Y en aquella cárcel donde me sentía tan cómodo, donde todo parecía tan bonito, aunque muy en el fondo sentía que me rompía, yo aún quería quedarme.
Quería seguir allí porque sentía que lo tenía todo. Porque, de alguna manera, creía que mientras estuviera dentro estaría bien, aunque poco a poco me fuera convirtiendo en pedazos.
Y lo más extraño era que las puertas siempre estuvieron abiertas.
Nunca estuvieron cerradas.
Nunca hubo una llave que me impidiera salir.
Nunca hubo alguien obligándome a quedarme.
Entonces, ¿por qué no salí?
¿Por qué seguí llamando hogar a una cárcel que me estaba destruyendo?
Quizás porque aquella pequeña cárcel también me había dado mucho. Me había dado momentos que se sentían bonitos, me había dado compañía, me había hecho sentir que pertenecía a algún lugar. Y tal vez por eso confundí sentirme cómodo con estar bien.
Me quedé incluso cuando empecé a romperme.
Me quedé porque tenía miedo de descubrir qué había afuera.
Me quedé porque, aunque doliera, aquella cárcel era conocida.
Y al final entendí algo que quizás era lo que más me dolía aceptar:
nadie me estaba reteniendo.
Las puertas siempre estuvieron abiertas.
Yo fui quien decidió quedarse.
Fui cautivo de mi propia decisión, aferrándome a un lugar que ya no me daba paz, solo porque alguna vez me hizo sentir que lo tenía todo.
Y quizá lo más triste no fue que aquella cárcel me destrozara.
Lo más triste fue descubrir que, mientras yo lloraba detrás de sus paredes, la salida siempre había
estado frente a mí.