Pasé tanto tiempo
dándole importancia
a todo aquello que ocurría a mi alrededor,
aun sabiendo
que mis manos eran incapaces
de cambiar su curso.
Lloré.
Sentí.
Sufrí.
Y entristecí tanto mi corazón
que terminé por acostumbrarlo al dolor.
Ahora,
después de haber sentido demasiado,
me descubro extrañamente vacía.
Como si de tanto sentir,
hubiera agotado
mi capacidad de sentir.