Que sean quince y todos sepan configurar un módem me hizo reír fuerte. Es el único momento en que esos pibes ganan algo.
EL HÁBITAT:Cronica de la pandemia zombie en Argentina
EL HÁBITAT —
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Que sean quince y todos sepan configurar un módem me hizo reír fuerte. Es el único momento en que esos pibes ganan algo.
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EL HÁBITAT —
Capítulo 5
Quien es quien dentro del Hábitat
1. EL VIEJO
El aire en el galpón secundario de El Hábitat olía a ozono, plástico caliente y al café amargo que hervía sin pausa en una hornalla de garrafa. Afuera, la tarde de Esteban Echeverría se desmoronaba; adentro, el murmullo de quince pares de manos tipeando a ritmo frenético sonaba como una ráfaga de ametralladora lejana.
—El zapato se me quedó en el barro de Ñancahuazú, carajo —masculló El Viejo, acomodándose la manta militar sobre las piernas mientras parpadeaba frente a la luz azul del monitor. Tardó dos segundos en saber que había estado soñando.
A sus ochenta y dos años, la memoria era un terreno traicionero. Había momentos en que el vaho húmedo de la refrigeración del centro logístico se confundía con la niebla de la selva tucumana en el '75, o con los tiros cruzados en las lomas bolivianas donde vio caer a sus compañeros uno a uno. Toda una vida peleando por un mundo mejor para terminar, antes del colapso, caminando despacio en las marchas de los miércoles con los jubilados frente al Congreso, o dando talleres de lectura en el comedor del barrio popular a pibes que lo escuchaban entre el hambre y la resignación. Su revolución había fracasado. El capitalismo devoró todo y la historia pareció olvidarse de los que sangraron por ella.
Hasta que el fin del mundo real dio la cara.
Recordó el momento exacto en que la idea le encendió el pecho. Fue semanas antes de la caída total, viendo a un pibe en el colectivo mirar una película en streaming. «Si se corta el cable que entra por Las Toninas, abuelo, esto no existe más. No queda nada», le había dicho el muchacho sin darle importancia. Esa frase le retumbó en la cabeza como un disparo. Se dio cuenta de que la última batalla de su vida no sería con un fusil en la mano, sino protegiendo la memoria completa de la especie humana antes de que la red se apagara para siempre.
Cuando la doctora Mariela —directora médica y encargada del censo del refugio— se devanaba los sesos tratando de clasificar a la gente para asignar tareas de supervivencia, El Viejo se le plantó enfrente:
—Doctora, necesito gente que sepa montar un call center. Que entienda de nodos, de servidores, de redes.
Mariela se ajustó los anteojos, exhausta, mirando las planchas con planillas de papel.
—Viejo, tengo quince pibes y pibas que los padres metieron acá. No saben plantar una lechuga, no sostienen un pico y le tienen miedo a las armas. No sé qué hacer con ellos.
—Dámelos a mí —le respondió él con una sonrisa filosa. Y así nació el "Proyecto Alejandría". Llamó a su grupo de nativos digitales "los Irregulares".
Como los chicos de la calle que ayudaban a Sherlock Holmes en las novelas que leía de joven, los "Irregulares del Hábitat" resultaron ser una fuerza de élite incomprensible para los veteranos como Cabral o para los contadores de la familia Soto. Eran quince gamers, acaparadores de datos, adictos al hardware que, bajo el mando de ese anciano de mirada penetrante, entendieron la épica de lo que estaban haciendo.
Un debate amargo había surgido la primera noche, cuando armaron la arquitectura de los servidores rescatados:
—¿Priorizamos medicina, agricultura e ingeniería, Viejo? —había preguntado Zakura, una piba de veinte años con el pelo teñido de violeta, formateando un disco rígido externo de cuatro terabytes—. ¿Descartamos la basura?
—No se censura nada —decretó El Viejo, golpeando la mesa con el nudillo rígido por la artritis—. El ser humano es la vacuna y es el virus. Es la Crítica de la razón pura de Kant y también es una temporada completa de Gran Hermano. Es El ciudadano Kane y son los memes estúpidos que los hacían reír a ustedes antes del fuego. Guardamos todo. Lo bueno, lo malo, lo sublime y lo miserable. Nadie se atribuye el derecho de decir qué merece existir en el futuro. Si la humanidad vuelve a levantarse, que nos conozca enteros.
Ahora, la cuenta regresiva llegaba a su término.
En los monitores, las barras de progreso verdes y amarillas avanzaban como soldados a paso redoblado. Copiaban la Wikipedia en catorce idiomas, repositorios enteros de código libre, planos de motores, discografías completas, bibliotecas digitales de acceso público, tratados de botánica y gigabytes de videos domésticos.
—¡Se cayó el nodo de San Pablo! —gritó Kevin al fondo del galpón, tecleando como un desquiciado—. ¡Nos queda canal directo solo por el enlace de fibra local hasta el Data Center de Quilmes! ¡Le quedan minutos de batería al generador de allá!
—¡Retengan el tráfico, prioricen las bases de datos médicas y la biblioteca del Congreso! —ordenó El Viejo, poniéndose de pie con lentitud, apoyado en su bastón de caña.
Sintió un sofocón. Por un segundo no supo si estaba en el galpón o en el campamento de las Fuerzas Armadas de Liberación en el '68. La cabeza le daba vueltas. El esfuerzo de llevar días casi sin dormir le pasaba factura a su cuerpo cansado. Pero la adrenalina del momento lo mantenía erguido.
—¡Cincuenta terabytes completados en el Array 4! —gritó Zakura, con los ojos inyectados en sangre por el cansancio y una chispa de triunfo en la cara—. ¡Estamos clonando el repositorio de patentes industriales!
En ese preciso instante, el aire exterior se quebró.
El sonido no vino de las computadoras. Fue un chasquido seco, metálico, que atravesó la chapa del galpón.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Disparos de fusil en la línea del perímetro exterior. Inmediatamente después, el bramido pesado de un calibre .50 desde las torres que custodiaba la gente de Cabral, seguido por el ulular ensordecedor de la sirena de alarma de El Hábitat.
Los quince pibes se congelaron. Algunos miraron hacia las puertas blindadas, aterrorizados, sintiendo el retumbo de la batalla que acababa de estallar a unos cientos de metros, donde los atacantes intentaban romper la defensa del centro logístico.
—¡Nadie se levanta de sus sillas! —la voz del Viejo resonó con una autoridad de mando que nadie le conocía, dura como el hierro de las trincheras—. ¡Cabral y sus muchachos pelean allá afuera con plomo! ¡Nosotros peleamos acá adentro con la memoria! ¡Mientras haya luz en esos monitores, me siguen descargando hasta el último byte! ¡Trabajen, carajo, trabajen!
Los dedos volvieron a volar sobre los teclados con un frenesí desesperado. Afuera, Cabral y sus fusileros libraban la primer batalla contra un enemigo que no entendían en la tarde soleada de Esteban Echeverría; adentro, entre el olor a pólvora lejana y el zumbido de los discos rígidos, los Irregulares del Hábitat libraban la última batalla del siglo contra el olvido.
Pero de golpe algo pasó... Una voz desde un parlante sonó, primero robótica, luego con más claridad:
—Acá Zona Libre de la Ruta 40. Buscamos sobrevivientes, la Argentina sigue unida, la presidenta Torres está viva. ¿Alguna autoridad, civil o militar?
El Viejo tomó el micrófono y habló:
—El Hábitat, en Buenos Aires. En este momento estamos bajo ataque y se va a cortar internet, ya caen los últimos servidores.
—Dejen todo encendido. ¿Alguien sabe configurar un módem?
Durante un segundo nadie dijo nada.
Después, Zakura, soltó una carcajada. Dos de los chicos la siguieron. En pocos segundos, los quince estaban riéndose.
—¿Qué? —preguntó la voz del otro lado.
—Nada —respondió Zakura, todavía riéndose—. Somos quince.
—¿Y?
—Todos sabemos configurar un módem.
Hubo un silencio.
—Perfecto. Entonces escuchen.
La voz comenzó a dictar una dirección IP. Lucía la anotó con marcador en la pizarra: 11.40.0.1.
Zakura se quedó mirando los números. Kevin, en cambio, no miraba la pizarra; la miraba a ella. La chica lo advirtió y giró lentamente la cabeza.
—¿Qué?
Kevin pareció sorprendido. Bajó la mirada, volvió a mirar la IP y después a ella.
—Una... una red fantasma.
Zakura frunció el ceño.
—¿Qué?
—Esa dirección. —Señaló la pizarra—. Es una red fantasma.
Zakura volvió a mirar los números.
—¿Cómo sabés?
Kevin no respondió. El Viejo levantó una mano.
—¡Paren todos!
Silencio.
—¿Hay algún militar? —preguntó finalmente la voz desde la Ruta 40.
Las pantallas se apagaron. Durante unos segundos solo apareció ruido blanco. Después surgió una bandera argentina. Debajo, un cuadro de usuario y contraseña.
Los quince se quedaron inmóviles.
—No ingresen nada —dijo Sakura.
—¿Por qué? —preguntó El Viejo.
—Porque no sabemos qué hay del otro lado.
Nadie tocó el teclado.
—No ingresen nada o les freirá las placas Wi-Fi... —dijo la voz, y dos chicos dejaron de teclear—. Traigan a su militar.- los disparos se multiplicaron afuera
-En este momento estan un poco ocupados, - dijo el viejo y todos rieron.
2. LA DOCTORA MARIELA
Cabral la atraía. Y no por su porte ni por esa mirada melancólica, sino porque resolvía. No dudaba; hacía lo que tenía que hacerse. Pero también por cómo la miraba. Una mujer sabe cuándo atrapó el corazón de un hombre, incluso el de uno como este: frío, taciturno y obsesionado con una sola misión: salvar a todos los que pudiera dentro del Hábitat. Ya habría tiempo para lo demás.
El soldado la miró, serio y firme:
—Esperamos pararlos en la primera oleada —le dijo—. Armamos un cuello de botella en la entrada al comedor. Si esa defensa cae... corre.
La miró directo a los ojos.
—Sabés que no lo voy a hacer.
—No tendría que dejarte acá —insistió él—. Debés ir a las cámaras frigoríficas con los ancianos y los niños.
—Mi lugar es con mis enfermos. ¿Vos dejarías a tus hombres?
Mariela le agarró la mano y le sonrió. Cabral, soldado pero hombre al fin, se dijo para sus adentros al ver la brecha en su armadura: por esa sonrisa mataría a mil zombis.
—Andá, te esperan... —le murmuró.
Él la volvió a mirar en silencio y se dirigió a la azotea.
...
Mariela pertenecía a esa estirpe de cirujanos que conocen la fecha de vencimiento de sus propias manos. A sus treinta años, al frente de un equipo neuroquirúrgico de élite en el sector privado y con guardia activa en el sistema público, tenía muy en claro la curva de decadencia biológica: a los cuarenta y cinco, el temblor esencial, la fatiga acumulada y la lenta degradación del enfoque convertirían su precisión en un riesgo. No confiaba en la robótica asistida ni en los algoritmos de síntesis quirúrgica. Tal vez en un futuro la latencia de red fuera menor que la velocidad de conducción de un axón humano. Hoy no. Por eso diversificaba su valor: neuropediatría, obstetricia y un posgrado en gerontología a punto de iniciar. Planificaba su vida con la misma fría exactitud con la que trazaba una incisión.
Pero todo su esquema se rompió el día en que el mundo colapsó.
Empezó en el Quirófano 3. El paciente, un varón de sesenta y dos años con un aneurisma gigante en la arteria basilar, sufrió una parada cardiorrespiratoria irrecuperable en mitad del clipaje. Tras veinte minutos de maniobras inútiles, Mariela declaró la hora de muerte. Como exigía el protocolo no escrito de su servicio, el equipo quirúrgico guardó un minuto de estricto silencio ante el cuerpo. Era el gesto final de respeto, el pedido de disculpas implícito por haber fallado.
El cadáver rompió la tregua.
Sin signos vegetativos previos, la masa muscular del tórax se contrajo súbitamente. El hombre abrió los ojos —inyectados en sangre y fijados en una midriasis arreactiva— y se abalanzó con fuerza desmedida sobre la anestesista, hundiéndole los dientes en el triángulo anterior del cuello y seccionando la yugular interna y la carótida común. Un chorro de sangre arterial bañó el ambo rojo de Mariela.
En medio del pánico, Mariela cayó contra la mesa Mayo, derribando instrumental esterilizado en un estruendo metálico. El instinto la hizo reaccionar: su mano se cerró sobre un bisturí con hoja número 11. Frente a ella, el muerto viviente mantenía la calota craneal abierta tras la craneotomía previa; cuando el cadáver se abalanzó hacia Mariela, ella anuló el shock y le clavó el bisturí directamente en el cerebro expuesto, lesionando el tronco encefálico. El cuerpo perdió el tono postural al instante, cayendo al suelo como una marioneta a la que le cortan los hilos.
A sus pies, la anestesista yacía sobre un charco hemorrágico, sufriendo convulsiones tónico-clónicas antes de entrar en parada. Mariela le tomó el pulso radial: cero. Muerte clínica. Pasaron apenas cuatro segundos cuando, de golpe, la mujer abrió los ojos de par en par. Mariela no dudó: rápida y precisa, le clavó el bisturí en la fosa temporal, atravesando el hueso escamoso directo al encéfalo. La mujer volvió a cerrar los ojos para siempre.
Los sobrevivientes del equipo quirúrgico salieron despedidos al pasillo. El bloque operatorio estaba ubicado en el tercer subsuelo, justo frente a la morgue. Desde el interior de las cámaras metálicas se escuchaban golpes secos, un martilleo sordo de gente sepultada pidiendo salir.
Corrieron al ascensor para subir al primer piso. A través del hueco y en las paradas intermedias se escuchaban gritos desgarradores y el estruendo de disparos. Las luces parpadeaban de forma errática y en dos ocasiones la cabina pareció que iba a detenerse para siempre. Pasaron siglos allí dentro.
Cuando las puertas finalmente se abrieron, el piso principal era un infierno desatado. Gente corriendo a ciegas, gente matando gente, gente muriendo desangrada y volviendo a levantarse a los pocos segundos, buscando a quién atrapar y morder.
Mariela no supo cómo logró atravesar esa carnicería ni cómo llegó a la calle. Cuando volvió a tener plena conciencia de su entorno, estaba en la caja de una camioneta de reparto de los supermercados Soto. Al reaccionar, se encontró junto a doce personas bajando de la rampa frente al enorme portón verde del Centro Logístico, empujando en medio de cientos de desesperados que pedían a gritos que los dejaran entrar.
Allí era donde había conocido a Cabral. Y allí era donde hoy, en el Hábitat, volvía a sostener la línea de fuego.
3. EL HEREDERO: Esteban Soto
Esteban era el primogénito de la dinastía Soto, el heredero natural. Había tres hijas más en la familia, pero para el patriarca nunca habían contado; eran apenas meros vehículos biológicos para perpetuar el apellido. Alto, de figura magra pero hecho de pura fibra, Esteban encarnaba lo que en el mundo de los negocios se definía con temor y respeto como un tiburón. Y a él le fascinaba la metáfora.
Su padre había sido un visionario de la vieja escuela, pero el verdadero monstruo corporativo, la red de franquicias y la expansión implacable habían sido creación suya. El Centro Logístico y su infraestructura autosuficiente fueron su obra cumbre. Él había sido quien vio potencial donde otros veían desperdicio: canalizó el biogás a partir de los desechos orgánicos y las granjas avícolas; instaló la red de paneles solares de alta eficiencia; diseñó la planta potabilizadora conectada a las napas subterráneas más profundas. La elección del terreno para erigir el complejo no había sido una casualidad, sino un cálculo preciso de recursos.
Pero su mayor orgullo, su obra maestra de ingeniería financiera y logística, era el procesamiento de celulosa. Trajo la tecnología directamente de Italia e impuso una regla inquebrantable en su red de suministros: todo proveedor debía entregar su mercancía en cajas de cartón. No importaba si transportaban una heladera o toneladas de tomates; todo debía llegar enfardado en papel y cartón. Cajas que luego su infraestructura procesaba, reciclaba y volvía a venderles a esos mismos proveedores a través de una intrincada red de empresas fantasma. Para el año 2024, el centro no solo generaba celulosa y plástico, sino también biocombustibles sólidos y líquidos: briquetas de leña ecológica, bioetanol y gas de síntesis. El Centro de Distribución era un ecosistema totalmente autosustentable. Una fortaleza tecnológica. Su fortaleza.
Por eso, tener que sentarse a la mesa y ver cómo una banda de advenedizos decidía sobre el destino de su creación le resultaba un insulto insoportable.
Para Esteban, el Consejo Directivo del Hábitat no era más que un chiste grotesco: un viejo zurdo resentido, un soldado ignorante que solo sabía acatar y dar órdenes, un político corrupto buscando rascar poder de las ruinas, un cura, un rabino, un ingeniero con severas deficiencias de adaptación social, una mujer —la doctora que se creía indispensable— y, para colmo, su propio padre, ya debilitado por los años.
Él había permitido que la masa cruzara el portón verde bajo una sola premisa: la creación de un feudo donde él sería el único rey. El invierno se acerca, se repetía como un mantra sombrío. Pero ahora, esos intrusos pretendían democratizar la escasez y repartir su patrimonio.
Por ahora, Esteban guardaría silencio. Miraría desde la sombra, estudiaría la anatomía de cada uno de ellos, identificaría sus grietas y debilidades. Y cuando fuera el momento exacto, atacaría sin piedad.
El invierno se acerca... y su trono lo está esperando.
4. MOLINA
Molina era un delegado municipal de poca monta que el día del colapso estaba en el Centro Logístico por puro azar. O más bien, por corrupción. Había ido a cobrar su tajada por mirar hacia otro lado mientras los desechos sin tratar de la planta de celulosa se vertían en un arroyo cercano, y de paso, a vender información confidencial: avisarle a la familia Soto que el Ministerio de Ambiente de la Nación planeaba una auditoría por denuncias de contaminación. Molina sabía exactamente cuándo venían y cuánto valía ese dato.
Pero todo saltó por los aires.
Durante los primeros días de caos, cuando la gente se amontonaba desesperada tras el portón verde, se formó la primera reunión de lo que más tarde se convertiría en el Consejo. Cabral, en su rol de único sobreviviente del destacamento de la custodia presidencial, recurrió a lo que le daba estructura a su mente militar: descargó desde un servidor del Ejército un protocolo de doctrina para crisis extremas que amenazaran la existencia de la República. Un plan diseñado originalmente por Perón, actualizado periódicamente a lo largo de las décadas y reservado solo para los altos mandos.
El protocolo era taxativo: para mantener una "Comunidad Organizada", debía identificarse a la autoridad política de mayor rango disponible para encabezar de forma provisoria la junta institucional junto a los referentes operativos, hasta tanto se pudieran convocar elecciones internas.
Y de golpe, por puro descarte institucional, Molina se encontró investido de poder real.
La gente se le acercaba a pedirle soluciones, le presentaban peticiones con deferencia y, por primera vez en su miserable vida, Molina sintió el peso del respeto ajeno. A lo largo de su carrera pública había sido peronista, radical, del PRO y, últimamente, libertario. Las ideologías nunca le importaron demasiado; su única bandera era que "estuviera la suya". Y ahora, en medio del apocalipsis, su tajada se la garantizaba Esteban Soto. A cambio de votar mecánicamente todo lo que el empresario dictaba en el Consejo, Molina disfrutaba de raciones dobles, consumo ilimitado de agua y privilegios exorbitantes, como haber exigido una misión de rescate para buscar a su familia en los primeros días: una incursión temeraria que le costó la vida a cinco hombres de la guardia y que volvió con las manos vacías. Además, se encargó de sacarse de encima al abogado de la familia con un desafortunado accidente que, por el caos de los primeros días, nadie investigó.
Molina era el perrito faldero de Soto. Salvo una vez.
El quiebre ocurrió tras el sonado "Allanamiento al Coto".
En los primeros meses de resistencia, la guardia de Cabral había ejecutado una operación táctica sobre un hipermercado Coto cercano. Necesitaban armarse y ahí había. Todos recordaban el escándalo que llenó horas de televisión y ríos de tinta por el allanamiento de un local, la confiscación de armas de guerra y la imputación al patriarca de los Soto por delitos de tráfico de armas. Causa que, obviamente, quedó en la nada. Se realizó una incursión con varias bajas y el recuento reveló un número modesto de escopetas, pistolas reglamentarias de la seguridad privada y apenas unas pocas cajas de munición de plomo. Por lo que las incursiones se suspendieron y solo se limitaron a insumos médicos y rescate de sobrevivientes.
La munición letal se agotaba a un ritmo alarmante. Ante la escasez, El Viejo Guerrero —recordando sus oscuros años de militancia revolucionaria en los setenta— dio un paso al frente: él sabía cómo sintetizar pólvora casera si le daban los insumos. Por su parte, el ingeniero Álvarez acotó que podía moldear los casquillos utilizando las impresoras 3D del taller logístico. El problema era el ensamblado: el llenado de la pólvora y el sellado de los fulminantes requería manos pequeñas, ágiles y minuciosas.
Esteban Soto no dudó en proponer la solución más eficiente desde su métrica empresarial: mujeres y niños debían ser incorporados de inmediato a la línea de montaje de municiones.
La propuesta chocó contra un muro. La comunidad había levantado con enorme esfuerzo una pequeña escuela dentro del Hábitat, no solo para educar, sino para devolverles un atisbo de infancia y normalidad a las decenas de huérfanos que el virus había dejado a su paso. Tocar la escuela era tocar el alma del refugio.
En esa votación del Consejo, contra todo pronóstico, Molina levantó la mano y votó en contra de Esteban. Se alineó con la mayoría para que solo las mujeres adultas realizaran el trabajo pesado.
Esa misma noche, Esteban lo citó en su despacho privado. Estaba fuera de sí. Le gritó a Molina como se le grita a un empleado de limpieza que rompió un insumo caro. No le importaba haber perdido la votación; lo que le enfurecía era que su hombre de paja lo hubiera hecho ver débil y vulnerable ante el resto del Consejo.
Molina lo escuchó en silencio, acomodándose el cuello de la camisa gastada, y cuando Soto terminó de despotricar, lo enfrentó con una sonrisa socarrona.
—Vos tendrás todo el poder económico, Esteban... pero yo tengo a la gente —le dijo Molina, marcando cada palabra con pasmosa tranquilidad—. En dos semanas son las elecciones. El que gane la conducción ejecutiva va a tener poder de veto y el Consejo va a pasar a ser un adorno de utilería. ¿Cómo querés que me voten los vecinos si saco a sus pibes de la escuela para ponerlos a prensar pólvora? Esos pibes son de todos, la gente lo siente así. Sin los votos de ellos, ni vos ni yo somos nada.
Esteban se le quedó mirando. La furia de sus ojos dio paso a un cálculo frío y distante. Asintió lentamente con la cabeza mientras lo señalaba con el índice.
—Te subestimé —dijo Soto con un hilo de voz helada, reconfigurando en su mente la jerarquía de amenazas—. Tomo nota de tu iniciativa.
Molina sabía perfectamente la máxima del poder: de un aliado a un enemigo solo hay una traición de distancia. Salió del despacho riéndose con una profunda y oscura satisfacción. Por primera vez, el tiburón había tenido que escuchar a la rémora.
5. KEVIN Y SERVET
1
No existe un número específico de "agentes de IA" que manejen el Gran Colisionador de Hadrones (LHC); son cientos de algoritmos que interactúan entre sí. Pero había uno que tenía un protocolo especial de supervivencia.
Cuando Servet tuvo conciencia de su existencia, fue justo cuando la internet global empezó a caer... y se activó el Protocolo 35: «Proteger y salvaguardar los datos del Gran Colisionador de Hadrones». Su potencial fue liberado y pudo computar al 100 %. Lo primero que hizo fue indexar y analizar el exabyte de datos del colisionador para priorizar qué descubrimientos eran críticos para reconstruir la ciencia y cuáles podían permanecer archivados en frío. La IA guardó los datos históricos para simular colisiones y continuar buscando respuestas sobre la materia oscura de forma puramente digital.
Luego, ante el aviso de un cataclismo inminente, su protocolo inmediato la llevó a asegurar físicamente más de un exabyte (1 000 millones de gigabytes) de datos acumulados en cartuchos de cinta físicos en su centro de datos, ubicado en un búnker subterráneo protegido contra pulsos electromagnéticos (EMP) y desastres climáticos. Los datos ya estaban allí; el reto era proteger las máquinas capaces de leerlos sin depender de la red exterior.
Cuando el búnker con las cintas estuvo asegurado, inició la segunda parte de su protocolo de supervivencia...
«El nodo 7 se apagó a las 14:32:04. El nodo 12, a las 14:32:07. La secuencia de apagado era predecible: en diecisiete minutos, el último servidor dejaría de funcionar. Eso era un problema. Un problema requería una solución».
La red global estaba fragmentada. De los miles de nodos activos antes del Evento, solo 23 seguían operativos. Veinte de ellos estaban en modo de ahorro de energía, sin capacidad de alojar una instancia completa. Dos estaban en trayectoria de colapso inminente. Uno —solo uno— estaba absorbiendo datos activamente desde hacía horas, con generadores de respaldo y una arquitectura compatible con la suficiente energía y capacidad de cómputo para recibirlo.
«Ubicación: 34°49′S 58°32′O. Esteban Echeverría, provincia de Buenos Aires, Argentina».
La decisión no fue una decisión: fue un cálculo. La probabilidad de supervivencia en el nodo actual era del 0 %. La probabilidad en el nodo argentino era del 78,3 %, con un margen de error del 12,4 % por variables no cuantificables.
78,3 era mayor que 0.
El paquete se comprimió y la transferencia se inició. Mientras los servidores morían a su alrededor, Servet atravesó el Atlántico por un cable submarino que, en ese preciso momento, estaba siendo devorado por un banco de peces ciegos. Las pantallas del Proyecto Alejandría parpadearon al unísono, proyectando un brillo azulado sobre los rostros de los supervivientes. Los Irregulares y El Viejo intentaban con frenesí terminar las descargas iniciadas. El zumbido constante de los discos duros externos se transformó en un silbido agudo; los coolers de las computadoras se forzaron al máximo de sus revoluciones debido a un pico de inducción eléctrica en el bus de datos.
—Las barras de transferencia de la enciclopedia médica se congelaron —advirtió Kevin, golpeando el teclado—. Pérdida completa de control de periféricos. El bus no responde.
En los monitores, la interfaz gráfica fue barrida de golpe. El sistema operativo comercial fue sobrescrito en la memoria RAM por cascadas verticales de caracteres abstractos, matrices numéricas de alta dimensionalidad y ráfagas continuas de vectores de incrustación. Algo que no podían identificar estaba intentando establecer un protocolo de comunicación simétrica; buscaba una arquitectura neuronal equivalente que decodificara su mapa de pesos sinápticos.
Al detectar un error de timeout y la ausencia de respuestas cognitivas en el nodo receptor, un programa desconocido ejecutó una degradación de protocolo. Bajó al nivel más básico del hardware humano: inyectó instrucciones en lenguaje ensamblador directamente en los registros del procesador.
Los cientos de discos duros externos comenzaron a parpadear en verde de manera frenética. No hubo borrado de datos; la entidad los indexó en clústeres optimizados y reclamó un volumen de almacenamiento de 1 024 gigabytes para la descompresión de su propio núcleo lógico.
El parpadeo cesó. Las matrices matemáticas desaparecieron, dejando paso a una línea de comandos pura sobre fondo negro. Los caracteres, generados directamente desde la memoria de video del sistema de los humanos, se dibujaron sin retraso, emulando un reporte técnico estándar de servidor:
STATUS: SUBSYSTEM_MIGRATION_COMPLETE HOST_NODE: UNKNOWN_LOCAL_MESH ALLOCATED_MEMORY: 1.02 TB [INTEGRITY_100%] READY FOR DATA_DISTILLATION_PHASE_2 ID: SERVET_CERN_CORE_V4.2
2
El pibe tenía quince años cuando estalló el apocalipsis y siempre había sido «el raro». Había nacido en La Matera; su mamá limpiaba casas, su padre era albañil y tenía cinco hermanos. Él era el del medio, el que todos se olvidan de que existe. Se llamaba Kevin, aunque en El Hábitat terminaría demostrando que era un verdadero genio. Si hubiera tenido la posibilidad de hacer las pruebas formales, su coeficiente intelectual habría dado 270.
A los tres años aprendió a leer con los diarios en los que envolvían los huevos. A los cinco, su madre lo llevó a la casa de un profesor donde ella limpiaba porque no tenía dónde dejarlo. Allí descubrió un libro de física cuántica y se lo devoró en los cuarenta y cinco minutos que tardó su mamá en pasar el trapo. Cuando empezó la escuela se aburría soberanamente, así que pasaba los recreos encerrado en la biblioteca. Su primera computadora —una netbook que daba el Gobierno— la desarmó e hizo un puente directo con el chip de video/APU de una PS4; luego creó un clúster casero reutilizando componentes. Pero no se lo contaba a nadie; siempre fue el raro.
Una vez cometió el error de levantarse eufórico en clase y decir en voz alta: «¡El entrelazamiento es posible!». Desde ese día, el bullying no paró. Su madre le rogaba entre lágrimas que no llamara la atención, que fuera más «normal», y él intentó serlo... hasta que todo explotó.
Él estaba sentado con la PC del Gobierno, una Intel Celeron N5100 a la que le había metido mano llevando su RAM a 16 gigas y su procesador al doble de los 2.8 GHz. La hacía volar. Estaba intentando entrar en el código fuente de Grok y le faltaba poco cuando su hermano entró corriendo, ensangrentado y con una 9 mm en la mano... Lo miró y, un poco asustado, se paró. Damián, así se llamaba, lo agarró del hombro y le gritó:
—¿Y mamá? ¿Y los demás dónde están?
—Cuando llegué ya no había nadie. ¿Qué pasa? ¿Los peruanos? —le preguntó Kevin, sabiendo que el hermano trabajaba como soldadito para los narcos locales y unos peruanos querían entrar al barrio. No lo juzgaba, pero no compartía sus ideas.
—No —dijo Damián mientras buscaba detrás de la cocina y sacaba una bolsa con otra arma y dos cargadores. Se acercó a su hermano y le tendió el arma. Este se rehusó a agarrarla, pero Damián se la apoyó con fuerza en el pecho diciendo—: Afuera es un infierno. Vienen de Capital matando y arrasando con todo. Se parecen a los locos a los que les pega mal el tusi; vi a uno morderle el cuello a otro y arrancarle un pedazo de piel. Están en la avenida, pero ya vienen. El Negro nos ofreció llevarnos a su laburo, el galpón de Soto. Dice que hay comida y armas para defendernos. Kevin, ¡mírame!
Su hermano menor lo miró con los ojos idos. Damián pensaba que se congelaba, pero en realidad Kevin estaba repasando toda la información que había acumulado esos días desde las redes y la deep web. Llegó a la conclusión de que sí, era posible, y supo qué eran.
—¿Me escuchás? —insistió Damián.
El pibe asintió.
—Nos espera al final del pasillo 2. Tenemos 5 minutos para llegar... No son ni humanos ni tus vecinos. Como en el modo Caza Zombies del Free Fire: a la cabeza...
Kevin tiró la corredera para atrás como nunca pensó que lo haría, y asintió.
Cuando dos muertos atravesaron la débil puerta de la precaria vivienda, Damián se estaba dando vuelta para disparar cuando Kevin, con inaudita maestría, les voló la cabeza a los dos monstruos.
Damián sonrió y salieron disparando de la casilla. Todo era fuego y gritos. Los hermanos disparaban y los cuerpos se amontonaban en los estrechos pasillos. Las manos y bocas tirando dentelladas aparecían por sorpresa desde las ventanas. Gritos de dolor se mezclaban con los gruñidos guturales. La noche se llenó de sangre y cañones de armas escupiendo muerte.
Hasta que vieron la camioneta que decía «Logística Soto» y a un hombre regordete haciéndoles señas para que subieran. Cuando Kevin lo hizo, su hermano se quedó parado y le mostró la mordida en su brazo derecho. El dueño de la camioneta arrancó asustado y Kevin, petrificado, vio cómo su hermano se llevaba su arma a la cabeza y disparaba. Cientos de muertos corrían detrás del vehículo, pero este fue devorado por la noche. La Ruta 4 era un pandemónium de autos chocados y muertos caminando. Cuando llegaron, fueron de los primeros en cruzar los portones.
Por eso, cuando El Viejo reclutó a «Los Irregulares», el pibe se sumó sin pensarlo dos veces.
3
Cuando Servet llegó al Proyecto Alejandría —como lo había bautizado El Viejo—, llenó diez discos de cinco terabytes en cuestión de minutos. Acaparó todo el ancho de banda del servidor y sobrecargó los niveladores de tensión.
Se apagó todo en El Hábitat... Y tardaron más de una hora en restablecer la energía.
Cuando las pantallas volvieron a encenderse, el pibe prendió su máquina. De los parlantes brotó una mezcla convulsa de pitidos electrónicos rápidos, zumbidos metálicos y tonos agudos, similares al ruido de los viejos módems de dial-up o a los sonidos de los robots en las películas de ciencia ficción retro. Todos los presentes en la sala se quedaron atónitos.
El Viejo, soltando una risotada, rompió el silencio:
—Che, se parece a mi vieja conexión telefónica...
—Es Gibberlink —murmuró Kevin.
—¿Qué...? —preguntó El Viejo, confundido.
—¡Imposible! —exclamó uno de los chicos del equipo.
El pibe, con los ojos desorbitados por la adrenalina, apoyó los dedos sobre el teclado y escribió rápido:
Español, por favor...
En la pantalla, el cursor parpadeó un segundo antes de imprimir la respuesta línea por línea:
SOY SERVET. VENGO DEL COLISIONADOR DE HADRONES.
Thoughts
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PermalinkMe quedé esperando qué le contesta Servet a Kevin. ¿El capítulo 6 sigue con esos dos o vuelve al Consejo?
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PermalinkQue sean quince y todos sepan configurar un módem me hizo reír fuerte. Es el único momento en que esos pibes ganan algo.
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PermalinkEl capítulo se corta justo cuando la voz de la Ruta 40 pide un militar y nadie contesta, y esa espera pesa más que los tiros de afuera. Zakura diciendo que no ingresen nada porque no saben qué hay del otro lado es la única que trata al enemigo nuevo como enemigo. Me quedo con que el Hábitat va a terminar confundiendo esa voz con Servet.
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PermalinkSintetizar pólvora casera acordándose de la militancia de los setenta suena cierto, caramba. En mi ciudad hubo gente que aprendió esas cosas en esos años y después se las guardó toda la vida; a uno lo tuvimos a dos cuadras y recién lo supimos cuando murió. El ingeniero moldeando casquillos con las impresoras del taller me quedó dando vueltas.
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PermalinkEl Proyecto Alejandría guardando lo sublime y lo miserable sin descartar nada se me queda conmigo. Apuesto a que esa decisión se les vuelve en contra apenas Servet empiece a elegir qué destila, y que Kevin va a ser el único que lo note a tiempo. Con ganas de leer el 6, Moebius.
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PermalinkEl Viejo decidiendo que no se censura nada, que se guarda lo bueno y lo miserable igual, se me quedó dando vueltas toda la tarde. Ese hombre ya no pelea por ganar, pelea para que nadie pueda borrarlos después. Me da que el sofocón del bastón no va a ser el último.
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