Las velas hinchadas empujaban la nave a toda velocidad.
La proa rompía las olas, dejando una nube de espuma que destellaba al reflejar los rayos del sol.
El timón, firme entre sus manos, mantenía el rumbo. Se sentía uno con su barco, latiendo al ritmo del rugido de las maderas, acompasando el pulso con la vibración de la quilla.
A estribor, la península lo veía deslizarse sobre el mar, exhibiendo rocas como dientes amenazantes.
Todo estaba bajo control.
Y, sin embargo, algo no estaba bien.
No sabía qué era, pero una inquietud profunda lo mantenía alerta.
Entonces el cielo comenzó a cambiar.
El azul profundo fue cediendo su lugar a tonos naranjas y rojos que se extendían con una rapidez imposible.
El viento cambió.
La península había desaparecido.
El mar se volvió negro.
Las olas crecían sin descanso.
¿Cómo había ocurrido? ¿Dónde había quedado aquel lugar seguro? ¿Qué había sucedido para que, en un instante, todo se volviera tan peligroso?
Sus manos apretaban con fuerza el timón, intentando recuperar un rumbo que ya no sabía cuál era.
Las velas apenas resistían. Las maderas crujían, anunciando que el barco estaba al límite de su resistencia.
La desesperación y el miedo terminaron por adueñarse de él.
El dolor lo invadió.
Mientras tanto, su familia lo rodeaba en la cama, esperando que, por fin, despertara.
Las máquinas registraban un corazón alterado.
El respirador seguía ese mismo ritmo, como si también luchara por mantenerlo a flote en medio de la tormenta.