Me acusan de que seré la primera en soltar, de que tarde o temprano me iré sin mirar atrás, dejándolos a mitad del viaje y con el peso de un adiós que nunca llegó. Hablan del abandono como si fuera un instinto mío, una amenaza latente en cada uno de mis pasos. Qué amarga resulta esa ironía.
Lo que nadie se detiene a preguntar es cómo aprendí a caminar con el cuerpo alerta. No entienden que a mí me dejaron antes; que fueron otros los que dieron media vuelta sin dudar, los que avanzaron sin voltear a ver qué quedaba de mí tras su partida. Nadie vio las ruinas que tuve que juntar en silencio cuando el vacío se volvió la única compañía.
Me juzgan por el miedo a que sea yo quien los abandone, pero olvidan que no se puede acusar de frialdad a quien conoce el fuego de la herida desde adentro. Yo llevo la marca de haber sido olvidada primero, y es precisamente esa memoria la que me impide hacerle a otros la misma grieta que alguien, sin piedad, abrió en mí.