¿Y tú quién eres, mujer? ¿Por qué te atraviesas en mi camino y lo alborotas todo? ¿Quién eres? ¿Quién te ha mandado?
Pierdo el tiempo pensando en lo esencial: quién es Dios, y pude darme cuenta de que me había alejado de Él; pero que, sin duda alguna, los mejores poemas fueron escritos en consecuencia y en secuencia de la falta de ese ser divino, ya que me sentía desolado y el clima no era caluroso, sino triste y frío. Después, el Señor me pidió confiar más en Él; mas al haber perdido al gurú y a mi guía, me sentía en un laberinto de emociones, por las cuales siempre el sufrimiento llamaba más mi atención. Tal vez sea masoquismo, tal vez solo es que el dolor es realmente lo mejor que me pudo haber pasado en mi vida. A raíz de eso brotan los frutos como poemas; cuando se marchitan estos, las semillas —que son mis escritos libres— detonan libros y salmos hacia el Creador, reconociendo la necesidad de su gracia, pero no dejando atrás lo que siento por ti. Por eso, al renacer el fruto, puedo volver a escribirte con el mismo cariño que en un principio, pero con una mejor versión de mí, con una digna de estar a tu lado; es decir, un mejor hombre.
Como Jacob con Raquel, tal cual le he pedido a Dios trabajar para Él y que, de recompensa, pueda siquiera tocar tus manos, tus labios con mis dedos y saber qué se siente acariciar tu piel.
Y quisiera conocer tus risas y temores, tus amargos dolores, tus penas y colores; el favorito de ellos, ¿cuál es el mejor recuerdo que tienes? ¿Qué es lo que más añoras? ¿Qué es lo que te hace sufrir? ¿¡Quién eres!?
Pero... ¿Y qué hay de ti? ¿¡Quién eres!? ¿Qué sabes de esto? ¿De lo que siento? ¿Tú qué sientes?
El tan mencionado amor, pero tan lejos de mí; en cambio te veo a ti y lo veo tan cerca, y tú ni siquiera volteas a verme. Ya no me produce dolor, sino que guardo esperanza y confianza en el Señor. Sé que algún día lo sabrás, sé que algún día lo leerás: tal vez pronto, tal vez tarde, tal vez jamás.
Dime... ¿quién eres? Te pregunté y no me respondiste.
— Jorge Guzmán