticamente desapareciera dentro del guiso porque a ella le gustaba el sabor pero odiaba encontrar los pedazos.
No alcanzó con amasar las pizzas porque decía que las compradas nunca tenían ese gusto de casa. Ni con ponerle el pesto preparado para ella de su lado. Ni con preguntarle, aunque ya conociera la respuesta:
—¿Queres que te haga con champignones?
No alcanzó con aparecer casi todos los días con su alfajor preferido. Nunca se lo entregaba como un regalo. Simplemente lo dejaba cerca de ella. Como quien dice algo sin decirlo.
Tampoco alcanzó aquel té horrible que preparaba cuando ella se resfriaba.
Agua. Limón. Miel. Alguna cosa más que alguien alguna vez le había dicho que servía.
Ella se quejaba del sabor. Él insistía en que se lo tomara. Y después esperaba. Como si mirar cómo terminaba la taza pudiera ayudarla a curarse.
No alcanzó con calentarle los pies durante las noches de invierno. Ella siempre tenía los pies helados. Siempre. Y él protestaba cuando los sentía debajo de las sábanas.
—¡Estás congelada!
Pero nunca los apartaba. Los atrapaba entre sus piernas y esperaba hasta que se calentaran.
No alcanzó con mirar el cielo antes de que saliera y decirle:
—Llevá paraguas.
—No va a llover.
—Llevalo igual.
Ni con alcanzarle una campera porque sabía perfectamente que ella iba a decir que no tenía frío para, dos horas después, ponerse la de él.
No alcanzó con comprar Fanta aunque él hubiera elegido cualquier otra gaseosa. Había aprendido que en la heladera siempre tenía que haber una .
Ni con comprar helado de vainilla, ese gusto aburrido que solamente comía ella y que él jamás hubiera pedido si estuviera solo.
No alcanzó con dejarle la última porción. Con decir que ya estaba lleno cuando todavía podía comer. Con guardar aquello que sabía que le gustaba porque seguramente ella iba a quererlo después.
No alcanzó con levantar la tapa del inodoro. Algo tan ridículo. Tan pequeño. Hasta que un día uno descubre que la convivencia está hecha precisamente de esas pequeñeces.
No alcanzó con arreglarle la computadora cada vez que dejaba de funcionar. Ni con recuperar las fotos del celular. Ni con buscar durante horas una solución para algún problema que para ella se solucionaba simplemente diciendo:
—Dáselo a él, él sabe.
No alcanzó con atender a sus clientes cuando ella no podía. Con inventar respuestas cuando alguno estaba enojado. Con cubrirla. Con decir:
—Deja, yo me encargo.
No alcanzó con guardar su moto a las noches. Con salir corriendo cuando empezaban a caer las primeras gotas para ponerla bajo techo. Con revisar una cubierta. Con cargarle reparar problemas que veía y ella no. Con avisarle que la luz delantera estaba fallando.
No alcanzó con esperarla despierto. A veces mirando televisión. A veces mirando el teléfono. A veces fingiendo que no estaba esperando. Sólo para escuchar finalmente el ruido de la moto y saber que había llegado bien.
No alcanzó con dejarle su lado preferido de la cama. Ni con darle la almohada que estaba más blanda, aunque no dormía con almohadas. Ni con buscarle un vaso de agua después de que ambos ya se habían acostado.
No alcanzó con conocer el punto exacto en que le gustaba el arroz amarillo. La marca de galletitas.
No alcanzó con recordar qué remedio tomaba. Ni con saber en qué cajón guardaba las cosas que después ella misma no encontraba.
No alcanzó con acompañarla a lugares donde él no quería ir. Con esperar sentado. Con llevarla. Con buscarla. Con quedarse en el auto porque faltaban “cinco minutos” que casi siempre terminaban siendo cuarenta.
No alcanzó con no pedirle nunca que fuera a verlo jugar al fútbol, aunque en el fondo algunas veces hubiera querido verla ahí.
No alcanzó con no insistir para que se sentara a tomar un mate con él, esas cosas eran boludeces.
—Si no querés, no pasa nada.
Siempre decía eso. Si no querés, no pasa nada. Tal vez pasaba. Pero prefería que ella hiciera lo que quisiera.
No alcanzó con renunciar tantas veces a pequeñas cosas sin siquiera pensar que estaba renunciando.
Si ella quería pizza, pizza. Aunque él quisiera empanadas. Si quería lomito, lomito. Aunque él tuviera ganas de una hamburguesa. Si quería quedarse, se quedaban. Si quería salir, salían. Si quería aquella película, miraban aquella película.
Él había confundido muchas veces amar con ceder. Y nunca llevó la cuenta.
No alcanzó con no revisar jamás su celular. Ni preguntarle con quién hablaba. Ni pedir contraseñas. Ni controlar dónde estaba. Ni exigir horarios.
—Avisame cuando llegues.
Eso sí. Siempre. Pero no porque quisiera saber dónde estaba. Quería saber que estaba bien. No alcanzó con darle espacio.
Con confiar.Con creer que amar también era permitirle a alguien tener una vida que no necesitara expli carte minuto por minuto.
Incluso le llego a decir que quizás no la quería porque no la celaba.
No alcanzó con conocer sus silencios. Saber cuándo estaba enojada aunque dijera que no. Reconocer por cómo cerraba una puerta si algo había salido mal. Ni aprender que algunas veces no debía preguntarle nada y simplemente dejarla tranquila.
No alcanzó con esas mañanas.
Con esas noches.
Con todos aquellos pequeños actos que él jamás había llamado sacrificios porque nunca había sentido que lo fueran.
Hasta que ella se lo dijo.
Y entonces entendió.
Le dijo que en todos aquellos años podía contar con los dedos de las manos las veces que le había dicho:
—Te amo.
Diez.
Quizás menos.
Y que ella recordaba perfectamente las flores.
Tres veces.
Tres.
En tantos años.
Ella podía recordar cada ramo porque habían sido tan pocos que cada uno tenía una fecha.
Él, en cambio, no podía contar las veces que había guardado la moto.
Ni los pies que había calentado.
Ni los alfajores.
Ni las cebollas cortadas diminutas.
Ni las noches esperando escuchar la puerta.
Y fue ahí cuando las lágrimas empezaron a caer más fuerte.
Se sintió el peor hombre del mundo.
Y entonces se dió cuenta que simplemente habían hablado idiomas diferentes.
Las lágrimas continuaron cayendo.