Volví a tu perfil de Instagram. Lo hice con esa sed de quien busca un rostro conocido entre tanto caos, aunque ese "conocido" me duela en las comillas.
No lo puedo negar: mis ojos todavía se arrodillan ante los tuyos. Me bastó una foto para que la cara me delatara, para que una sonrisa de oreja a oreja me partiera el rostro y las pupilas se me dilataran como si te estuviera tocando
No me di cuenta del incendio que llevaba encima hasta que mamá me miró y me desnudó con su pregunta: “¿Por qué sonreís así, tan enamorada?”. Me quedé ahí, expuesta.
No me arrepiento de no haber dado el paso en falso; mi alma sabía que no estaba lista para sostener tu mirada color café, esa que me desvela los sentidos y me hace galopar las emociones hasta el cansancio.
Pero hoy, con la guardia baja, me arrepiento de no haber tenido la madurez o la pureza de estar entera frente a tu presencia.
Te veía tan sano, tan empático... tan lleno de una paz que no lograba comprender.
¿Cómo podías combinar tu luz con mi oscuridad? ¿Cómo podía mi bolsa repleta de dudas y de este paso tortuoso caminar al lado de la tuya?
Me consuela la mentira de creer que todavía recordás mi nombre, o que esperás que aparezca en algún rincón de tu vida.
Me aferro a la esperanza de esa simbiosis que nunca fue, pero que en mi pecho sigue intacta.
Porque si no hay mañana para nosotros, me queda este desgarro dulce: saber que conocerte entre tanta gente rota fue, aunque sea por un instante, tocar el cielo con los pies.