Nunca imaginé que algún día tendría que aprender a vivir sin ti, Ricky, ni que una casa pudiera sentirse tan vacía cuando todavía guarda tantos recuerdos tuyos.
Yo pensaba que lo peor había pasado, que aquellas crisis que tanto miedo nos dieron eran parte de una historia que por fin estábamos dejando atrás. Volví a respirar tranquila, volví a ilusionarme con tenerte muchos años más, sin saber que la vida todavía nos guardaba una despedida para la que nunca iba a estar preparada.
Y tú seguiste luchando, mi amor, con esa fuerza tan tuya, con esas ganas de quedarte que yo habría querido convertir en tiempo infinito. Pero llegó un momento en que ni los medicamentos pudieron ayudarte, y tuve que enfrentar la tristeza más grande: entender que amarte con toda mi alma no significaba que pudiera salvarte.
Tal vez nunca deje de extrañarte. Tal vez haya días en los que tu recuerdo me haga sonreír y otros en los que me quiebre por dentro al recordar que ya no puedo abrazarte. Y supongo que eso también es amor: aprender a llevar una ausencia que nació de haber tenido la suerte de compartir la vida contigo.
Gracias por los hermosos momentos que me regalaste. Gracias por quererme en mis días buenos y en esos otros en los que ni yo sabía cómo sostenerme por mi salud tan frágil, si alguna vez fui tu lugar seguro, quiero que sepas que tú también fuiste el mío.
¿Quién me enseña a no buscarte cuando entro en casa, a no imaginarte cerca cuando necesito compañía, a aceptar que mis manos todavía recuerdan tus caricias, pero ya no pueden alcanzarte?
Mil gracias Ricky por acompañarme cuando yo también necesitaba que alguien se quedara, por ser mi refugio sin saberlo y por enseñarme que el amor más puro muchas veces tiene cuatro patitas y un corazón que solo sabe entregarse
Descansa, mi mejor amigo, ya no tienes que ser fuerte ni luchar más; ojalá pudiera abrazarte una última vez y decirte al oído que lo hiciste bien, que estoy orgullosa de ti y que no había nada más que pudieras hacer para que yo te amara todavía más
Tú luchaste hasta el final, mi pequeño, y ojalá hubieras podido entender que nunca necesitaste ser más fuerte para merecer quedarte, porque para mí siempre fuiste perfecto, incluso en tus días más difíciles.
Y si existe un cielo donde los perritos esperan a quienes amaron, ojalá algún día vuelvas a reconocer mis pasos y corras hacia mí con la misma alegría de siempre, como si entre nosotros nunca hubiera existido una despedida. Te amo, mi pequeño, y aunque la vida me haya obligado a despedirme de tu presencia, tus patitas dejaron huellas en mi alma que ni el tiempo, ni la distancia, ni la muerte podrán borrar jamás.
Hasta la próxima… mi peludito…cruza el puente del arcoíris…. y descansa en las nubes…