¿Oye, vida… qué eres verdaderamente?
Te describen de mil maneras. Para unos vales todo, para otros nada.
Eres persona, animal, objeto.
Pero siempre, siempre, te toman como algo valioso. Algo por lo que darían, o harían lo que fuera.
Oh, querida vida… me resulta curioso cómo se aferran a ti.
Incluso en sus peores momentos, los verás arrastrándose tras de ti, clavando sus uñas en tus vestidos, que ya no son más que estropajos.
¿Por qué te anhelan tanto, vida? ¿Por qué te estiman así?
No les importa degradarse hasta el nivel más bajo con tal de seguir a tu lado.
Aunque los desprecies, aunque los arrojes contra el suelo, aunque les grites que no son nada, ellos siguen.
Determinados. Aferrados.
Como un mendigo siguiendo a su verdugo, esperando que seas piadosa, que les brindes un hombro en que apoyarse.
Y luego… en la más profunda oscuridad… estoy yo.
La mayoría me llama “muerte”. Otros me dicen “vacío”.
Pero después de nombrarme, siempre llega el silencio.
Soy el monstruo bajo las camas al que temen los niños.
Pero en esa cama no duerme un niño. Duermen los humanos, soñando contigo.
No los comprendo.
Soy el descanso que han anhelado sus piernas maltratadas.
Y aun así, prefieren caminar sobre agujas que tú dejas caer por el suelo.
¿Será que algún día mirarán al piso, y entre lágrimas dirán: “estoy cansado”?
Ese día, cuando ya no puedan más, estaré yo.
Esperando. Brindando alivio.
Y mientras les susurro al oído: “descansa, ya no hay más dolor”, les daré un último abrazo.
Pero no cualquier abrazo. Un abrazo eterno.