Ejercicio 4
Cuando ella salió, el sol aún estaba en lo alto. Abrió su bolso, sacó su cartera. Dentro estaba un recado: "Cafetería El Café", 5 p. m.
Llegó cinco minutos antes de la hora.
Caminó despacio hacia aquel lugar, moviendo levemente la cabeza para revisar si él ya estaba dentro.
Lo vio. Había escogido una mesa casi al fondo, al lado de una ventana. Ella sonrió; todavía se acordaba de lo incómoda que la ponían los lugares llenos de gente.
De regreso a ella. Se miró en el cristal del negocio, acomodó su cabello, su rostro y alisó su ropa. Tomó aire y entró.
Un paso.
—¿Ya me habrá visto?
Dos pasos.
—¿Por qué se ve tan serio?
Tres pasos.
Respiró profundo otra vez.
Cuatro pasos.
Ocho pasos.
—Se ve muy serio.
Doce pasos.
—No pasa nada.
Dieciséis pasos.
—Hola.
Él la miró fugazmente y sonrió apenas.
—Hola.
La invitó a sentarse.
—Siempre eres tan puntual.
Ella sonrió.
—Tú también. Siempre me agradó eso de ti.
Le dirigió una mirada suave, solo que no encontró sus ojos.
El mesero llegó con un café para él.
—Gracias.
La miró.
—¿Quieres pedir algo?
Ella, de nuevo, buscó sus ojos. Los encontró iluminados por la luz del atardecer.
—También me puede traer un café, por favor.
El mesero se fue.
—¿Recuerdas que nos conocimos en una cafetería como esta?
Él sonrió de manera suave.
—Tienes razón.
Hizo una pausa.
—Solo que esta vez es diferente.
Ella lo miraba detenidamente. Se veía muy bien: pantalón de vestir, camisa, corbata, zapatos.
—Oye, no me has dicho para qué nos vimos.
Bajó la mirada y recorrió el dorso de su mano izquierda con las yemas de la derecha.
—Pensé... que ya no querías verme.
Él respondió sin titubear.
—Quería verte.
Su voz sonó cálida.
Los ojos de ella se abrieron de par en par. No pudo evitar sonreír.
—¿Verme?
Él entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Sí. Quería verte.
Los hombros de ella se relajaron.
—Bueno, aquí estamos. ¿Para qué querías verme?
Él, sin cambiar ni su postura ni su tono de voz, respondió:
—A esta hora están llevando las cosas que tenías en mi casa a tu puerta.