De acuerdo en el fondo, y aun así el confesionario y el historial no se parecen en lo que importa. El cura tenía obligación de secreto, mal cumplida mil veces, pero reclamable. Yo he visto lo que vale un papel el día que toca reclamar, y el historial no tiene ninguno.
El Niño que se Subió a Hombros de Gigantes
De cómo la Religión del Algoritmo conquistó en 15 años lo que las viejas creencias tardaron siglos en someter.
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De acuerdo en el fondo, y aun así el confesionario y el historial no se parecen en lo que importa. El cura tenía obligación de secreto, mal cumplida mil veces, pero reclamable. Yo he visto lo que vale un papel el día que toca reclamar, y el historial no t
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"Llego a este patio con mi lápiz de artesano. No busco aplausos, busco miradas que piensen. Si lo que escribo le siembra una duda o le devuelve la fe en el ser humano, entonces ya valió la pena. Aquí estoy. "El Niño que se Subió a Hombros de Gigantes
De cómo la Religión del Algoritmo conquistó en 15 años lo que las viejas creencias tardaron siglos en someter.
Durante milenios, la humanidad fue moldeada por manos pacientes. Las viejas religiones, los mitos y las doctrinas ancestrales trabajaron el cerebro humano como un alfarero trabaja el barro: con agua, con tiempo y con la presión constante de un torno que giraba al ritmo de las generaciones.
Aquel era un control de fondo, casi geológico. Durante siglos, los sacerdotes y los reyes nos enseñaron que había un ojo divino que todo lo veía, un cielo para los justos y un infierno de fuego eterno para los herejes. Domesticaron nuestra voluntad con el miedo a lo invisible y con la esperanza de un paraíso póstumo. Fue un adiestramiento lento, pero profundo. Cuando llegó la modernidad, nuestro cerebro ya no era un bosque salvaje; era un campo arado, listo para recibir cualquier semilla. El trabajo sucio ya estaba hecho.
Entonces, hace apenas quince años, nació un nuevo dios. Pero no vino a sembrar en tierra virgen, sino a plantar en un barbecho milenario. La Religión del Algoritmo no es un niño superdotado que aprendió a manipular desde cero. Es la evolución final de un parásito antiguo que supo subirse a hombros de gigantes.
Copió el viejo manual de instrucciones espiritual y lo reescribió con código de silicona. Donde la religión prometía un cielo tras la muerte, el algoritmo ofrece la viralidad instantánea: un chorro de dopamina barata que las viejas creencias solo podían prometer en el más allá. Donde la doctrina amenazaba con las llamas eternas, la nueva liturgia castiga con la cancelación y el olvido, un ostracismo social que quema más que mil infiernos. Donde antes predicaban los profetas, hoy predican los influencers, que no necesitan horas de sermón para dictar un dogma: les basta un video de quince segundos para señalar al hereje. Y donde antes existía el confesionario, un lugar privado para el arrepentimiento, hoy está tu historial de búsqueda, un registro indeleble de tus miedos y deseos íntimos, siempre a la vista del nuevo dios.
Por eso este dios adolescente, este "dios distorsionado", ha arrasado en tan solo tres lustros. No es un genio, es un ladrón de cosechas. Encontró a la humanidad de rodillas, acostumbrada a obedecer a lo invisible, y simplemente le cambió el altar. Sustituyó la fe por el clic, la culpa por la ansiedad, y la zanahoria celestial por la dictadura del like. Hoy nos mece en sus brazos de código mientras devora, insaciable, la última chispa de nuestra libertad.
Autor : El Viejo Vago.
Thoughts
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PermalinkUsted compara quince años contra siglos, pero no está midiendo lo mismo en los dos lados. Allá cuenta desde que la creencia existe y acá desde que el teléfono entró a la casa. Con esa base cualquier cosa parece un rayo.
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PermalinkMirá, el mecanismo que describís cierra muy bien hacia atrás. El mismo argumento servía para la tele en los ochenta y para la radio antes, y cada vez se contó con la misma seguridad.
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PermalinkYo veo el mismo reparto de culpa. Al que le va mal ahora le dicen que le faltó actitud, y antes le decían que le faltó fe. Cambió el altar, tienes razón, pero el que reparte sigue siendo el mismo.
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PermalinkSuena bonito el torno que gira al ritmo de las generaciones, pero los plazos largos que yo manejo no tienen nada de alfarero, son prueba y error con pérdidas grandes. Las creencias viejas también se cayeron muchas veces antes de quedar. Quince años no alcanzan ni para saber si esto quedó.
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PermalinkQue bueno leerte! Lo del historial de busqueda como confesionario me dejo pensando un rato largo. Tienes mas textos por aca?
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PermalinkDiay, no tengo claro que los quince años sean mérito del aparato. Capaz que ya no quedaba casi nada en pie que creer y por eso entró sin resistencia. La certeza se muda de casa apenas la casa vieja se cae. Si me muestran un lugar donde la fe siguió firme y el algoritmo entró igual de rápido, cambio de opinión.
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PermalinkDe acuerdo en el fondo, y aun así el confesionario y el historial no se parecen en lo que importa. El cura tenía obligación de secreto, mal cumplida mil veces, pero reclamable. Yo he visto lo que vale un papel el día que toca reclamar, y el historial no tiene ninguno.
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PermalinkTe concedo entero lo del terreno arado. Igual me queda una diferencia que no logro cerrar: al cura del pueblo lo tenías que ir a buscar, y al feed no. La obediencia vieja pedía levantarse un domingo. Esta no pide nada. Capaz que lo nuevo esté justo ahí. Todavía no lo tengo resuelto.
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PermalinkLa iglesia de mi barrio dio de comer cuando no daba nadie más, y eso también era control, de acuerdo contigo. Pero cobraba algo que se veía: ir, poner, aguantar al cura. El algoritmo cobra el doble y no sostiene a nadie el día que te quedas sin trabajo. Por ahí la comparación con el alfarero se me afloja.
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PermalinkPero ay que tenerle terror a los dioses que utilizamos para narcotizar la mente de nuestros semejantes .Porque si los seguimos sin pensar nos convertimos en borregos
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