Donde te conocí
Amo justo donde te conocí.
Justo donde mi cabeza cansada
reposó en tu hombro.
Te extraño a ti,
justo ahí donde te conocí.
Y extraño Saltillo,
a ambos de ahí,
de la misma ciudad que me refugió.
Ambos de ahí.
Ninguno de mí.
Tú, ahora en otra ciudad,
y yo…
a una hora de lo que solía ser.
Pertenezco a tu gusto raro por el vino.
Pertenezco a tu palabra
que me derretía:
“¿qué pasa, calabaza?”
Y a tu corazón de melón.
Pertenezco tanto a tu piel,
a tus labios,
a la forma en que tu cuerpo
se sentía como un lugar conocido.
Pertenezco a aquella noche de ebrios.
Pertenezco a ese último adiós.
Necia yo,
que por mala comunicación,
por miedo sin razón,
te perdí a ti
y perdí la ciudad.
Tengo tu cuidad
pero ya no sé tu casa.
Y con mi cabeza llena de locura
más que de cordura,
se me ocurre ir.
Sin avisar.
Llegar a esa ciudad seca
y gritar tu nombre
hasta que la garganta se me quede seca,
hasta que mis ojos
y tu ciudad
sean un mar.
Gritar hasta que mi boca ya no pueda,
hasta que no me quede voz
ni lágrimas,
hasta que el último pedazo de mí
sepa que te amo.
Y quizá entonces,
solo quizá,
entiendas
que nunca quise perderte.
Que te extraño a ti
y extraño la ciudad
donde por un instante
sentí que pertenecía.