[Prefiere perderse el mundo antes que perderse a sí mismo]
Camina en silencio, vestido de duelo, con la triste mirada clavada en el cielo;
lleva mil recuerdos que el tiempo ha escondido y un alma cansada de tanto perdido.
Conoce las sombras, conoce el engaño, la amarga costumbre de amar y hacer daño;
ha visto a los hombres cambiar de ideales por tronos vacíos y aplausos mortales.
Aprendió que la vida no siempre es justicia, que el alma más noble también se desquicia;
que el bueno padece, que el justo se quiebra, y el malo hace fiestas mientras otro se entierra.
¿Qué vale la gloria si muere el honor?
¿Qué vale una vida sin conocer el amor?
¿Qué importa ser rey de un reino dorado, si al cerrar los ojos te sientes vacío y olvidado?
Contempla la luna, tan fría y distante, y piensa en su vida, tan breve y errante; se pregunta en silencio, mirando al vacío:
¿por qué hay tantos cuerpos y tan poco abrigo?
¿Por qué quien más ama termina perdiendo?
¿Por qué quien más calla se muere por dentro?
¿Por qué el tiempo cura las viejas heridas, pero deja cicatrices que duran mil vidas?
El mundo le exige que cambie su esencia, que venda sus principios por falsa apariencia;
que esconda su honor, que abandone su verdad, que cambie la conciencia por popularidad.
Pero él no se inclina ante el oro brillante, ni cambia sus leyes por ser importante;
prefiere la pena de andar solitario que vivir de rodillas, fingiendo a diario.
No busca venganza, tampoco perdón, tan solo silencio para su corazón;
pues sabe que el odio, aunque vista de acero, convierte en verdugo hasta al hombre más bueno.
A veces quisiera dejar de sentir, cerrar los recuerdos, dejar de existir...
No; solo quisiera, por una ocasión, hallar un descanso para su corazón.
Pues cansa ser fuerte cuando nadie lo nota, sonreír por costumbre con el alma rota;
decir que está bien cuando todo va mal, y hacer de la pena su escudo final.
Comprendió que la vida no ofrece respuestas, que algunas preguntas se quedan abiertas;
que el tiempo no explica por qué hay despedidas, ni devuelve los sueños ni cura las pérdidas.
Que todo lo hermoso se vuelve pasado, que incluso el abrazo más fiel es prestado;
que somos viajeros de un mundo fugaz, buscando en el ruido un instante de paz.
Y aun con sus penas, su frío y su duelo, no cambia sus principios por tocar el cielo;
pues vale más poco, ganado con honor, que un reino completo comprado con dolor.
Que el mundo lo juzgue, que hable a su espalda, que llame derrota a su calma y su falta;
él sabe que el hombre que vende su esencia se queda sin nada, aunque tenga opulencia.
Y cuando la noche lo cubra por entero, cuando ya no brille su paso de acero, no dejará riquezas ni un trono imponente, sino el fiel testimonio de haber sido consecuente.
Tal vez nadie recuerde su nombre al marcharse, ni exista una historia que quiera narrarse;
pero habrá una verdad que ni el tiempo ha vencido:
jamás fue un esclavo de aquello que ha sido.
Así va el caballero, sin gloria ni altar, con mil pensamientos que no ha de contar;
oscuro por fuera, melancólico y sincero, un hombre entre sombras, pero noble y entero.
Y si alguna vez le preguntan quién fue, responderá firme, sin orgullo ni fe:
«Fui alguien que, aun cuando lo perdió casi todo, jamás se traicionó por complacer a los otros».
Porque al final de la vida, cuando calle el reloj, no importará cuántas victorias guardó;
sino si en el camino, entre pena y quebranto, conservó sus principios cuando perdió cuanto amó.
Y esa será su victoria, su última verdad:
no haber sido perfecto, sino actuar con dignidad.
Pues aunque la tristeza lo vistiera de oscuro, mantuvo sus principios frente a un mundo inseguro.