El cuerpo contra la piedra, un sonido breve y después ninguno. Ahí me quedé parado un rato, porque para mí no hacía falta nada más. El lobo empujándola con el hocico tres veces es lo que yo diría en voz alta frente a gente. La frase del bosque al final la
El cuerpo contra la piedra, un sonido breve y después ninguno. Ahí me quedé parado un rato, porque para mí no hacía falta nada más. El lobo empujándola con el hocico tres veces es lo que yo diría en voz alta frente a gente.
La frase del bosque al final la dejaría para leerla uno solo, en la casa, cachai. Me quedo con el lobo que se recuesta al lado; apuesto a que ese gesto le va a pesar en lo que viene.
Contenido de la publicación
III. El miedo
El lobo extendió la pata hacia ella. Apenas un gesto. Un intento torpe de decir no tengas miedo. Ella retrocedió como si aquel ademán fuera un golpe.
Su respiración era rápida, entrecortada. Esos mismos ojos que un día lo habían mirado con ternura estaban ahora abiertos por el pánico.
Corrió. Corrió con todas sus fuerzas, tropezando con la hierba húmeda, dejando atrás el valle, el rebaño, el pasado. Corrió, aunque el dolor en el pecho le gritara que aquel monstruo había renunciado a su naturaleza por ella.
El lobo fue tras ella. No quería cazarla. Quería que viera que no había odio en sus colmillos. Pero cuanto más la seguía, más terror sembraba con su sombra.
Los lobos no hablan el idioma de las ovejas, y el silencio fue su condena.
La carrera los llevó a un terreno pedregoso, donde el valle se estrecha entre rocas. El viento soplaba fuerte. Había llovido: musgo, losa mojada, una grieta que el pasto disimulaba. Ella, con la mente nublada, no la vio.
El casco resbaló.
El cuerpo golpeó el borde y luego la piedra del fondo. Un sonido breve, seco. Después, ninguno.
El tiempo se detuvo.
El lobo llegó segundos después. Allí estaba ella, inmóvil entre las piedras, el costado manchado de polvo. No había balido. No había aliento.
Se acercó como si el universo pudiera desmoronarse con un solo movimiento. La empujó con el hocico, una, dos, tres veces.
Nada.
Se recostó a su lado.
Entonces levantó la cabeza al cielo. El aullido que brotó de su garganta no fue de hambre, ni de rabia, ni de victoria. Fue un lamento que se abrió paso entre las montañas.
Aulló por la oveja que no pudo amar sin asustarla.
Aulló por el monstruo que quiso ser bueno y fracasó.
Aulló por lo que pudo ser… y nunca fue.
Y, en ese aullido, el bosque entendió una verdad que pocos corazones se atreven a mirar de frente:
a veces, el amor no muere por falta de sentimientos,
La pata extendida que ella toma por un golpe decide todo, y me recuerda a cuando alguien intenta calmarte y lo único que ves es la mano levantada. Apuesto a que en la cuarta parte el lobo se queda en ese valle, sin rebaño y sin nadie a quien explicarle nada. Uf, @MSM, este me dejó callado un rato!
El cuerpo contra la piedra, un sonido breve y después ninguno. Ahí me quedé parado un rato, porque para mí no hacía falta nada más. El lobo empujándola con el hocico tres veces es lo que yo diría en voz alta frente a gente.
La frase del bosque al final la dejaría para leerla uno solo, en la casa, cachai. Me quedo con el lobo que se recuesta al lado; apuesto a que ese gesto le va a pesar en lo que viene.
El «¡Chei chi!» se escuchaba muy cercano, vibrando con nitidez a través de la carrocería, pero la espesa niebla de la camanchaca no permitía saber dónde estaban. La Cuesta de Chiza seguía convertida…
Le sirvió lo que quedaba en la tetera. Siempre tomaba una taza y media de té de frutos rojos, endulzada con miel. Ella miraba sonriendo cómo sacaba el saquito de té y le acercaba la taza; estas…
Compré flores blancas para sofocar mi nostalgia. Con la esperanza de que el tiempo no fuera, ofrecí a la luna un clavel. Conmovida por mi suplicio, escuchó mis memorias de soledad.
Te reencontré después de tantos años. En realidad te sentí... Mi corazón empezó a galopar, me di vuelta y estabas a mi lado. Tu pelo negro y largo, tu piel blanca, tu cuerpo exacto y tu perfume…