¿Quién habrá de entender lo que escribo? ¿Cuántas veces tendré que decirte que eres hermosa, o cuántas que eres tan sabia?
Mi poesía siempre irá en contra de reglas gramaticales; yo me expreso como me sale del alma, mi alma no abarca leyes ni reglas inútiles.
Esta forma en que describo mi soledad no creo que sea única, más creo que es propia.
La forma en la que demuestro que me gustas y halago tu belleza sin parar, tu inteligencia... es complicada.
Yo no soy un ridículo poeta; yo solo escribo lo que siento en este mundo, que, de no ser por Dios, no tendría sentido para mí.
¡Qué hermosa eres!
Eres ridículamente hermosa...
¿Qué son las palabras? ¿Cómo pueden ellas tocarte como yo quisiera hacerlo? ¿Cómo pueden siquiera decirte lo que significas para mí?
¿Habrá alguien que me enseñe a hacer una oración? Porque no hay palabras clave para describirte; simplemente no son dignas de dirigirse hacia ti.
¿Pero y entonces, qué puedo hacer?
¿Cómo te digo que eres sorprendentemente preciosa?
¿Cómo puedo llamar tu atención sin utilizar palabras, letras, oraciones, versos o prosas?
Prosas inútiles, párrafos basura, estrofas indignas.
¿Cómo puedo demostrar que te quiero? ¡Que me gustas!
Si no puedo decirte lo que pienso.
¡Qué desespero! Tú tan...
Y yo tan... simple.
¡Qué cuadro tan magnífico, muy buena obra de arte! Sus figurillas bailan dentro y por fuera; es excitante.
— Jorge Guzmán