Te esperé
como se espera la lluvia en tierra seca,
mirando el cielo que nunca aprendió mi nombre.
Te hablé bajito,
con palabras que llevaban hambre,
pero en tus manos
no había pan para lo que yo sentía.
Y me quedé…
un rato más del que debía,
creyendo que el amor
era insistir donde no crece nada.
Hasta que un día, cansada,
dejé de mirarte
y me encontré.
Ahí,
en el reflejo que evitaba,
en los ojos que también pedían,
pero esta vez…
no desde la falta.
Me di lo que esperaba de vos:
la escucha,
el abrazo,
la calma.
Y entendí—
no era que amaba demasiado,
era que buscaba en el lugar equivocado.
Porque hay amores que no llegan de afuera,
aunque uno los suplique,
aunque uno los sueñe.
Hay amores
que empiezan cuando dejás de pedirlos
y te animás a mirarte
como siempre quisiste que te miren.
Y ahí…
sin ruido,
sin promesa
s vacías,
sin esperas,
empieza todo.