Luces cegadoras que se adentran en lo más profundo de tu ser. Una ligera brisa seca que, cabello a cabello, sacude esos recuerdos que observas con nostalgia: algunos todavía los miras con amor, otros con una tristeza casi liberadora, mientras atraviesas esta ciudad, tierra de muchos y ciudad de nadie.
El viento, la velocidad y las luces que parpadean aceleran el ritmo de tu corazón y, por un ligero momento, sientes esa claridad que no logras encontrar por las noches; una paz extraña que te hace pensar que, por fin, nada pesa.
No obstante, el silencio siempre llega.
Y estará esperándote para una sesión más.