Lluvia sombría que cae sobre mi piel bajo la eterna madrugada, pasos que, paso a paso, me llevan a recorrer aquellos lugares donde un día construimos este futuro que hoy me tiene aquí sentado, en la cima de un pasamanos, mientras la ligera ceniza de este cigarrillo se consume lentamente, como si en ella pudiera ver lo fácil que se acaban las cosas.
Y pienso, mientras las luces enceguecedoras de la ciudad iluminan este pálido rostro que, sin dejar rastro alguno, ha dejado de creer en el sol de mañana. No sé, tal vez exagero, tal vez solo sea otra de esas noches en las que la mente se empeña en convertir cada recuerdo en una sentencia.
Pero el silencio que hallo en la ciudad, ese silencio que por alguna razón no consigo encontrar dentro de mí, me hace sentir que todo esto ha acabado, que quizá no queda mucho más que recorrer en estos lugares que alguna vez estuvieron llenos de nosotros y que hoy solo parecen devolverme el eco de aquello que ya no existe.