"Dedicado a ti, que guardas universos enteros en silencio. De mi alma para la tuya... El brillo de las palabras."
Una flor...
El canto de un ave.
La música de un arroyo que corre sin prisa,
la sonrisa de un rostro bello,
o las palabras inocentes que un niño le regala a su madre.
Una tragedia. Un sentimiento.
La amargura, la aflicción... el tormento.
La mente completamente en blanco,
o miles de pensamientos chocando entre sí.
Todo eso... todo eso gatilla en mí el deseo de escribir.
De sentir.
De volar por el universo.
De buscar en las profundidades de mi alma ese sentimiento... ese que no puedo describir, pero que lo es todo para poder crear.
Y cuando busco ahí dentro, en el fondo, encuentro tesoros. Tesoros de la vida presente... y de la vida pasada.
Ahí puedo crear un universo lleno de colores... y sin dolores.
Es hermoso.
Es hermoso ver cómo la vida, al final, se sustenta sobre simples palabras. Las frases que nacen del corazón son pilares... puentes que me llevan mucho más allá de esta simple realidad.
Porque escribiendo... puedo ver dentro de ti. Y puedo ver dentro de mí.
Y entonces sonrío... y lloro. Hablo mucho... y de golpe, callo.
A veces no sé si estoy aquí, o ya me fui. No sé si soy real... o ya morí. No sé si he nacido, o si estoy pronto a nacer.
Pero en el fondo de mi alma... está la tinta. Esa tinta eterna que alimenta mi pluma de escribiente. Una pluma ligera. Muy ligera.
Todo es bello y todo es feo. Pero todo es. Todo existe.
Y todo lo puedo ver.
Incluso... aquello que ocultas.
Eso mismo que guardas con recelo...
en la oscuridad de tus sueños.