Hoy es lunes 6 de julio de 2026.
Les mentí, señores. No sé si fue realmente una mentira, porque no conocen nada de mi vida, pero sí les oculté la última vez que lloré por la muerte de alguien.
La pérdida de mi nono me marcó como niño. Pero hubo otra pérdida, más silenciosa y más mía, que me marcó como adolescente y, de alguna forma, como persona.
Era un día frío de cuarentena. Estaba en el patio cuando escuché, desde el quincho, un maullido tan débil que parecía más un suspiro. Allí estaba ella: una gatita negra, diminuta, con ojos celestes como un cielo de invierno. El cuerpo frágil temblaba.
La envolví en una toalla y la llevé adentro. Mi abuela no podía creer que hubiera sobrevivido esos días de helada. Me ofrecí a cuidarla. Era la primera vez que sentía que algo vivo dependía completamente de mí.
El primer día ya gritaba desde su cajita. La levanté con miedo de romperla, la puse sobre mi pecho y se durmió como un ángel. Yo lloraba en silencio. Todavía hoy, al escribir esto, siento el peso cálido de su cuerpo pequeño.
Al segundo día quedó claro: los parásitos la estaban comiendo viva. Ya no podía caminar. La llevé corriendo al veterinario con lágrimas cayéndome por la cara. La noticia fue clara y brutal: no iba a sobrevivir. Tenía doce años y tuve que tomar la decisión más dura de mi corta vida: dejarla sufrir o dejarla ir sin dolor.
Elegí la segunda.
Le acariciaba la cabeza —le encantaba— mientras el veterinario le ponía la inyección. Sentí cómo se tensó un segundo. No gritó. Solo vi en sus ojos cómo ese celeste tan puro se apagaba, como si alguien hubiera cerrado el cielo de golpe.
Murió sin nombre.
Murió porque mi ayuda de niño de doce años no alcanzó y pienso buscando la perfecion en mis respuestas ¿porque no fui capas de salvarla? ¿Fue la mejor opción la que elegí?
Y cada invierno vuelve. Se me sube al pecho, ronronea bajito, y yo sigo sin poder perdonarme.
Esta nota es para vos, mi pequeña felina.
Perdóname por no haber podido salvarte de la muerte que ya te tenía agarrada.
Gati gatito