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El diario de valglot : capítulo 8

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CAPÍTULO 8 — EL BOSQUE DE SAN MARCOS

La mañana llegó demasiado rápido.

Leo no había dormido.

Seguía pensando en el teléfono encontrado en el edificio abandonado.

**“BUSCA EL DIARIO PERDIDO.”**

Y debajo...

**BOSQUE DE SAN MARCOS.**

Alice estaba sentada frente a él en una pequeña cafetería, mirando el teléfono que el detective había dejado sobre la mesa.

—¿Estás seguro de que quieres ir? —preguntó.

Leo tomó un sorbo de café.

—No.

Alice levantó una ceja.

—¿Entonces?

—Pero necesitamos respuestas.

Daniel estaba sentado junto a ellos.

—Mi hermano investigó ese bosque durante semanas.

Leo lo miró.

—¿Y qué encontró?

Daniel negó con la cabeza.

—Nada.

—¿Nada?

—Eso decía.

Alice intervino:

—¿Y luego desapareció?

Daniel bajó la mirada.

—Sí.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces el detective entró en la cafetería.

Leo lo reconoció inmediatamente.

—¿Qué hace aquí?

El detective se sentó frente a ellos.

—Vine a decirles que no vayan.

Leo suspiró.

—Sabía que diría eso.

—Y espero que esta vez me hagan caso.

Alice cruzó los brazos.

—¿Por qué?

El detective colocó una carpeta sobre la mesa.

—Porque encontramos algo anoche.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías.

Leo tomó la primera.

Era una imagen del bosque.

—¿Qué es esto?

—Una fotografía tomada por uno de nuestros agentes hace tres años.

El detective colocó otra fotografía.

Era una vieja estructura de piedra entre los árboles.

Daniel se inclinó.

—Eso no aparece en los mapas.

—Exactamente.

Leo miró al detective.

—¿Qué hay ahí?

—No lo sabemos.

—Entonces tenemos que ir.

—No.

El detective cerró la carpeta.

—Escuchen bien. Ese lugar está relacionado con varias desapariciones.

Alice preguntó:

—¿Incluyendo la del hermano de Daniel?

—Sí.

Daniel apretó los puños.

—Entonces voy.

—No.

—¡Es mi hermano!

El detective lo miró fijamente.

—Precisamente por eso.

Daniel se quedó callado.

El detective continuó:

—Ayer encontramos algo más.

Sacó una fotografía diferente.

Esta vez mostraba una cámara de seguridad.

En la imagen aparecía una persona entrando al bosque.

Leo reconoció la ropa.

—Ese es el asesino.

—Creemos que sí.

Alice acercó la fotografía.

—¿Cuándo fue tomada?

El detective respondió:

—Ayer.

Leo abrió los ojos.

—¿Ayer?

—Horas antes de que apareciera en el edificio.

Daniel preguntó:

—¿Entonces sigue allí?

El detective asintió.

—Probablemente.

Leo miró nuevamente la fotografía.

—¿Y Valglot?

El detective guardó silencio.

—No sabemos dónde está.

---

Dos horas después...

Leo, Alice y Daniel estaban frente a la entrada del Bosque de San Marcos.

El detective había dejado claro que no podían acompañarlos oficialmente.

Pero tampoco había podido impedir que fueran.

Alice miró los árboles.

—No me gusta esto.

Leo ajustó su mochila.

—A mí tampoco.

Daniel sostuvo una linterna.

—¿Listos?

Leo asintió.

Los tres entraron.

El bosque estaba extrañamente silencioso.

No había pájaros.

No había insectos.

Solo el sonido de sus pasos.

**Crack.**

Una rama se rompió bajo el pie de Daniel.

—Perdón.

Alice lo miró.

—Casi me matas del susto.

Daniel sonrió nerviosamente.

—Lo siento.

Continuaron caminando.

Después de unos minutos...

Leo se detuvo.

—Esperen.

Alice miró alrededor.

—¿Qué?

Leo señaló el suelo.

Había una huella enorme.

Daniel se acercó.

—Es imposible.

Leo se agachó.

La huella era profunda.

Y tenía forma de una enorme pezuña deformada.

Alice susurró:

—Valglot.

Leo no respondió.

Siguieron las huellas.

Una.

Dos.

Tres.

Hasta llegar a un árbol.

En el tronco había algo tallado.

Un símbolo.

El mismo símbolo que aparecía en la antigua página del diario.

Daniel sacó su teléfono.

—Voy a tomar una foto.

**Click.**

La pantalla del teléfono se apagó.

—¿Qué?

Daniel intentó encenderlo.

Nada.

Alice sacó el suyo.

—El mío tampoco funciona.

Leo miró el suyo.

También estaba apagado.

—Estamos sin señal.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

Miró la pantalla.

—No es solo la señal.

Leo frunció el ceño.

—¿Entonces?

Daniel mostró el teléfono.

—La batería estaba al ochenta por ciento.

Ahora marcaba:

**0%.**

Alice retrocedió.

—Tenemos que regresar.

Leo miró hacia adelante.

Entre los árboles se veía una pequeña luz.

—Esperen.

—¿Qué? —preguntó Alice.

—Hay algo allí.

Se acercaron lentamente.

La luz provenía de una pequeña cabaña abandonada.

La puerta estaba entreabierta.

Daniel tragó saliva.

—No me gusta.

Leo miró la puerta.

—A mí tampoco.

Alice lo agarró del brazo.

—Leo...

Él la miró.

—¿Qué?

—Mira la puerta.

Había tres marcas.

**Toc.**

**Toc.**

**Toc.**

No eran golpes.

Eran palabras escritas con algo oscuro.

**NO ABRAS.**

Leo recordó inmediatamente el diario.

*"Si escucha tres golpes, no abras."*

Daniel retrocedió.

—Nos están siguiendo.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Alice.

Daniel señaló detrás de ellos.

En el barro había nuevas huellas.

No eran de Valglot.

Eran huellas humanas.

Y terminaban exactamente donde estaban ellos.

Leo sintió un escalofrío.

—Alguien nos siguió.

Entonces...

una voz apareció detrás de ellos.

—No deberían haber venido.

Los tres se giraron.

El detective estaba allí.

Leo abrió los ojos.

—¿Usted?

El detective respiró profundamente.

—Sí.

Alice preguntó:

—¿Nos siguió?

—Sí.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por qué?

El detective miró hacia la cabaña.

—Porque sabía que encontrarían esto.

Leo observó su rostro.

Algo no encajaba.

El detective parecía nervioso.

Demasiado nervioso.

Leo dio un paso hacia él.

—¿Usted ya había estado aquí?

El detective no respondió.

—Detective...

Silencio.

Leo lo miró fijamente.

Y entonces recordó algo.

El mensaje del asesino.

“EL VERDADERO CAZADOR ESTÁ MUCHO MÁS CERCA.”

Leo sintió que su corazón se aceleraba.

Miró al detective.

Luego la cabaña.

Y finalmente las huellas.

—Alice...

—¿Qué?

Leo habló en voz baja.

—No entres en la cabaña.

Alice lo miró confundida.

—¿Por qué?

Leo no apartó los ojos del detective.

—Porque creo que acabamos de encontrar otra pieza del misterio.

El detective levantó lentamente la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Leo respondió:

—Que quizá el asesino no sea la única persona que nos está ocultando algo.

El viento sopló entre los árboles.

Y desde el interior de la cabaña...

se escucharon tres golpes.

**Toc.**

Todos se quedaron inmóviles.

**Toc.**

El detective palideció.

**Toc.**

Leo susurró:

—No abras.

Pero entonces...

la puerta comenzó a abrirse sola.

**CREEEEEK...**

Y desde la oscuridad de la cabaña...

algo susurró:

—Leo...

Los tres se congelaron.

La voz volvió a escucharse.

—...por fin llegaste.

Continuará...

jajaja...

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