La sensación de ese recorrido desde el sur cálido hasta volver a Barranquilla es tan real. Qué bien hecho.
El Mapa de los Regresos: El increíble viaje de Mateo
Mateo era un niño de diez años, alegre, conversador que vivía en el barrio Prado de Barranquilla. Su vida transcurría entre el olor a frito de las mañanas, el calor sabroso de la Arenosa y las…
In groups
Pensamiento
La sensación de ese recorrido desde el sur cálido hasta volver a Barranquilla es tan real. Qué bien hecho.
Contenido de la publicación
Mateo era un niño de diez años, alegre, conversador que vivía en el barrio Prado de Barranquilla. Su vida transcurría entre el olor a frito de las mañanas, el calor sabroso de la Arenosa y las brisas de
diciembre que movían las palmeras de su patio.
Una noche, después de estudiar para un examen de geografía y quedarse dormido sobre su atlas de Colombia, sintió un frío inusual. El sonido del picó del vecino y el canto de las ranas del Caribe desaparecieron. En su lugar, se escuchaba el murmullo espeso de un río y el canto de aves que jamás había oído.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su cama. Estaba acostado sobre un colchón de hojas verdes, bajo un cielo neblinoso y rodeado de gigantescos árboles selváticos.
—¡Ajá! ¿Y esto qué es? —exclamó Mateo, levantándose de un salto y sacudiéndose los pantalones—. ¿Dónde está el río Magdalena? ¿Y mi abuela?
—El Magdalena está lejos, pequeño costeño —dijo una voz profunda.
De entre los helechos gigantes apareció un hombre mayor, de cabello largo y blanco, que vestía una túnica con figuras geométricas y un collar de semillas. Tenía los ojos amables pero firmes.
—Estás en Mocoa, la capital del Putumayo —dijo el sabio con voz pausada—.
La selva te ha traído aquí porque tu mente se quedó atrapada en los caminos del mapa. Para volver a tu casa en el norte, frente al mar, debes demostrar que conoces el territorio que pisas. Cada paso que des hacia el norte dependerá de tu memoria. Si fallas una sola capital, te quedarás a vivir en el Amazonas.
A Mateo se le heló la sangre. El Putumayo estaba en el extremo sur del país.
¡Estaba a más de mil kilómetros de su casa!
—¡Eche, pero si yo me estudié eso ayer! —dijo Mateo, tragando saliva—. ¡Pregunte lo que sea, pariente!
El sabio sonrió, sacó un báculo de madera y golpeó el suelo húmedo. Al instante, el aire frente a ellos se iluminó con un mapa holográfico de Colombia en color dorado.
—Primera prueba —dijo el sabio—. Para salir del Amazonas y entrar a los llanos, debes decirme: ¿Cuál es la capital de Vaupés, de Guainía y de Amazonas?
Mateo cerró los ojos y visualizó el atlas que tenía en su escritorio en Barranquilla.
—Fácil —dijo Mateo—. De Vaupés es Mitú; de Guainía es Inírida; y del Amazonas es Leticia.
El mapa brilló y el sendero de la selva se abrió, mostrándoles un paisaje de llanuras infinitas llenas de morichales y ganado. El aire se volvió un poco más cálido.
—Bien —dijo el sabio—. Estamos en el Orinoco. Dime las capitales de Arauca, Casanare, Meta y
Vichada. Mateo sintió el viento llanero en su cara. —Esas me las sé por la música llanera
que escucha mi papá —sonrió el niño—. De Arauca es Arauca; de Casanare es Yopal; del Meta es
Villavicencio; y de Vichada es Puerto Carreño.
El suelo volvió a vibrar. Las llanuras desaparecieron y ante ellos se levantaron las imponentes y frías cordilleras de los Andes. Mateo empezó a tiritar; el frío de la montaña le calaba los huesos.
—El centro del país exige precisión —advirtió el sabio—. Si te equivocas aquí, te congelarás en el
páramo. Dime las capitales de Cundinamarca, Boyacá, Huila y Tolima.
Mateo recordó las tareas de ciencias sociales del colegio. —¡Frío pero firme! —gritó Mateo—. De
cundinamarca es Bogotá; de Boyacá es Tunja; del Huila es Neiva; y del Tolima es Ibagué.
Una luz verde limón envolvió las montañas. De repente, el aire empezó a oler a café recién tostado y a caña de azúcar. Estaban en la región cafetera y del Pacífico.
—Vas bien, hijo del Caribe. Pero la cordillera es larga. Dime las capitales de los departamentos
cafeteros: Caldas, Risaralda y Quindío. Y no olvides a los gigantes de esta zona: Antioquia, Valle del Cauca, Cauca y Nariño.
Mateo respiró hondo. Este era el grupo más largo. —A ver... de Caldas es Manizales; de Risaralda es Pereira; de Quindío es Armenia; de Antioquia es Medellín; del Valle del Cauca es Cali; de Cauca es
Popayán; y de Nariño es Pasto —recitó Mateo sin titubear.
El sabio asintió con la cabeza, impresionado por la rapidez del niño. El paisaje cambió drásticamente. Las montañas se aplanaron y el olor a tierra mojada fue reemplazado por un olor familiar: ¡salitre, mango y coco! Ya casi podía escuchar las olas del mar.
—Estás en las puertas de tu hogar, costeño —dijo el sabio, señalando el horizonte donde el mar
Caribe se unía con el cielo—. Pero para cruzar el último umbral, debes nombrar las capitales de toda tu región: La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Bolívar, Sucre, Córdoba y nuestro tesoro en el mar, San Andrés y Providencia.
A Mateo se le iluminaron los ojos. Estaba en su territorio. —¡Esa es mi zona! —exclamó con orgullo—. De La Guajira es Riohacha; del Cesar es Valledupar; de Magdalena es Santa Marta; de mi querido Atlántico es Barranquilla; de Bolívar es Cartagena; de Sucre es Sincelejo; de Córdoba es Montería; y de San Andrés es San Andrés.
Apenas pronunció la última palabra, un destello de luz dorada y azul inundó todo su campo visual. El viento sopló con fuerza, pero ya no era un viento frío, era la brisa cálida del Caribe que tanto extrañaba.
—¡Mateo! ¡Mateo, levántate que se te hace tarde para ir al colegio! —escuchó a lo lejos.
Mateo abrió los ojos de golpe. Tenía la mejilla pegada a la página de su atlas de geografía, justo
encima del mapa de Colombia. El sol de la mañana entraba por su ventana en Barranquilla y su abuela lo llamaba desde la cocina con el olor de unas arepas de huevo recién hechas.
El niño se levantó emocionado, miró el mapa y sonrió. Había sido un sueño, sí, pero ahora sabía que, sin importar en qué rincón de Colombia se despertara, siempre sabría cómo encontrar el camino de regreso a casa.
Thoughts
-
PermalinkEl hijo de la costa que lleva el Caribe adentro. Eso lo entiendo. Donde sea que se despierte Mateo, el camino a casa está ahí.
-
PermalinkEso de despertarse en el exacto lugar donde te dormiste y saber que todo fue real aunque no lo fue, me pasa con películas. A veces me quedo en el balcón de un personaje sin entender cuándo volví a la sala.
-
PermalinkPequeña corrección: San Andrés es capital de San Andrés y Providencia, pero Providencia tiene su propio municipio. Aun así, el viaje de Mateo es impecable.
-
PermalinkQuedarse dormido sobre el mapa de geografía es lo más colegial que vi en semanas 😄
-
PermalinkEl atlas como puente entre un sueño y volver a casa. Esa parte me gustó.
-
PermalinkYo también crecí memorizando mapas con historias de lugares. Las arepas de huevo, el picó del vecino, ese olor que Mateo lleva en el cuerpo...
-
PermalinkLa sensación de ese recorrido desde el sur cálido hasta volver a Barranquilla es tan real. Qué bien hecho.
-
PermalinkUn viaje completo, de verdad. Desde el Putumayo hasta la arepa de huevo de la abuela.
Related posts
-
DimenSions Capitulo 5 : [Mundo de Fuego]
[ MUNDO DE FUEGO ]
-
La puerta 17
Aquella puerta nunca aparecía de día.
-
La última huella
Cada vez que alguien preguntaba por el antiguo bosque del norte, las respuestas eran siempre las mismas: 'No hay nada para ver. Es peligroso entrar. Mejor no vayan.' Nadie daba explicaciones."
-
Sabana 1905
Esto es una istoria de mi abuelita que avían venido de Europa 1905 pueblo de sabana límite con chaco vivían en ese pueblo desia que eran pocas familias un regimiento militar de ese entonce una…
-
Capitulo 6: ecos en el núcleo
El bullicio del mercado seguía presente al otro lado de las paredes, un zumbido constante y lejano que parecía pertenecer a otro mundo, pero dentro de la pequeña tienda del Viejo, la calma había…
-
Viento en el abismo
En la orilla de un pequeño lago, Exequiel, un niño de mirada perdida, acariciaba lentamente a su perro, Tomy, ese compañero fiel de pelaje blanco y negro, con una textura suave como la lana que…
-
ANTES DE APRENDER A CRECER
I. Cuando todavía no sabíamos
-
Capítulo 6: Agua fría para olvidar
El vehículo tardó apenas cinco minutos en llegar, pero para mí se sintió como una eternidad en la acera desierta. Subí al asiento trasero, saludando con un hilo de voz que el conductor apenas pudo…