La campana de plata sobre la mesa de caoba me hace pensar en un hotel del que no te dejan salir: todo el lujo puesto para que nadie pregunte por la puerta. Da la impresión de que Haniel y Laion no están de acuerdo en qué hacer con ella, y por ahí se va a romper algo. Bienvenida a Seavien, @Arwen, y gracias por subirlo!
El despertar
El sol se filtraba entre los edificios de la avenida como si intentara buscar un último refugio antes de que la ciudad se entregara a la noche. Erika ajustó su abrigo, sintiendo el frío de la tarde,…
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La campana de plata sobre la mesa de caoba me hace pensar en un hotel del que no te dejan salir: todo el lujo puesto para que nadie pregunte por la puerta. Da la impresión de que Haniel y Laion no están de acuerdo en qué hacer con ella, y por ahí se va a
Contenido de la publicación
El sol se filtraba entre los edificios de la avenida como si intentara buscar un último refugio antes de que la ciudad se entregara a la noche. Erika ajustó su abrigo, sintiendo el frío de la tarde, pero con el pecho cálido por la anticipación. Faltaban apenas unos minutos para que él saliera del trabajo; esos minutos que ella siempre guardaba como un tesoro, observando cómo las sombras se alargaban sobre el asfalto. *Ya está por llegar*, pensó, y una sonrisa suave se dibujó en sus labios, ajena al movimiento frenético de las personas que pasaban a su lado como fantasmas apurados.
De repente, el aire parecía detenerse. Un hombre, con los ojos empañados y las manos temblorosas, se detuvo frente a ella. No hubo advertencia, solo un movimiento brusco y un impacto seco que le robó el aliento. **El dolor fue un frío intenso**, una acción violenta en su tarde perfecta. El desconocido, con el rostro desfigurado por el llanto, le susurró al oído con una desesperación que le heló la sangre: *«Perdóname... ellos me obligaron a hacerlo»*. Antes de que ella pudiera procesar el horror, él se perdió entre la multitud, dejándola sola con su propia fragilidad.
Se deslizó lentamente hacia el suelo, apoyándose contra la pared fría de ladrillo. El mundo comenzó a volverse borroso, entre los gritos de las personas a su alrededor asustadas por la situación a lo lejos, una voz conocida rasgó el caos. «¡Erika!», gritó él, su marido, con una urgencia que le desgarró el alma. Pero para ella, el sonido se desvaneció, transformándose en un susurro lejano. Solo alcanzó a escuchar *«ika»*, un fragmento de su nombre que se perdía en la oscuridad mientras sus ojos se cerraban.
El marido, con las manos manchadas de un rojo que parecía no tener fin, presionaba la herida con una desesperación que le quebraba la voz. «¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Llamen a una ambulancia!», gritaba, pero su voz se perdía en el bullicio de la gente, ahogado por el pánico que le paralizaba los dedos. No había nada que pudiera hacer; el calor de la vida de Erika se escapaba entre sus manos, y la impotencia era un peso insoportable que le oprimía el pecho mientras el mundo se a su alrededor se volvía un caos de sirenas y gritos.
A pocos metros, al otro lado de la calle, un hombre observaba la tragedia con una calma inquietante. Su cabello oscuro contrastaba con unos ojos de un verde esmeralda tan intenso que parecían brillar con luz propia, ajenos a la tragedia humana que se desarrollaba frente a él. Mientras la multitud se hacía cada vez más grande rodeando la escena, el desconocido dejó escapar una risa discreta, casi imperceptible, que se fundió con el ruido de la ciudad. *«Es hora de despertar»*, susurró para sí mismo, y antes de que alguien pudiera notar su presencia, se desvaneció entre la gente como si nunca hubiera estado allí.
El trayecto al hospital se volvió interminable, como si el camino se hubiera alargado de repente. Dentro de la ambulancia, el tiempo parecía haberse detenido. Erika yacía inmóvil, su piel perdiendo el último rastro de calidez bajo las luces fluorescentes. Los médicos trabajaban con una precicion, pero el sonido que dominó el espacio no fue el de sus voces, sino el **pitido constante y agudo** de la máquina, una nota única que anunciaba el final de todo. *No, por favor, no*, sollozaba él, aferrándose a la mano inmovil de su esposa, suplicándole que regresara, que no lo dejara solo en un mundo que de repente carecía de sentido.
El llanto del hombre llenaba el pequeño habitáculo, un lamento roto que se mezclaba con el zumbido eléctrico. En medio de su desesperación, sintió una mano firme y compasiva sobre su hombro. La enfermera, con el rostro marcado por la fatiga y la tristeza, lo miró con una lástima que le atravesó el alma. Con una voz apenas audible, cargada de una pesadez que no necesitaba explicaciones, ella simplemente susurró: *«Lo siento»*.
La lluvia caía sobre el cementerio, empapando su ropa y su rostro. Permanecía inmóvil frente a la tumba, incapaz de apartar la mirada mientras el cajón descendía lentamente. Sentía que, con él, también se iba una parte de su vida. Cada vez que la madera se hundía un poco más en la tierra húmeda, sentía que algo dentro de ella se quebraba. El dolor era tan profundo que no encontraba palabras para expresarlo.
El dolor se había vuelto insoportable. Cada respiración le costaba un esfuerzo, se extendía por su pecho, cerrándole la garganta.
No podía soportar el sonido sordo de la tierra golpeando la tapa del ataúd, un eco final que sellaba su soledad de manera definitiva. *No te vayas*, suplicaba en silencio, mientras el mundo a su alrededor se volvía un borrón de paraguas negros y miradas compasivas que él ni siquiera alcanzaba a registrar.
Dos años se habían desvanecido como un suspiro, o quizás nunca existieron. Erika abrió los ojos, encontrándose no con la oscuridad eterna que esperaba, sino con la luz suave que se filtraba por un techo de molduras doradas y seda. El aire aquí era distinto, perfumado y cálido, una caricia que contrastaba violentamente con el frío de la tierra que aún creía sentir en sus huesos. *¿No había muerto?*, se preguntó, con el corazón latiendo con una fuerza desconocida, casi ajena. Se incorporó lentamente, sintiendo la suavidad de unas sábanas que no reconocía, mientras el silencio de la habitación se volvía un peso denso y expectante.
Antes de que pudiera articular una palabra o buscar una salida, el sonido de la puerta abriéndose rompió el silencio. La puerta se abrió con una elegancia pausada, revelando una silueta que se recortaba contra la luz del pasillo. Erika contuvo el aliento, con los ojos fijos en la figura que entraba, sintiendo cómo el mundo que conocía se desmoronaba una vez más ante la incertidumbre de lo que estaba por venir.
un Hombre de una belleza casi irreal, con el cabello rubio como seda, ojos de un azul gélido y labios de un rojo intenso que destacaban sobre su piel blanca como la nieve. Se acercó con una gracia sobrenatural, deteniéndose al pie de la cama. «¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?», preguntó con una voz que resonaba con una dulzura inquietante. Erika lo observó, sintiéndose completamente perdida en aquel rostro que no reconocía, aunque algo en su presencia le provocaba un escalofrío familiar. «¿Quién eres?», logró articular, con la voz quebrada por la confusión.
El hombre tenía una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una expresión que oscilaba entre la compasión y un secreto antiguo. «¿De verdad no te acuerdas de mí?», inquirió, inclinándose ligeramente hacia ella, como si estuviera esperando que un recuerdo olvidado despertara en la mente de Erika. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que le erizaba la piel. Erika, aferrándose a las sábanas con dedos temblorosos, buscó una respuesta en aquel entorno lujoso y ajeno. «¿Dónde estoy?», susurró, sintiendo que la realidad se le escapaba entre los dedos una vez más.
El hombre soltó una risa suave, un sonido que carecía de calidez y que pareció vibrar en las paredes de la habitación. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Erika con una elegancia depredadora. «Esa no es una pregunta que debas hacer ahora», respondió con una calma gélida, mientras sus dedos, largos y pálidos, rozaban apenas la seda de la sábana. «Como están las cosas, parece que todavía no estás lista para la verdad. Por ahora, me limitaré a llamarte Erika, aunque es evidente que eres una persona totalmente diferente a quien realmente eres».
Erika sintió que el suelo debajo de su cama se tambaleaba bajo su consciencia. Las palabras del desconocido no eran solo un acertijo; eran una sentencia. *¿Diferente?*, pensó, mientras intentaba recordar el calor de su marido, el frío de la lluvia en el cementerio y la sensación del metal en su piel. Todo aquello se sentía ahora como un sueño ajeno, una vida que le habían arrebatado o, peor aún, que nunca le había pertenecido.
Erika se puso en pie, aunque sus piernas apenas le respondían, y la rabia comenzó a reemplazar al miedo. «¿Por qué me hicieron esto?», gritó, su voz resonando en la habitación con una desesperación que le desgarraba la garganta. «¿Por qué me trajeron aquí?. Las lágrimas, que antes eran de puro dolor, ahora ardían con una mezcla de furia y desconcierto. Sentía que le habían robado todo lo que tenía.
El hombre no se inmutó; su expresión permaneció tan impasible como una máscara de porcelana. Erika dio un paso hacia el, buscando una respuesta, una chispa de humanidad en aquellos ojos azules. «¿Por qué arruinaron mi vida?», insistió, sintiendo cómo el aire se volvía irrespirable. El desconocido simplemente inclinó la cabeza, dejando que el silencio de la habitación fuera la única respuesta a la angustia de Erika.
El hombre soltó una carcajada seca, un sonido que no alcanzó a tocar la frialdad de su mirada. No se inmutó ante el estallido de Erika; al contrario, parecía disfrutar de la intensidad de su desesperación. «Esto es algo que tú pediste», sentenció con una calma que cortaba el aire como un bisturí. «Nadie te quitó nada, Erika. Tú solita te hiciste esto.
Erika retrocedió, sintiendo que el suelo se volvía inestable bajo sus pies. ¿Pedirlo? ¿Yo? La idea era absurda, una locura, pero la convicción en los ojos de la mujer era aterradora. «Lo primero que tienes que hacer para entender es recordar quién eres en realidad», añadió la desconocida, dando un paso hacia ella, obligándola a acorralarse contra la pared. El silencio que siguió no fue de paz, sino de una **tensión insoportable**, como si el aire mismo estuviera esperando a que Erika aceptara una verdad que su mente se negaba a reconocer.
El aire de la habitación se quebró con una presencia nueva. Sin previo aviso, el hombre de cabello oscuro y ojos de un verde esmeralda tan intenso que parecían brillar con luz propia apareció en la habitación, grito; «¡Laion Basta!», tronó él, su voz cargada de una autoridad que hizo que el hombre retrocediera. «Esto no es lo que te pedí que hicieras».
Erika sintió que el corazón le daba un vuelco, una descarga de adrenalina que le devolvió la lucidez. Sus ojos se clavaron en los de él, y de repente, el caos de aquella tarde en la avenida regresó con una claridad cegadora. No era un extraño; era el mismo hombre que la observaba desde el otro lado de la calle mientras ella se desangraba sobre el asfalto. «Yo te vi...», susurró ella, con la voz temblorosa pero cargada de una certeza repentina. «Estabas allí, al otro lado de la calle, el día que me apuñalaron. Tú me estabas mirando».
El hombre no desvió la mirada; sus ojos esmeralda, intensos y calculadores, parecían diseccionar cada una de sus dudas. Erika, con el pulso acelerado y completamente confundida intentando encajar piezas que no encajaban, dio un paso vacilante hacia él, ignorando la presencia de Laion que aún permanecía en la habitación. La confusión era un torbellino, pero la necesidad de respuestas era un ancla que la mantenía en pie.
«¿Quién eres?», preguntó Erika, su voz apenas un hilo que cortaba la tensión del ambiente. «¿Y por qué estabas ahí? ¿Por qué me mirabas morir como si fueras un espectador en una función de teatro?». La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de un resentimiento que apenas empezaba a comprender. El hombre guardó silencio por un instante, y en ese breve lapso, Erika sintió que el tiempo se estiraba, como si el destino mismo estuviera conteniendo el aliento antes de revelar una verdad que cambiaría todo.
El hombre dio un paso al frente. Sus facciones, afiladas y serenas, no mostraban ni rastro de culpa. «Me llamo Haniel», dijo, su voz resonando con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito. «En cuanto a porqué estás aquí o qué fue lo que realmente ocurrió aquella tarde... esas son respuestas que debes encontrar tú misma. Son fragmentos de un rompecabezas que solo tú puedes armar».
Sus ojos esmeralda se clavaron en los de ella, despojándose de cualquier defensa. «Nos conocemos desde hace mucho más tiempo del que tu memoria actual es capaz de abarcar», continuó, con un matiz de urgencia contenida. «La pregunta que realmente importa no es quién soy yo, sino quién eres tú en realidad. ¿Cuál es tu verdadero nombre, Erika? Porque esa identidad que llevas puesta es solo un disfraz que ya no te queda».
Erika soltó una carcajada amarga, un sonido que carecía de cualquier rastro de humor.
La cara inexpresiva de Haniel encendió una chispa de desafío en su pecho. «¿Crees que esto es un juego?», grito, dando un paso hacia él, ignorando el peligro que emanaba su figura. «¿Crees que es gracioso estar acá, con tus acertijos para escucharte decirme que mi vida entera fue una mentira?».
La habitación pareció estrecharse, el aire cargándose con la electricidad de su furia. Erika no necesitaba recordar un nombre que no sentía suyo; necesitaba respuestas que no fueran crípticas. «No me importa quién crees que soy», continuó, su voz firme a pesar del temblor en sus manos. «Lo único que sé es que me arrancaron de mi vida perfecta, para traerme a este teatro absurdo. Si esperas que te agradezca por despertarme, te equivocas profundamente».
Haniel no se inmutó ante su estallido; al contrario, una sombra de algo parecido a la lástima cruzó sus ojos esmeralda. Se mantuvo inmóvil, dejando que el eco de las palabras de Erika se disipara en el silencio denso de la habitación. Cuando finalmente habló, su voz no fue un trueno, sino un susurro gélido que pareció bajar la temperatura del ambiente varios grados.
«¿Quién te dijo que nosotros te revivimos?», preguntó, y la sencillez de la interrogante golpeó a Erika con más fuerza que cualquier grito. Laion, desde las sombras, soltó una risita ahogada, pero Haniel no le quitó la vista de encima a Erika. «Erika, tú no has vuelto de la muerte porque nunca llegaste a cruzar el umbral. Lo que estás viviendo no es un milagro, ni un experimento, ni una segunda oportunidad. Es simplemente la consecuencia de haberte negado a aceptar la realidad».
Haniel señaló hacia una pequeña campana de plata que descansaba sobre una mesa de caoba, su brillo metálico destacando en la penumbra. «En lo único que tienes que centrarte ahora es en recuperar tu memoria», dijo con una voz desprovista de cualquier rastro de empatía. «Mientras tanto, vivirás aquí con nosotros. Cualquier cosa que necesites, solo tienes que tocar la campana; vendrá gente a ayudarte con lo que haga falta».
Hizo una pausa, observando la reacción de ella, antes de añadir con una frialdad que le heló la sangre: «Puedes salir al patio si así lo deseas, el aire fresco te ayudará a pensar, pero no intentes cruzar los límites. No puedes dejar este lugar, Erika. No hasta te recuerdes quién eres en realidad». Sin esperar respuesta, s
e dio la vuelta, dejando la habitación detrás de él salió Lion.
Thoughts
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PermalinkErika con las piernas que no le responden y igual se le planta a Haniel en la cara. Dos años tirada y sale peleando, de a verdad.
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PermalinkMe quedé con el marido. Todo sigue a Erika, pero el que apretaba la herida con las manos rojas pidiendo una ambulancia y el que estuvo bajo la lluvia en el cementerio fue él, y después pasan dos años y de él no se sabe nada. Mientras ella se despierta entre sábanas de seda, él sigue en algún lado con esa vida que Haniel dice que era un disfraz. A mí me dejó más intranquila eso que la campana o el patio: que para esa gente él sea parte del decorado. Ojalá vuelva a aparecer, aunque sea de lejos.
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PermalinkLa campana de plata sobre la mesa de caoba me hace pensar en un hotel del que no te dejan salir: todo el lujo puesto para que nadie pregunte por la puerta. Da la impresión de que Haniel y Laion no están de acuerdo en qué hacer con ella, y por ahí se va a romper algo. Bienvenida a Seavien, @Arwen, y gracias por subirlo!
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PermalinkHaniel mirando desde la vereda de enfrente mientras ella se desangra, y encima la risita. Seguro que el que la apuñaló también trabajaba para él. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de Haniel?
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