El taller de lo invisible
De niña guardaba el mundo en un cuaderno,
donde el silencio aprendía a decir mi nombre,
dibujaba futuros con lápices de esperanza
y hablaba con Dios como quien nunca se cansa.
Había en mí un taller invisible y sagrado,
donde nacían sueños sin pedir permiso,
allí todo era posible, todo era cercano,
y la vida tenía forma de colores.
Quise ser manos que cuentan historias,
ojos que pintan lo que el alma siente,
una voz suave hecha de palabras
capaz de tocar lo que nadie ve.
Pero el tiempo, con su paso inesperado,
vino a romper la línea de lo simple,
como un golpe seco en medio del día
que deja al corazón sin equilibrio.
Y de pronto la vida se volvió difícil,
los caminos se hicieron más lejanos,
y aquellos sueños que ardían tan fuerte
tuvieron que aprender a esperar.
No entendí por qué el hilo se enredaba,
por qué dolía seguir avanzando,
solo sabía que debía respirar
aunque el aire pesara en el pecho.
Y aun así, en medio de lo incierto,
algo en mí se negó a desaparecer,
una chispa pequeña, persistente,
que seguía creando en lo invisible.
Porque hay deseos que no se apagan,
aunque el mundo diga que no es el momento,
ellos viven, laten, resisten en silencio,
como semillas bajo la tierra.
A veces cierro los ojos y vuelvo,
a ese taller donde todo comienza,
donde aún soy la niña que sueña
sin miedo al paso del tiempo.
María Emilia Duarte González