No sé en qué instante
el mundo dejó de ser inmenso
cuando tus ojos encontraron los míos,
pero desde entonces
la distancia perdió su significado.
Porque amarte
no fue encontrar una respuesta,
fue descubrir que algunas preguntas
merecen ser vividas.
Tu presencia llegó
como llega la primavera a un jardín olvidado,
sin pedir permiso,
sin hacer ruido,
pero llenándolo todo de colores.
Y entendí que la felicidad
no siempre tiene forma de risa;
a veces tiene tu voz,
tu manera de mirarme,
ese pequeño silencio
en el que dos corazones
parecen comprenderse sin palabras.
Si alguna vez me preguntan
dónde encontré la paz,
no señalaré el cielo,
ni hablaré de estrellas.
Diré simplemente:
en el instante en que te amé
y comprendí que la felicidad
no era tenerlo todo,
sino tener a alguien
con quien compartir el mundo.
Y si el tiempo algún día
intenta borrar nuestros nombres,
que al menos quede este recuerdo:
Hubo una vez dos almas
que, entre millones de vidas,
tuvieron la fortuna de encontrarse
y hacer del amor
un lugar donde quedarse.