Observé el instante en que el primer hombre miró las estrellas y, para no quebrarse ante la inmensidad del silencio, inventó un nombre. Lo vi arrodillarse sobre la tierra helada, apretar la mano de un muerto y buscar consuelo en la luz distante de la noche. Durante mucho tiempo creí que la fe era únicamente eso: el abrazo desesperado con el que la criatura intentaba vestir el vacío de la existencia.
Me equivocaba. El consuelo dura poco en las manos de los hombres.
Una vez que la respuesta nace para calmar el dolor de un niño ante la carne helada, no permanece flotando en el aire como una canción. La respuesta se materializa. Echa raíces en el suelo, exige paredes de caña, reclama el grano de las cosechas y busca un guardián que selle sus puertas. La palabra que nació para responder a la muerte pronto descubre que sirve, aún mejor, para administrar la necesidad de los vivos.
Y entonces llega la verdadera fractura: el día en que dos hombres miran la misma nube, reciben la misma gota sobre la piel y pronuncian dos nombres distintos.
Ahí donde dos verdades se encuentran bajo la misma tormenta, la fe deja de ser un refugio compartido y se convierte en un territorio en disputa.
Los dueños de la respuesta