Me pasaste a buscar. Yo salí arrastrando los pies y fingiendo una sonrisa. Te saludé fuerte y claro para que no vieras mi frágil interior, pero en el fondo, muy en el fondo, deseaba que me vieras, que preguntaras si estaba bien. Pero sabía que no pasaría, ya que me había encargado de encubrir todo lo que pudiera delatar mi sentir.
El día transcurrió y, no lo niego, fue fantástico. Lo disfruté. Bebimos, reímos y comimos juntos. Por un momento creí que ya nada me volvería a afectar, pero esta maldita sensación volvió apenas me despedí y cerré la puerta. Miré todo a mi alrededor: la loza de hace tres días, arrumbada y maloliente. El sillón, manchado y lleno de colillas. Sentía que mi tristeza me ahogaba y que un buey me pisaba el pecho. Quise salir y gritar lo que sentía. Estuve a punto de hacerlo, pero cuando llegué y toqué la manilla de la puerta, tu auto ya se había alejado. Me arrodillé, sentí el metal pesado en mi mano y.
Llegué a recogerte como de costumbre para salir un rato y charlar, pues pareciera que tienes la respuesta para todo y eres la persona más fuerte que conozco. Toqué la puerta y de ahí emergiste con tu característica sonrisa y ánimo. Al saludar, me dijiste: «Vámonos, ya que quiero disfrutar». Yo solo asentí y, mientras me reía, pues contigo la vida se sentía más ligera, como si deshicieras los nudos de mi estambre.
Salimos, bebimos, reímos y comimos. Fue de las mejores tardes que hemos pasado juntos. Nos subimos al auto y, entre risas, logré divisar algo que me inquietó: una lágrima seca recorriendo tu mejilla. Al principio imaginé que era de risa, por lo que no presté atención. Te dejé y dudé si entrar o no para hacerte la maldita pregunta más importante, pero con menos peso para las personas en el día a día: «¿Cómo estás?».
Al final me decidí por irme, puesto que pensé: «Es el Diego, claramente está bien».
Arranqué y, pasados 3 segundos, escuché el estruendo. Volví lo más rápido que pude, entré a la fuerza y.