No ocultes tu brillo entre las ramas; deja que te aprecie para poder describirte.
No te ocultes, no es necesario que lo hagas conmigo, no te escondas, pues pronto lograré descifrarte.
Y no me importará si es que no te soy suficiente, si te soy insignificante; ya no, ya no es preocupante para mí.
Me hace daño, solo de pensar que me estás enamorando; me rehúso, me niego a creerlo.
Después de tanto tiempo de negarme a mí mismo, estoy entre la palabra y la pared.
He comprendido que tal vez sea una falsa sensación, pero volteo a ver las líricas dedicadas a tu persona, y no lo creo.
Nunca has sido clara, nunca ha habido una conversación sobre a lo que se inclina esta emoción.
Pero sí, absolutamente ha dejado de ser solo material, para convertirse en algo emocional, algo real, algo…
Que prefiero hablar, para dejar de sentir; prefiero entregar mi literatura lírica y narrativa a tu presencia para que rechaces por fin, o aceptes lo que siento.
Me hace más daño guardarlo dentro. El Padre quiere que confíe, pero los puntos suspensivos eres tú quien los agrega.
Tal vez buscarás a alguien mejor, tal vez lo encuentres; yo confiaré. Aunque… un, dos, tres: ¡te hallé!
¡Dios! ¡Dios! Un… dos… tres por ti.
La emoción es material: tu figura, tus ideas. Así es como comenzó. Pero ahora no puedo dejar de verte y no sentir que el corazón se espanta; es como si hubiera descubierto y acertado con cada frase, palabra y prosa lo que realmente eres. Me enamoré de la persona que describo en los poemas. Sé cruel, yo seré fuerte, pero ya no quiero sentir esto. ¡Acláralo! Es la mejor opción.
— Jorge Guzmán