Me pregunto si alguna vez
vas a leer todo esto,
si entre tanto silencio
vas a escuchar lo que nunca supimos decirnos.
Vos preguntabas:
“¿Por qué aguantás tanto?”
como si el amor fuera una resistencia,
como si quedarse fuera perder.
Y yo, por dentro,
armando respuestas que nunca salieron,
queriendo decirte que no era necesidad,
que era algo más difícil…
más confuso…
más humano.
Que me quedé
no por falta de salida,
sino por esos pequeños instantes
donde eras otro.
Cuando tu mano buscaba la mía
en la oscuridad sin palabras,
cuando tu abrazo
era un refugio inesperado,
cuando el brillo en tus ojos
me hacía creer
que ahí, justo ahí,
estabas vos de verdad.
Y entonces entendía—
o quería entender—
que no eras frío,
que eras un corazón con miedo,
escondido detrás de un muro
demasiado alto para saltarlo.
Pensaba que si insistía un poco más,
si esperaba un poco más,
si te quería mejor…
ese muro iba a caer.
Pero cada vez que hablaba,
cada vez que pedía
algo tan simple como un “te quiero”,
vos respondías con la misma pregunta
como un eco que no escucha:
“¿Por qué aguanto?”
Y yo me quedaba en silencio,
porque la respuesta
no era fácil de decir.
Aguanté
porque vi luz en vos cuando nadie miraba,
porque sentí calor
en medio de tanto frío,
porque creí
que lo que eras en esos pequeños momentos
era más real
que todo lo demás.
Aguanté
porque irme
hubiera sido más simple
que aceptar
que tal vez nunca ibas a abrir esa puerta.
Y aún así…
me quedé.
No por no poder irme,
sino porque una parte de mí
todavía esperaba
que algún día,
en vez de preguntarme
por qué aguanto,
me digas, por fin,
que también te quedás.