Laion siguió a Haniel por el pasillo, sus pasos apenas resonando sobre el mármol pulido. La tensión en el ambiente aún vibraba, un eco persistente de la furia de la mujer que acababan de dejar atrás. Laion se detuvo junto a Haniel, observando la puerta cerrada con una mezcla de curiosidad y desdén. «¿Crees que intentará huir?» preguntó en voz baja, con un tono cortante. Es más obstinada de lo que recuerdas, Haniel. Dejarla a solas con sus pensamientos solo le dará la oportunidad perfecta para buscar una salida».
Haniel se detuvo, su perfil recortado contra la luz tenue del corredor. No se giró para mirarla, pero una sonrisa gélida se dibujó en sus labios. «Que lo intente», respondió con una calma que resultaba más aterradora que cualquier amenaza. «El miedo es una jaula mucho más efectiva que cualquier cerrojo, y ella está empezando a darse cuenta de que, fuera de estos muros, no queda nada a lo que pueda volver».
Laion soltó una risita baja, casi musical, mientras sus dedos jugaban con un anillo de plata que brillaba en la penumbra. «No subestimes la fuerza de esa obsesión, Haniel», advirtió, inclinando la cabeza con curiosidad . «Cuando finalmente logré escapar de estos muros, su primer instinto no será buscar la verdad, sino correr desesperadamente hacia él. Ella cree que al lado de su marido es el único lugar donde puede regresar».
Sus ojos azules se entrecerraron, destellando con una malicia contenida. «Y ahí es donde la verdadera tortura comenzará. Porque cuando llegue a ese supuesto refugio y descubra que el hombre que tanto anhela ya no la reconoce, o peor aún, que ha seguido adelante como si ella nunca hubiera existido, su mundo se hará añicos. Ese será el momento en que realmente se rompa, y entonces, solo entonces, será nuestra».
Haniel dejó escapar una sonrisa, casi imperceptible, mientras sus ojos esmeralda brillaban con una anticipación oscura. «Te equivocas, Laion», replicó con una calma que hizo que el aire en el pasillo se volviera gélido. «No es ahí donde termina. Es ahí, precisamente en el centro de sus cenizas, donde ella resurgirá».
Se giró hacia la puerta cerrada, como si pudiera ver a través de ella. «Cuando su mundo se desmorone y pierda todo aquello que anhela, quedará como un lienzo en blanco, libre del peso de su pasado. Solo cuando deje de ser quien cree ser podrá recordar quién es realmente.»
Después de que Haniel y Laion abandonaran la habitación, Erika se acercó al ventanal y miró hacia el exterior. Bajo el balcón se extendía un jardín amplio, cuidado con esmero, lleno de rosas rojas y azules. Sin embargo, aquel paisaje no tenía nada de mágico; solo parecía un rincón apartado y silencioso, aislado del resto del mundo.
Al fondo, en un lugar alejado, se alzaba un portón de hierro custodiado por dos guardias. Permanecían inmóviles, atentos a cualquier movimiento. Erika apretó la barandilla, sintiendo que la distancia entre ella y la salida era demasiado grande.
No podía escapar por la fuerza. Tampoco podía acercarse sin ser vista. Necesitaba encontrar una distracción o descubrir alguna ruta oculta que la llevará hasta el portón.
Observó el jardín con detenimiento. Entre los rosales, distinguió un sendero estrecho que se perdía detrás de unos árboles. Tal vez aquel camino condujera a otra parte de la propiedad.
Erika respiró hondo. Si quería recuperar su libertad, tendría que arriesgarse.
«Primero debo salir de esta habitación» murmuró,
Se apartó del ventanal y recorrió la estancia con la mirada. La puerta principal estaba cerrada, pero no parecía tener llave. Se acercó con cautela y giró el picaporte.
La puerta se abrió.
Erika contuvo el aliento. Miró hacia ambos lados del pasillo. No había nadie, aunque las voces de Haniel y Laion aún se escuchaban a lo lejos.
Salió en silencio y cerró la puerta detrás de ella. Avanzó pegada a la pared, procurando que sus pasos no resonaran sobre el mármol. Al llegar a la escalera, oyó el sonido de unos pasos acercándose.
Se ocultó detrás de una columna.
Dos guardias pasaron frente a ella conversando en voz baja.
«Haniel ordenó que nadie se acerque al ala oeste »dijo uno.
«¿Y si ella intenta escapar?»
«No llegará muy lejos. El portón permanece vigilado.»
Erika esperó hasta que sus voces se apagaron. Entonces bajó por una escalera secundaria que conducía al patio. El aire frío le golpeó el rostro y, por primera vez desde que había despertado, sintió que podía respirar.
Cruzó el jardín con rapidez, esquivando los rosales. El sendero que había visto desde el balcón se extendía entre los árboles y terminaba frente a una pequeña puerta de madera.
Erika se acercó y descubrió que no tenía cerradura. Empujó con cuidado.
La puerta se abrió con un chirrido.
Al otro lado había un camino estrecho que conducía hacia una antigua casa abandonada. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y la pintura de las paredes se había desprendido casi por completo.
Erika avanzó hasta la entrada
Empujó la puerta y entró. La casa estaba en silencio, cubierta de polvo y sombras. Erika avanzó unos pasos, observando los muebles abandonados, cuando un estruendo sacudió la habitación contigua.
El ruido fue tan fuerte que las ventanas vibraron. Erika se quedó paralizada durante un instante. Luego, al escuchar otro golpe, mucho más cercano, el miedo pudo más que su curiosidad.
Salió corriendo de la casa y atravesó el jardín sin mirar atrás. Las ramas le arañaron los brazos mientras regresaba por el sendero. Al llegar al edificio, subió las escaleras a toda prisa y volvió a su habitación.
Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, intentando recuperar el aliento. Durante unos
segundos, solo escuchó el latido acelerado de su corazón.