Ya casi no veo tu rostro; ya es más el fantasma de mis heridas. Cada vez soy yo más contra mí mismo, cada vez tu amor me sabe a algo fatuo que se derramó en el suelo y que se va secando con este sol de julio. Esa etapa de ti ya no es, ya no soy esa persona; como una serpiente de cascabel que dejó su piel ya atrás.
Ya casi no escucho tus palabras. Son las que me suenan en la cabeza, que son mi propia voz que busca una luz en una nota de música, en una palabra que canto, en una cuerda de algún instrumento. El sonido de tus labios ya solo es un eco vacío. Te pierdes cada vez más lejos a través de esos árboles que viste conmigo en una noche inmensa, donde las estrellas nos cubrieron, donde se derramó tu vida y la mía. Ya casi no te escucho, ya casi no percibo en el tímpano de mi oído tu ronroneo cuando despiertas.
Ya casi no huelo tu aroma. Parece que se confunde con el barniz de estos muebles que estoy trabajando, o será que no me gustaba tanto. Hay que decirlo: de ti hay cosas que no me gustaban tanto, para ser honestos con uno mismo. Pero con tu fuerza y carácter, con tus ganas de trabajar, eclipsaste todo eso. Y, oh, bella dama, cambió lo que sentí. No te puedo odiar, tampoco te puedo maldecir.
Ya casi se me olvida cuando teníamos 23 o 22, ya no recuerdo. Las borracheras en La Lola, tu camioneta, el humo de mi cigarro. No entiendo cómo me besaste y terminaste en mi sillón y mi tapanco. No entiendo cómo aceptaste esos cinco minutos de algo fatuo, incoloro por la embriaguez del vino. Y de tus besos... diez años después besas igual, como si te quisieras comer el mundo, y a mí junto con él; como si quisieras extender los labios hasta donde llegan los ojos, como si tu pelo enmarañado en mis dedos no alcanzara a tocarte más allá.
Ya casi no sé quién eres. Cambiaste y me cambiaste. Juré que maté en mi mente la versión de lo que fuiste, pero también me maté a mí mismo para poder resurgir. A la chingada el ave fénix y la resurrección de los muertos, esta fue una resurrección de dos vidas. Cambiamos. Tú con tus vacíos, yo con los míos, nos dimos la mano. Yo la alcé como si fuera un homosexual solo para darte el gusto de una risa, pero en realidad regresé a mi casa y se me descosieron los ojos a lágrima tendida. Se me abrió el alma y solo en ese momento supe que disfruté el veneno que me estaba matando.
Ya casi escucho tu risa con alguien más, y parte el alma; sea tu ex o quien sea que disfruta de tu compañía. Mientras, yo aún como un tonto creo que espero a la versión que de ti ya partió de este mundo y que se murió el día que bajamos de aquel cerro en Plan de las Hayas. Se acabó esa magia que, si me lo permites, quisiera extender. Y te lo dije: "lo bueno no dura tanto". Tus palabras fueron: "fue bonito", pero ya se acabó. Volvimos a la rutina, contando centavos y nuestras heridas emocionales.
Ya casi me perdí en el abismo de enfrentar la soledad sin redes sociales, sin un vistazo a tu vida, todo por el maldito deseo de amar diferente, de que esto no me vuelva a pasar, de que salga de aquí transformado. Esa madre de que cambias no sé si sea real, solo sé que te rompes y añades una vasija a los recuerdos de la vida. Un veneno, un veneno más, como las notas de El perfume: historia de un asesino. Creo que Sabina tenía razón: sabe más de amor un asesino.