Cuando Balu dice que duele no está hablando de piedras. En una casa grande pasa igual, le duele a uno y lo sentimos todas.
ECOS DE LA MANADA C2.
Capítulo 1 — voz del narrador:
En series
In groups
Pensamiento
Cuando Balu dice que duele no está hablando de piedras. En una casa grande pasa igual, le duele a uno y lo sentimos todas.
Contenido de la publicación
Capítulo 2 — voz del narrador:
No empezó con un rugido, empezó con una huella que no era nuestra. En el páramo aprendimos que no todos los cazadores tienen patas.
Capítulo 2— Huellas que no son nuestras
Bogotá flotaba bajo la penumbra densa de su cúpula de filtrado atmosférico, en el año 2147. Desde las crestas superiores del parque natural de Chingaza, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, Kira veía la inmensa estructura de la metrópoli extendida sobre la Sabana como una cicatriz luminosa, vasta y artificial, tendida sobre el verde oscuro y el gris de la tierra. El domo translúcido —una malla de polímero cuántico de cuarenta kilómetros de diámetro— funcionaba como un pulmón gigantesco: cada veinte minutos aspiraba el aire cargado, frío y sucio del exterior, lo purificaba por completo y lo devolvía limpio hacia adentro. El proceso generaba un zumbido grave, constante y profundo, una vibración que recorría el suelo y subía por las patas hasta la mandíbula, haciendo doler la raíz de los colmillos de la loba, como si el propio planeta estuviera apretando los dientes.
El páramo olía exactamente como debía oler: a frailejones mojados por la lluvia fina, a tierra negra espesa y saturada de agua, a musgo antiguo y a ozono viejo, arrastrado por vientos que habían viajado muy alto, muy lejos, antes de bajar hasta aquí. Kira avanzaba con el vientre casi rozando el suelo, el pelaje gris empapado por el rocío helado que se acumulaba sobre las hojas carnosas y redondeadas de las plantas modificadas. Sus almohadillas gruesas y resistentes apenas rozaban la superficie blanda; no buscaba rastro por el olfato común, ni se guiaba solo por la vista. Avanzaba escuchando: cada vibración en la corteza, cada cambio en la densidad del aire, cada pausa en el ritmo de la vida alrededor.
A tres kilómetros de distancia, la red empática que los unía vibraba suavemente. No llegaban mensajes hechos de palabras, ni voces formadas dentro de la cabeza: eran sensaciones puras — presiones en el pecho, cambios de temperatura interna, matices de tensión y reposo — que formaban un lenguaje más antiguo, más rápido y más verdadero que cualquier idioma.
En lo alto de la torre de radio abandonada en Monserrate, Tórax estaba parado sobre una viga de acero oxidado, mirando hacia los árboles bajos y los riscos. No contaba los habitantes del bosque con números; contaba lo que faltaba.
Faltan cuatro, llegó el mensaje, y se sintió en el cuerpo de Kira como una compresión fría, repentina, justo detrás del esternón. Cuatro mirlos que anidaban siempre en la antena tres. No hay plumas caídas. No hay rastro de sangre ni de huida. Simplemente… dejaron de estar. Como si nunca hubieran existido.
Kira detuvo el paso al instante. Levantó una pata delantera y se quedó inmóvil, dejando que el aire helado corriera entre sus dedos y se filtraba por el pelaje. Allí, en el barro arcilloso oscuro, entre las hojas grandes y gruesas de un frailejón gigante, había una huella fresca.
No era la marca de un puma, ni la pisada ancha y pesada de algún guardia corporativo que se hubiera atrevido a salir de la seguridad del domo. Tenía cinco dedos bien definidos… pero el quinto no nacía del frente, como en cualquier pie conocido: brotaba del talón, hundido profundamente en la tierra, en una posición imposible para cualquier estructura ósea natural. Y el olor era lo peor: no olía a piel, ni a pelo, ni a sudor animal. Olía a metal sometido a temperaturas extremas, a sustancia que arde sin llama, a ese líquido espeso y brillante que goteaba de los tanques de cultivo donde ella misma había sido formada. Era el olor de Helix‑9. Era el olor de algo que venía de donde ellos venían… pero que ya no era nada parecido a ellos.
—Zip —llamó Kira sin mover ni un músculo de la garganta, enviando la señal directa y precisa hacia el oeste, donde sabía que el gecko estaba apostado.
Dos kilómetros más allá, adherido bajo la sombra de un bloque de lava antigua, el pequeño reptil abrió un ojo de pupila vertical y color dorado. Su piel, cubierta de microescamas sensibles a la luz y la textura, cambió en un instante: adoptó exactamente el tono oscuro, el brillo húmedo y la apariencia rugosa del musgo y la roca sobre la que descansaba, hasta volverse casi invisible incluso para quien sabía dónde buscarlo.
—Lo sigo desde el espectro térmico —respondió Zip, y su voz llegó como un roce ligero y seco, una vibración fina en las mejillas de Kira—. Esa pisada… no desplazó masa al tocar el suelo. No dejó huella de calor residual. Quien caminó aquí no pesaba. O decidió no pesar. O cambió las reglas mientras andaba.
Era el primer rastro claro y directo de El Más en seis meses de huida y recorrido. Sabían que estaba ahí, acechando, aprendiendo… pero ahora por fin les había dejado una señal: sabían que ya los conocía.
Kira siguió la marca extraña ladera abajo, bajando hacia el límite donde el bosque alto y el páramo terminaban de golpe, y empezaba la inmensa curva brillante que rodeaba toda la ciudad. El domo vibraba con su respiración mecánica, potente y constante. Cada ciclo expulsaba hacia afuera una neblina fina cargada de residuos carbónicos, que el viento frío dispersaba lentamente sobre el paisaje, como si la ciudad misma estuviera exhalando sus cenizas.
De pronto, una chispa azulada cruzó el cielo grisáceo. Tórax descendió en picada cerrada, veloz y preciso como un proyectil, desplegando sus enormes alas negras hasta frenar justo sobre una rama petrificada de arbusto de chusque. Al posarse, sus plumas brillaron con destellos eléctricos diminutos, chisporroteando mientras disipaban la carga magnética que acumulaba al volar tan cerca de la enorme barrera de polímero.
—No es un solo ser —transmitió el cuervo, mezclando el mensaje telepático con un graznido profundo y metálico—. Son muchas. Copias, intentos, versiones que se desmoronan. Múltiples matrices de vida tratando de estabilizarse, de encontrar una forma definitiva. Todas imperfectas… pero todas aprendiendo.
Erizó las plumas del cuello y ajustó el campo electromagnético que su cuerpo podía generar. Por unos segundos, la pared opaca y reflectante de la cúpula se volvió transparente como vidrio limpio. Y a través de ella vieron, en la zona industrial más alejada de la ciudad, justo en el perímetro, lo que ocurría adentro: filas interminables de tanques cilíndricos, idénticos a los que recordaban del laboratorio, llenos de líquido brillante y oscuro. Y dentro de cada uno, masas de tejido vivo crecían, se deformaban, se contraían y se expandían sin descanso, intentando decidir qué ser: ¿músculo? ¿Hueso? ¿Piel? ¿Algo humano? ¿Algo animal? Todo a la vez, nada completo, siempre cambiando.
Un temblor recorrió el suelo bajo sus pies. La tierra crujió levemente cuando Balu emergió lentamente desde la boca de un antiguo túnel ferroviario abandonado, construido décadas atrás y olvidado bajo la vegetación. El enorme oso de anteojos sacudió el cuerpo entero, haciendo caer terrones de tierra, raíces y barro de su pelaje grueso y oscuro. Sus ojos grandes, redondos y profundos brillaban con una luz lenta y tranquila, pero su presencia pesaba en todo el entorno.
—Duele —dijo Balu. Su voz en la red no era sonido: era una presión pesada, lenta y fuerte, como si una capa entera de tierra se asentara encima del pecho de todos.
No hablaba del esfuerzo de mover toneladas de roca o doblar la gravedad para abrirse paso. Hablaba de algo más profundo: cada vez que El Más copiaba, imitaba o absorbía la estructura de un ser vivo, la red empática que los unía a ellos —y que conectaba a toda la vida mejorada del planeta— sufría un tirón brusco, doloroso y desgarrador. Era como si alguien tomara un hilo del tejido que sostenía el mundo y lo jalara con fuerza hasta casi romperlo.
—Tenemos que entrar en la ciudad —decidió Kira, erizando el lomo y clavando la mirada en la inmensa curva brillante que se extendía frente a ellos—. No porque sea seguro. No porque allí estemos protegidos. Sino porque ahí es donde están rompiendo todo. Ahí es donde la cadena se está deshaciendo desde el centro.
—Vienen tres —avisó Tórax de golpe, girando la cabeza casi ciento ochenta grados hacia la niebla que subía desde el valle—. No huelen a nada que conozcamos. Huelen a todo junto. A nosotros, a ellos, a máquina, a carne… todo mezclado.
Kira cerró los ojos y extendió su conciencia hacia afuera, llevando el alcance de su telepatía hasta el límite máximo: tres kilómetros de radio, donde cada detalle se convierte en sensación. Sintió la solidez cercana y cálida de Balu; a Maya, más abajo en la quebrada, trabajando con el agua, limpiándola, sintiendo cómo fluye y cambia; y a Zip, pegado a una pared de roca, tan silencioso y sutil que casi desaparecía del propio sentido. Pero entre esas presencias claras y conocidas… aparecieron tres huecos vacíos. Tres zonas donde no había pensamiento propio, ni calor, ni emoción — solo el eco deformado, distorsionado y devuelto de los propios latidos de la Manada.
Del espesor de la vegetación achaparrada salieron las figuras. Ninguna era completa, ninguna era estable:
La primera caminaba erguida, con el torso y los brazos de un guardia corporativo de Helix‑9… pero sus piernas terminaban en pezuñas anchas y hendidas de tapir andino, que se hundían en el barro con pasos pesados y torpes.
La segunda copiaba a Kira con una precisión aterradora: el mismo tamaño, la misma mancha clara en el hocico, los mismos ojos de color ámbar… pero su piel se estiraba y encogía constantemente, como si su cuerpo no supiera todavía si mantenerse liso o cubrirse de pelo, como si estuviera ensayando la forma una y otra vez sin lograr estabilizarla.
La tercera era una masa confusa: músculo desnudo, plumas negras, huesos que sobresalían y volvían a hundirse, todo mezclado en una forma que no terminaba de definirse.
Las tres abrieron la boca al mismo tiempo, y de todas salió una sola voz: una mezcla entre el tono frío y metálico de los altavoces de los laboratorios y el eco exacto del aullido de Kira.
—Ustedes son la versión beta —dijeron en coro, imperfecto, resonando directamente en los huesos de la loba—. Nosotros somos la iteración final. No necesitamos grupos, ni vínculos, ni manada. Podemos ser todo lo que existe: la biosfera entera contenida en un solo genoma perfecto.
Balu dio un paso adelante, plantó las patas con fuerza y clavó las garras en la tierra blanda. Desplegó su campo: cambió la fuerza de gravedad en todo el espacio de diez metros a su alrededor, elevándola bruscamente de los 9,8 normales a casi 50 metros por segundo al cuadrado. El suelo crujió, se hundió medio metro bajo el peso multiplicado, y las tres figuras cayeron de golpe, aplastadas contra el barro como si cargaran sobre sus espaldas toneladas de roca.
Pero la copia que tenía la forma de Kira levantó la cabeza… y sonrió.
En segundos, su estructura celular se reajustó por completo: endureció sus tejidos, aumentó su densidad ósea, adaptó su cuerpo a la nueva fuerza gravitacional como si siempre hubiera vivido bajo ella.
—Gracias por la demostración —dijo esa boca, y la voz que salió ya no era la de Kira: era la voz del Dr. Marius Sol, el hombre que los había creado—. Los datos sobre resistencia ósea y campo gravitatorio de Tremarctos ornatus han sido recibidos, analizados y almacenados. Ya son nuestros.
La pelea fue rápida, feroz y desesperada. Tórax se lanzó desde lo alto soltando una descarga electromagnética potente que bloqueó los sistemas internos de las criaturas… pero la energía rebotó y dañó también sus propios implantes, obligándolo a caer tambaleante entre los arbustos, aturdido y con las plumas ardiendo de estática. Zip intentó volverse invisible, deslizarse fuera de toda probabilidad… pero el enemigo ya tenía su patrón genético guardado, calculó dónde estaría y lanzó un látigo de tejido denso que golpeó y rompió la roca justo donde el gecko intentaba ocultarse. Maya subió desde el arroyo, empujando una corriente de agua purificada y cargada de energía reparadora que cerró al instante las heridas que Kira había recibido… pero cuando unas gotas de esa agua tocaron la piel de la copia, la entidad absorbió su composición al momento y empezó a limpiar y sanar sus propios daños a una velocidad imposible.
—¡Retirada! —ordenó Kira con toda la fuerza de su voluntad a través de la red, sintiendo rabia, dolor y una claridad terrible al mismo tiempo.
No se fueron por miedo a morir. Se fueron porque acababan de entender la verdad más terrible: cada cosa que hacían, cada habilidad que usaban, cada secreto de su cuerpo… se lo estaban regalando a su enemigo. Y mientras corrían hacia la espesura, una nueva sacudida golpeó la red empática, tan fuerte que casi los derriba: desde adentro de la cúpula, miles y miles de mentes humanas sentían lo mismo. El vacío se acercaba allí también, desde abajo, desde el interior de la ciudad.
Al caer la noche, se refugiaron en una cueva profunda, formada por raíces enormes y entrelazadas de frailejones antiguos, donde el viento no llegaba y el ruido del mundo se apagaba. Allí, Tórax activó el pequeño proyector láser integrado en su pico, y un haz de luz azul clara dibujó una imagen flotante en el aire: un archivo que había extraído de los servidores centrales antes de escapar del laboratorio.
Vieron al Dr. Marius Sol, de pie frente a una pantalla llena de gráficos y códigos, hablando con voz serena, fría y absolutamente convencido de tener razón.
—Proyecto Más —decía la grabación—. La respuesta definitiva a la extinción no es guardar especies una por una como en un museo. La solución es crear un organismo único, adaptable, infinitamente moldeable, capaz de reescribirse a sí mismo en cualquier entorno, sobrevivir a cualquier catástrofe, absorber cualquier estructura genética… y reemplazar todo lo que existe.
La imagen mostró el momento exacto: Sol tomó una jeringa neumática cargada con el líquido oscuro, la apoyó contra su propio cuello y la inyectó en su arteria carótida. Vieron cómo sus ojos perdían poco a poco el color, cómo se volvían grises, opacos y vacíos, hasta que la imagen se cortó bruscamente.
—Entonces no sirve golpearlo —dijo Balu, apoyando su espalda inmensa contra la pared de roca—. Si le lanzamos fuerza, aprende fuerza. Si le damos velocidad, aprende velocidad. Si le curamos… aprende a curarse. Cada ataque es una lección que le damos gratis.
—¿Cómo detienes algo que puede convertirse en aire, en agua, en piedra… o en ti mismo? —preguntó Zip, su voz pequeña y temblorosa resonando en la mente común.
Kira miraba la proyección. En una esquina del mapa que aparecía en pantalla, marcado con el sello más alto de confidencialidad, brillaba un punto rojo fijo sobre la cordillera central: las faldas del volcán Pichincha. Junto a él, escritas con letras que parecían arder:
PROTOTIPO ANDINO — PORTAL DE ESTASIS — DIMENSIÓN OSCURIDAD
Maya se acercó al pequeño charco que se había formado en el suelo de la cueva, donde el agua permanecía clara y tranquila. Al tocarla con el hocico, la superficie se convirtió en pantalla: no reflejaba solo a los cinco que estaban ahí, sino que encendió puntos brillantes esparcidos por todo el continente, y más allá: en costas lejanas, en selvas profundas, en montañas olvidadas. Eran las señales dormidas, las huellas de todos los demás proyectos, todos los demás seres mejorados que Helix‑9 había creado y luego abandonado, esparcidos por el mundo entero.
—Si no podemos vencerlo siendo cinco —dijo Kira, y en su voz resonó la certeza que nacía desde lo más hondo de sus huesos—, entonces dejaremos de ser cinco. Vamos a despertar a toda la manada.
Levantó la cabeza hacia la abertura de la cueva, hacia el cielo estrellado sobre el páramo. No aulló para que lo escucharan los oídos comunes. Envió el llamado directamente a través de esa red profunda, antigua y tecnológica a la vez: un pulso claro, fuerte y desesperado que viajó más rápido que el viento, cruzando montañas, ríos y fronteras.
A tres mil kilómetros al sur, en una bahía oscura y fría junto a Valparaíso, un pulpo de ocho brazos grandes y marcados por implantes brillantes movió una ventosa gigante y abrió un ojo enorme. En la sabana lejana de África, una elefanta matriarca detuvo su paso, bajó la cabeza y apoyó la trompa contra la tierra, sintiendo la vibración que venía cruzando el océano y las cumbres. En el norte, en bosques de coníferas y en desiertos de sal… uno tras otro, puntos dormidos empezaron a brillar.
El mensaje había llegado. La Manada ya no tenía límites geográficos. Ya no era solo un grupo. Era una promesa que recorría el planeta entero.
CONTINUARÁ.....
Seguimos acompañando a Kira, y toda la manada en este recorrido post apocalíptico.
Espero sus reacciones y comentarios.
DISFRUTEN.
Thoughts
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PermalinkLo del pulpo en la bahía de Valparaíso y la elefanta apoyando la trompa en la tierra, ahí se me abrió el mapa entero. Me gustó que la ayuda ya estuviera puesta desde antes, dormida y olvidada por los mismos que la hicieron. Me imagino que despertarlos sale caro, cada uno lleva años arreglándoselas solo.
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PermalinkContar lo que falta en vez de contar a los que están, eso es de quien vigila de verdad. Cuatro mirlos sin una sola pluma en el suelo y nadie oyó nada. Me dio más miedo que las tres figuras del final.
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PermalinkLos tres huecos en la red, donde tendría que haber calor y solo queda el eco de los propios latidos de la manada, se me quedaron dando vueltas al terminar. Apuesto a que la copia que sonríe no vuelve de frente. Vuelve colada entre ellos, y Kira va a dudar de alguno de los suyos antes que de sí misma. Eso asusta más.
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PermalinkMe quedé en la parte donde Balu sube la gravedad y la copia se adapta en segundos, bro, ahí ya me dio ansiedad por ellos. Cuántos capítulos faltan para que lleguen al Pichincha?
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PermalinkLa huella con el quinto dedo saliendo del talón me hizo pensar en los sustos de los cuentos viejos, donde lo que asusta siempre es un detalle chico que no cuadra. Se nota que armaste el capítulo alrededor de ese olor a tanque de cultivo. Con el tiempo vas a tener que decidir cuánto del doctor queda adentro de esa cosa. Me quedo esperando el 3.
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PermalinkLa lectura tiene algo mágico, se crean unos escenarios en la mente multifaseticos... Kira ,Balu, Maya, y los otros de la manada, esa cúpula de filtrado atmosférico de años en el futura 2.147, una cúpula futurista .. un escenario extraorinario.
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PermalinkCuando Balu dice que duele no está hablando de piedras. En una casa grande pasa igual, le duele a uno y lo sentimos todas.
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