En un día soleado, una cierva y sus cervatillos se encontraban en el claro del bosque que solían frecuentar. Mientras eran más pequeños, disfrutaban mucho cuando su madre los llevaba. Era increíble para ellos ese espacio: una planicie perfectamente tocada por el sol, rocas antiguas, flores diferentes, mucho pasto, un riachuelo que descendía en cascada tranquilamente al fondo.
Las tardes eran maravillosas corriendo, explorando, siendo testigo de los insectos que allí vivían, yendo hasta el riachuelo donde está el agua; meterse en lugares donde el pasto los cubría completamente los embargaba de una extraña sensación de libertad infinita. Le sacaban todo el provecho que un cervatillo libre en medio de un claro del bosque podía sacarle a su espacio en la tierra.
Ahora, ya estaban a punto de terminar su etapa de cervatillos, y sentían que ya no pertenecían allí...
Cuando llegaron ese día, su madre como siempre buscó el lugar más fresco para pastar y recostarse durante todo el tiempo que estuvieran allá. Ellos, siempre supusieron que desde que ese lobo devoró a su padre hace ya tres años, su madre había perdido energía. Ahora que lo recordaban, ellos fueron siempre allí con su madre; su padre, ni cuando estaban aprendiendo a mover bien sus patas, llegó con ellos allá, ni una vez.
Eran tres "cervatillos". Dudaban serlo ya. Si bien es cierto que no te puedes quedar siendo un cervatillo de por vida, la manera en que ellos ya se habían despedido de esa imagen de sí mismos, con rapidez y sin ninguna nostalgia, era por lo menos peculiar.
¿Así de malo, largo y aburrido había sido ser unos cervatillos?
Cuando se cae el velo de la ilusión, queda la versión no idealizada y benévola de todo...
Lo que sentían no era un desapego, caminaban lentamente, viéndose ellos mismos antes en todos esos lugares, interactuando con las cosas y con los otros seres; hoy ya esas amistades estaban anuladas. Cada animal debe seguir el camino de su vida y solo eso, si tienes suerte incluirás a quienes fueron parte de tu vida en el presente; si no, por fuerza de avanzar, tendrás que dejarlos atrás, y que ellos avancen en su caminar si quieren y pueden.
Ellos sienten a cada paso el peso de que todo en ese lugar haya cambiado tanto; es el mismo lugar sin dudas, pero parece vaciado de algo. Además, se ve que ellos no son los únicos que ven aquí un cementerio vivo de algún pasado. Aves y serpientes también se ven lamentándose del actual estado de pérdida de valor mágico en el sitio, y ellos se lamentan también; se preguntan cuándo cambiaron sus ojos, o si sí fueron sus ojos los que cambiaron y no lo externo.
"¿Qué pasó?", se preguntan sin estar bien seguros ni de la luz.
Pastar allí todavía sigue siendo gratificante, por lo menos, y del agua no se puede decir nada, esa no se altera sin manipulación externa; el riachuelo se ha mantenido secreto y en paz, y ellos se quedan en esa fresquísima zona sombreada, y se recuestan, y piensan en que quizás no hay nada de qué lamentarse en verdad. Pero es lo que se dice un corazón que sabe que no podrá dejar de lamentarse, y en lo fresco de la sombra aprovecha para darse una tregua.
Se levantan ensoñados en medio de esa sensación tan extraña, como si hubiera ocurrido una tragedia y fuera verdad una terrible pérdida que no se ve por ninguna parte efectuar su presencia. Salen de la sombra fresca y ven a lo lejos cómo un zorro se come a un conejo tras un arbusto, y se preguntaron si alguna vez, mientras que ellos correteaban impulsados por su alegría de estar vivos, algunos ojos en sus últimos momentos —mientras sentían la punta filosa de algunos colmillos clavadas con el interés con el que se muerde algo importante en su cuello— los miraban antes de apagarse...
Dieron el primer paso fuera de la sombra sin mirar atrás a su madre, que permanecía recostada en su tregua, inmóvil como una roca más del claro. Sus patas, ya largas y firmes, se habían desarrollado con todo el esfuerzo que pusieron durante todos estos años en poderse mover firme y seguramente. Cruzaron la línea invisible donde el pasto suave cedía ante la hojarasca seca y las raíces expuestas del bosque denso.
Dejaron atrás el murmullo del riachuelo y la escena descorazonadora del zorro sin alterar el paso. Caminaron hacia el borde del bosque donde la vegetación se volvía oscura y apretada, sintiendo cómo la luz del claro se apagaba gradualmente sobre sus lomos. Al cruzar el umbral de ramas, el lugar que durante tanto tiempo fue su universo entero se redujo a lo que siempre fue: unos cuantos metros de pasto, tierra y sombras donde la vida y la muerte sucedían al mismo tiempo, sin poesía alguna; pero no podrían negar que allí la hubo alguna vez tampoco, y que ellos la percibieron porque fue real.
Se movieron por instinto, alejándose de la sombra fresca donde la cierva continuaba echada, entregada a su propio cansancio antiguo. Ya no podían hacer nada por ella, y no es que no hubieran querido hacer por ella antes de hoy. Cada uno tomó un rumbo diferente; estaba claro, ya habían caminado juntos lo suficiente. No hubo despedida ni se cruzaron miradas, con su madre tampoco: hay ausencias que se completan mucho antes de que el cuerpo se mueva.
Al internarse bajo la penumbra de los árboles altos, no sintieron miedo ni expectación; solo la pesadez neutra de la realidad, esa que era ya tan palpable e innegable ante sus nuevos ojos. El claro quedó a sus espaldas; ya no eran cervatillos y el claro ya no era un refugio, ni ellos necesitaban que fuera así nunca más. Permanecería allí intacto e indiferente, listo para recibir a otros que aún necesitaran la ilusión de la luz. Simplemente habían dejado de ver el mundo con la bendición del engaño.
Pasaron al lado del matorral, pisaron la frontera de vegetación salvaje y el bosque espeso los tragó en su penumbra sin promesas ni expectativas. Detrás de ellos, la sombra del claro siguió guardando la tregua de los que sufren; delante de ellos, la espesura abría un camino sin magia, pero propio. Se adentraron en la oscuridad para aprender a caminar, no ya como quienes juegan a existir, sino como quienes simplemente existen y quieren hacerlo; tal vez como un nuevo campo para corretear de un modo diferente y cambiar la dulzura del sueño por la emoción de la esperanza.
Cruzaron, no para buscar nada nuevo, sino porque quedarse habría sido mentirse de ahí en más.