Cuando alguien muere el mundo no se detiene. Nadie más que los cercanos al muerto perciben el sustancial, pero casi etéreo deceso del ser querido. Uno, dos días, quizás un tercero y hay que volver a la rutina. Cargando en la conciencia con una risa, un abrazo o hasta un beso que a partir de allí, ya es recuerdo.
Leí una vez que cuando alguien que uno ama muere, se muere también esa forma del querer. Nada sabe igual después porque se tiene que empezar por querer al revés, desde los recuerdos y no desde lo espontáneo del amor. Las peleas pierden su magia si tengo que revivirlas: quiero un grito nuevo, un insulto ingenioso nacido desde el mismísimo centro del odio. Quisiera contar las lágrimas nuevas y no hacerlas avanzar o retroceder por tus mejillas.
Hay un silencio visceral en el espacio entre la vida y la muerte; incluso más allá. Está la captura de un momento en específico asomando a la conciencia, luego la elección de un marco bonito a juego y para cuando uno se quiere acordar la fotografía reposa sobre algún mueble de la casa.
Fría tras el vidrio, estática.
No quiero su sonrisa o su mejor pose, quiero preguntarle porque todavía no regreso a casa o cuál va a ser la excusa que se invente. Esperar con la certeza del reencuentro humano, vivo; no aguardar a que las agujas del reloj avancen hasta mi muerte.
Los recuerdos se desgastan, creí que por olvidarlos o regresar infinidad de veces a la última vez. La verdad es que quiero olvidarme de mí.
Soy yo con tu forma, tus ojos, aroma; lo que creamos el uno del otro durante el devenir del tiempo.
Quisiera algo nuevo, un préstamo para verte a través de un otro querer, otro cariño. Así aprendería algo sin importar mucho el qué.
La rutina ya no es rutina, es un break, un respiro. La verdadera rutina comienza ahora. Quizás más de ocho horas me deberé al oficio del extrañar, ocho horas al trabajo. Lunes, martes, miércoles toca de tres a cinco soñarte. De cinco a seis a esperarte. De viernes a sábados, dolerte.
¿Será así? no contestes, al fin y al cabo ya no puedes. Perdón, es la euforia, no me enojo contigo. Déjame procesar todo esto para llegar libre al domingo y juntos tomarnos un respiro.