I. Cuando todavía no sabíamos
Hubo un tiempo en el que no sabíamos que estábamos siendo felices.
No porque no lo fuéramos, sino porque todavía no conocíamos la palabra nostalgia.
Éramos chicos.
Y eso parecía suficiente.
No necesitábamos entender el tiempo porque todavía sentíamos que había de sobra.
Las tardes parecían interminables.
Una hora podía convertirse en una aventura.
Una habitación podía transformarse en una casa desconocida.
Una sábana podía ser una carpa.
Un almohadón, una montaña.
Una muñeca podía ser nuestra hija.
Y una caja de cartón podía convertirse en cualquier cosa que nuestra imaginación quisiera.
No necesitábamos demasiado para inventar un mundo.
Quizás porque todavía no habíamos aprendido a ponerle límites a nuestros sueños.
No pensábamos en lo que vendría después.
No nos preguntábamos qué íbamos a estudiar, quiénes íbamos a conocer, qué iba a pasar dentro de cinco años.
El futuro era una palabra demasiado grande para alguien que solamente quería saber cuándo podía volver a jugar.
Y quizás esa era nuestra forma más pura de vivir:
estar completamente en el lugar donde estábamos.
Si llovía, mirábamos la lluvia.
Si había sol, salíamos.
Si alguien nos llamaba para jugar, íbamos.
Si nos caíamos, llorábamos.
Y después volvíamos a correr.
No sabíamos que algún día empezaríamos a pensar demasiado antes de hacer algunas cosas.
No sabíamos que crecer también sería aprender a tener miedo.
No sabíamos que algunas personas que hoy estaban sentadas a nuestro lado algún día estarían lejos.
No sabíamos que algunas tardes serían las últimas.
Y quizás eso fue lo hermoso.
No saber.
Porque cuando somos chicos no intentamos guardar cada momento.
Simplemente lo vivimos.
Y ahora, desde este lado del tiempo, entendemos algo que antes era imposible comprender:
aquellos días comunes estaban construyendo nuestros recuerdos favoritos.
Una tarde cualquiera.
Una merienda.
Una visita.
Un cumpleaños.
Una caminata.
Una conversación.
Una risa que parecía no tener importancia.
Todo estaba pasando por primera vez.
Y nosotros no lo sabíamos.
Tal vez por eso algunas fotografías duelen un poquito.
No porque sean tristes.
Sino porque nos muestran una versión de nosotros que ya no podemos visitar de la misma manera.
Miramos una foto y ahí estamos.
Más pequeños.
Con otra voz.
Otra mirada.
Otra forma de sonreír.
Y nos preguntamos:
¿En qué momento pasó todo esto?
La respuesta quizás sea sencilla.
Pasó mientras vivíamos.
Mientras crecíamos.
Mientras aprendíamos.
Mientras estábamos demasiado ocupados siendo nosotros como para notar que estábamos cambiando.
Porque nadie siente que está creciendo mientras crece.
Uno simplemente despierta un día y descubre que algunas cosas ya no son iguales.
El juguete favorito quedó guardado.
La plaza parece más pequeña.
La ropa ya no entra.
Los juegos cambiaron.
Las conversaciones también.
Y entonces aparece una sensación difícil de explicar.
No queremos volver exactamente a aquel tiempo.
Pero sí queremos volver a sentir lo que sentíamos.
La tranquilidad.
La inocencia.
La sensación de que todavía había tiempo para todo.